El resurgimiento de Gransys: tres motivos para volver a Dragon’s Dogma

Nos hallamos ante uno de los RPG más destacables de la séptima generación

El resurgimiento de Gransys: tres motivos para volver a Dragon’s Dogma
 

Hace ya más de 5 años que Dragon’s Dogma, la magna creación de Capcom, llegó a Xbox 360 y PlayStation 3. El título, incluso a expensas de su positiva recepción por parte de la crítica y la comunidad, fue uno de los grandes desapercibidos de 2012, quedando desplazado a una tercera instancia dada la presencia de afamadas producciones como Diablo III, Mass Effect 3, Borderlands 2, Darksiders II, Dishonored y muchas más que, desafortunadamente, relegaron su popularidad a un público prácticamente de nicho.

Sin embargo, tras el lanzamiento de la magnífica expansión Dark Arisen y su llegada a PC el año pasado, este sublime RPG, que debería ser disfrutado por todo asiduo al género, logró adentrarse al corazón de aún más jugadores. En los días contemporáneos, es considerado una de las mejores producciones de rol de los últimos tiempos, con una sensacional simbiosis entre lo Oriental y Occidental que ha representado el principal porqué detrás de su extenso atractivo. Ahora, el juego se dispone a dar el salto a Xbox One y PlayStation 4 y, para celebrar la expansión de sus horizontes, compartimos con ustedes tres motivos por los que jugar, por primera o segunda vez, esta imprescindible obra maestra.

La densa vastedad de la aventura

Tras los compases iniciales de su campaña, el probable primer pensamiento del que hacemos exégesis suele ser unísono: nos encontramos ante un juego increíblemente colosal. A diferencia de lo que se aprecia en múltiples ocasiones, el título no presenta kilómetros y kilómetros de terrenos baldíos para fabricar una ilusión de laderas que se escapan a nuestra visión sino que, por el contrario, nos depone en una Gransys tan titánica como viva. Entre ciudades, mazmorras, templos, pueblos, ruinas y mundos paralelos, la obra logra sumergirnos en un universo que absorbe desde el prólogo, ofreciéndonos variadas extensiones de feudo que guardan dentro de sí un sinfín de secretos, abominables enemigos y cuantiosos botines que nos hacen entender por qué no existe el viaje rápido: porque no lo necesita.

Y es que, realmente, Dragon’s Dogma es una épica en la completa definición de la palabra, inhibiéndonos de aquello que tomamos por sentado para arrojarnos en tierras hostiles que, aunque guardan serenidad en sus entrañables aldeas y verdes prados, nos abatirán por medio de difíciles desafíos, de los cuales los combates no serán los únicos. Lo cierto es que cada mecánica y filosofía de juego apuntan a un sendero que, en lugar de bifurcarse, mantiene de principio a fin que nos encontramos ante una verdadera epopeya, exhibiendo así una ingente cantidad de contenido –escindido entre todos sus apartados– que, lejos de genérico o artificial, labra una grata experiencia que, como homólogos de la estirpe de The Elder Scrolls V: Skyrim, ambos a su propia manera, nos hace vivir la exploración y la gesta, detalle que le sienta de maravilla a un producto de su índole.

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Resumir la propuesta de la creación de Capcom a tal sumatoria es, claro está, poco fehaciente de lo que realmente ofrece, no obstante, sí fungen un rol adecuado para esbozar aquello que destaca, en menor o mayor medida, dentro de su composición: su jugabilidad. Ésta, tomando influencias de obras como las mencionadas y Dragon Age: Origins, logra cimentar una sólida apuesta que obsequia al jugador tantas horas de diversión como sean posibles; no sólo porque, desde el minuto 1 hasta la hora 70 y más allá, la obra va en un in crescendo de entretenimiento que parece no tener cese, sino porque, además, ofrenda una gama de posibilidades cuya amplitud sólo es equiparable por el mundo que le da contexto, haciendo que la monotonía sea un término inexistente en el marco de sus confines.

Por lo tanto, disfrutar del recorrido ya sea en la piel de un Hechicero, un Arquero, un Caballero Místico, un Asesino y demás, es un placer de pocos precedentes mecánicos. En sí, cada vocación es un cosmos independiente que cambia por completo la aproximación de los enfrentamientos, y el poder variar entre una y otra sin necesidad de crear un nuevo personaje es un añadido que absolutamente todos los trabajos relacionados al rol deberían tener en consideración, pues dan la potestad de gozar de las singularidades de cada una cuando lo deseemos. Todo ello, aunado al hecho de que los enfrentamientos contra voluminosas criaturas como Quimeras, Grifos y Dragonesy más– sean por sí solos razón suficiente para recomendar el título dada la majestuosidad de cada uno, representa el principal pilar sobre el que se estructura este imponente rascacielos, uno que nada ha de envidiar a los más grandes de su casta.

El atmosférico placer de las adversidades

Si hay algo que ostenta Dragon’s Dogma, es su fácil capacidad de hacernos sentir regocijo. Ya sea por un atrapante argumento, por una maravillosa ambientación con diseños tanto de enemigos como de poderes, personajes y parajes más que sobresalientes, la verdad es que el equipo desarrollador ha logrado maquinar un producto completo que presenta tesitura en cada flanco, y parte de esa cohesión surge, aunque obviando ciertos apartados que, axiomáticamente, no se ven involucrados, del desafío que significa. Incluso a pesar de que es accesible para cualquier usuario que esté dispuesto a bienaventurarse en sus delimitaciones, el ejemplar no escatima en tratarnos de forma ardua, causando que todo lo que solemos considerar usual quede erradicado en aras de crear una serie de andanzas que se sienten más que sólo un videojuego.

A fin de cuentas, el placer escondido detrás de la consecución de superaciones es un fuerte estímulo para desear seguir solazando. Eventualidades como enfrentarse a una Hidra hasta que, después de un combate que puede tomar hasta más de media hora, fenezca ante nuestras capacidades, o recorrer los peligrosos caminos del mapa a la luz de la luna, momento en que el universo es todavía más belicoso, son las que hacen recordar con agrado y satisfacción cada pequeño y gran suceso cuando somos el Arisen. La obra logra inmiscuirnos en su entorno con tal soltura que es complicado llevar una noción objetiva del tiempo que en ella podríamos llegar a invertir, ergo, ostenta una atmósfera tan vívida y bien pensada que volver a ella, independientemente de cuántos días, meses o años hayan transcurrido, siempre sonará a un buen plan; y hoy, más que nunca, es el momento idóneo para reunir a nuestros peones y embarcarnos, nuevamente, en la maestría de su presentación.


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