Crítica de A.I.C.O. Incarnation: La creación contra el creador

Netflix presenta una historia llena de clichés pero bañada de una acción sobresaliente

Crítica de A.I.C.O. Incarnation: La creación contra el creador
 

Netflix se ha propuesto estrenar 70 animes originales este año, y aunque de momento el resultado de esa estrategia no está dejando grandes obras, todas y cada una de ellas van destinadas a solidificar un catálogo que promete ser interesantes para los amantes de la animación. Así llegaba este pasado 9 de marzo “A.I.C.O. Incarnation”, una historia futurista con tintes existenciales y filosóficos que pone a debate una cuestión tan interesante como manida en la ciencia ficción: ¿Qué ocurre cuando el ser humano juega a ser Dios? Para responder a esa pregunta la plataforma se hace con los servicios de Murata Kazuya, director conocido por la emblemática “Code Geass”, y con el prestigioso estudio de animación Bones.

“A.I.C.O. Incarnation” narra la historia de Aiko Tachibana, una chica de 15 años que pierde a su familia en un accidente de coche, y pasa a vivir en un hospital-colegio donde intenta recuperar la capacidad de andar. Un día, conoce a Yuuya Kanzaki, un chico nuevo que le cuenta la verdad sobre la muerte de sus padres y su hermano, y le cambia la vida al revelarle la verdadera naturaleza de su cuerpo.  Años antes, un evento llamado la Irrupción, desató el poder de la Materia, un ser artificial con inteligencia que está contaminando todo el Japón de 2035.  Aiko será la llave para resolver el misterio del Punto Primario, el lugar donde las pretensiones de unos científicos dieron comienzo al fin de la humanidad.

Estética futurista, trama política, mucha acción, y personajes misteriosos. “A.I.C.O. Incarnation” cuenta con todos los elementos necesarios para convertirse en una obra de ciencia ficción notable. Bones consigue un anime que entra directamente por los ojos y que se muestra dispuesto a mantener un ritmo trepidante desde el primer hasta el último episodio. El trabajo del estudio en la animación de las escenas de acción es casi sobresaliente, y poco importan los numerosos recursos de CGI a la hora de recrear los vehículos, para el disfrute de unos combates gratamente fluidos. Las coreografías en escena, el desplazamiento en cuatro dimensiones de los protagonistas, y los originales como rebuscados ángulos de cámara, son un verdadero disfrute.

No cuenta con tanta suerte el diseño de los personajes. Higashi Junichi (“Cowboy Beebop”) acude a formas y colores recurrentes en el medio, que no hacen otra cosa que recaer en estereotipos más que manidos. Los ojos grandes y de diferentes colores, y los peinados acartonados y llamativos, no ayudan a la hora de conseguir la inmersión de una trama compleja y profunda. Se entiende el esfuerzo del diseñador por rebuscar los pocos momentos de la serie en los que no están presentes los trajes artificiales, para reforzar las personalidades de los protagonistas con vestimentas poco imaginativas, sin embargo no deja de ser un problema. Así encontramos cómo Aiko siempre presenta un desafortunado traje de colegiala -que por supuesto tiene su momento ecchi- y el resto de personajes lleva en todo momento prendas que casualmente conjugan con los colores de sus ojos y sus cabelleras.

Pero si por algo destaca “A.I.C.O. Incarnation” es por su argumento. No es la primera vez que nos encontramos ante una historia futurista con toques filosóficos, pero Kazuya logra hacer brillar el conjunto con un manejo soberbio del ritmo, y un dramatismo más que inteligente. Mientras que la trama de la misión de Aiko y sus compañeros para llegar al Punto Primario, recurre a un esquema clásico de acción-construcción de personajes-acción, donde realmente se esconde lo interesante es en lo que ocurre alrededor. La relación entre el hospital Kiryu Research, y el gobierno de Japón, pone sobre la mesa cuestiones como la geopolítica internacional, la ética, y el compromiso profesional. Todo ello está presentado bajo una capa de política y unos personajes misteriosos. No mentiré si digo que en ciertas ocasiones resulta complicado entender lo que está ocurriendo en pantalla, pero según van pasando los episodios, las zonas oscuras se van iluminando con algunos giros de guion más que elegantes.

El problema es que esas dos “A.I.C.O. Incarnation” no encuentran un lenguaje común con el que entenderse. Los in crescendos que se logran con la acción de la protagonista, muchas veces se ven interrumpidos por secuencias de diálogos demasiado largas. El real interés de la serie es ver qué le ocurre a Aiko, y cómo va evolucionando tras conocer el sentido de su existencia. Sin embargo, parece que Kazuya se empeña en dar demasiadas vueltas para llegar a un punto conclusivo más que previsible. Esto a su vez complica el desarrollo de la casi totalidad de los personajes, que terminan muy desdibujados debido al cambio constante del foco de la acción, y a un reparto que excede el tamaño de reparto deseable para una historia tan personal como esta.

Aún así, con todas sus trabas, “A.I.C.O. Incarnation” logra dejar un poso agradable. La efectividad de la acción, la originalidad tanto del “monstruo”, como de la tecnología presente, dotan al anime de una gran personalidad. Bien es cierto que quizás hubiera sido interesante reposar algo más el ritmo para dar espacio a la reflexión, pero la fórmula no deja de ser efectiva.  Netflix parece que corrige un poco el tiro, y va encontrando su lugar en la industria. Con animes de gran calidad visual, que aprovechan la tendencia a la ciencia ficción de la plataforma, se podrían conseguir grandes cosas. “A.I.C.O. Incarnation” es solo un juguete que apenas vislumbra el enfrentamiento entre ciencia y religión, y que concluye como una versión simplificada del pastiche metafísico de Masamune Shirow. Pero siempre resulta interesante asomar la vista a un futuro que ya no parece tan lejano.





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