No tengas miedo a la esclavitud

No tengas miedo a la esclavitud
 

Siempre me ha resultado muy curiosa esa extraña necesidad del ser humano de adueñarse de todo cuanto le rodea. Ese hábito de posesión fomentado por la sociedad de consumo y un sistema económico que nos vende, a través de un marketing cada vez más elaborado, la idea de que adquiriendo un producto o servicio nuestra vida cambiará notablemente y experimentaremos sensaciones más allá de lo imaginable. “Compre nuestra nueva esponja y verá cómo sus solitarias duchas se convierten en un baño de burbujas con la Schiffer”. Y la compramos. ¿La necesitamos? No. ¿La queremos? No. Pero ya somos dueños de una flamante esponja. Así somos…

Esa necesidad de posesión nos lleva a plantearnos (digo plantearnos porque ahora ya es imposible dadas las circunstancias) la compra de una vivienda, un coche más potente, un teléfono de última generación que hace exactamente lo mismo que el anterior o una nueva videoconsola cuando la next-gen está aún en pañales. La ciencia conoce casos de personas que han sido multadas por la policía y, enarbolando la bandera del “esto es mío”, soltarle al policía algo como “pues yo he pagado tu sueldo con mis impuestos, así que tu placa me pertenece y me tienes que quitar la multa”. No queráis saber cómo terminó aquello…

Decía Riddick que eres dueño de lo que matas, lo que ha evolucionado socialmente a un “eres dueño de lo que compras”, evitando el siempre engorroso tema de la sangre. Sencillamente, nos gusta esa sensación de poder pagar algo y que sea nuestro aunque no vayamos a usarlo nunca. De hecho, hay gente que tiene parcelas en la luna o que se ha comprado una estrella; tal cual.

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En estas circunstancias, las empresas (que no olvidemos que NO son tontas y que su negocio es sacarnos los cuartos) le han dado una vuelta de tuerca a la frase para convertirla en “soy dueño de lo que compras”. Veamos un ejemplo… Mola tener un iPhone, ¿verdad? Lo que no mola tanto es conectarlo a un PC para pasarte canciones o fotos a través de ese infierno que llaman iTunes. ¿Solución? Comprar un Mac y que los sistemas operativos sean perfectamente compatibles. No pasa nada, porque un Mac también mola. De hecho, Apple es lo que más mola y quieres que todos tus dispositivos sean Apple; porque puedes pagarlos y así los tienes todos. Desde ese momento, esa marca taaaaaaan chula controlará totalmente tu vida electrónica, hasta el punto de poder apagar tu PC de manera remota, localizarte por GPS o saber cuáles son tus tendencias de consumo a través de tu navegación web. Molas un montón, pero sin darte cuenta Apple ha generado en ti una falsa sensación de posesión de unos cacharros que, realmente, no te pertenecen. La carcasa es tuya, pero compartes el interior con la empresa que te lo ha vendido.

Y esto nos pasa a todos. Las compañías nos permiten creer que somos dueños de lo que compramos cuando, en realidad, cada vez dependemos más de las empresas para la gestión interna de nuestras posesiones. Los coches son electrónicos y su software depende de la marca, del mismo modo que las consolas (en nuestro ámbito) son actualizadas automáticamente por la compañía correspondiente, por poner un ejemplo. ¿Recuerdas el anuncio del niño al que le regalaban un palo? Pues sí, ese niño tenía precisamente eso, un palo. ¿Te has comprado una consola con el último shooter del mercado? Pues tienes lo mismo que el niño: un palo. Bienvenido al maravilloso mundo de la esclavitud digital, en el que lo tuyo no es tan tuyo como parece.

Recuerdo cómo, hace años, iba a los grandes almacenes de mi ciudad y me compraba el último juego que había salido en cartucho. Llegaba a casa, lo conectaba y jugaba. No tenía que actualizarlo ni parchearlo y, si quería dejárselo a un amigo, bastaba con sacarlo de la consola, meterlo en su cajita y prestárselo. Una vida gamer fácil. Sin online, sin perfiles, sin actualizaciones y sin baneos. Pero…espera. Que a ti lo que te mola es descargarte mapas y comprar los DLC, ¿no? Eres de los que quieren repartir estopa en el multijugador y que tu consola se conecte con tu iPad para compartir contenido, claro. En qué estaría yo pensando… Pues entonces, querido amigo, no tendrás más remedio que adaptarte a esta nueva era de esclavitud gamer.

Quiero jugar a un juego

No te preocupes; es un nuevo formato de esclavitud que no duele. Casi ni te das cuenta de que tienes que pasar por el aro. Vivimos en una falsa sensación de posesión cuando, cada vez que jugamos al COD en nuestra Xbox 360 (por poner un ejemplo), son las compañías quienes no están permitiendo jugar. Debemos hacerlo según sus normas porque a la mínima, nos cae un baneo o sanción y somos denostados por una comunidad con esa misma sensación fantasmal de que sus juegos les pertenecen. “Hoy os habéis portado bien; la construcción de la pirámide está siendo rápida y quiero recompensaros con un pack de vestimenta gratuito”. Esto viene a ser lo que era un cuenco de agua en lugar de un latigazo hace miles de años.

Vivimos en una era de esclavitud digital vendida como un elemento de participación y pertenencia a un grupo. La cesión de parte de nuestra posesión electrónica es el precio que hay que pagar por disfrutar de los últimos contenidos o del juego online, pero relájate porque la esclavitud no es tan mala como parece. Nos encontramos en un momento en que debemos hacer evolucionar el sector hacia lo que nosotros, queridos gamers, queramos hacer de él. Seguimos siendo el cliente (y esclavo) y seguimos teniendo el suficiente poder para intentar cambiar las cosas mientras estemos a tiempo. De otro modo, la próxima edición especial de nuestro juego favorito vendrá acompañada de un bote de vaselina para, bueno, “facilitar” las cosas. Algunos pensarán que soy un imbécil por trivializar estas cuestiones y hablar a la ligera, pero por suerte mi opinión es algo que sigue siendo solo mío y que comparto con vosotros porque yo quiero.


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