Crítica de Jurassic World: El reino caído, dinosaurios en el día de la marmota

Jurassic World: El reino caído

Crítica de Jurassic World: El reino caído, dinosaurios en el día de la marmota

Bayona firma una secuela visualmente impactante, que logra entretener apelando exclusivamente a los dinosuarios

Crítica de Jurassic World: El reino caído, dinosaurios en el día de la marmota
 

Intentar bailar con unos zapatos que te quedan pequeños es complicado, pero cuando tienes que hacerlo durante años, la situación se hace insostenible. Cuando J.A. Bayona aceptó la tarea de darle a la gran saga de dinosaurios una nueva entrega, lo hizo consciente de todas las condiciones que eso implicaba, del peligro de no poder dejar su huella como director en el monstruo de Universal. Los propios tráileres ya lo advertían, “Jurassic World: El reino caído” es como un volcán en erupción que sepulta tramas, personajes, y fulmina cualquier intento de escapar del destino inevitable de estas criaturas prehistóricas.

Tres años después de la propuesta contenida de Colin Trevorrow regresamos al parque para vivir de nuevo el día de la marmota. En esta ocasión el director español no ha querido arriesgarse saliendo del esquema “criatura en peligro”, y le ha sumado el factor de la naturaleza. Si en anteriores entregas el mal para estos animales éramos los seres humanos, ahora también se suma el peligro de un volcán que no hace sino exprimir todavía más el mismo concepto. Vuelven los grandes dinosaurios, los espectaculares efectos especiales, y las persecuciones, pero ¿es la secuela que necesitaba la saga en este momento?

“Jurassic World: El reino caído” nos devuelve a la Isla Nublar, donde debido la amenaza de una erupción inminente, todos los dinosaurios del parque están en peligro. La sociedad se debate entre si dejar actuar a la naturaleza para que extermine a todas las criaturas, o si por el contrario intervenir para rescatarlas. El tiempo corre en contra, y Benjamin Lockwood (James Cromwell), un anciano fundador del parque original,  decide actuar por su propia iniciativa. Con la ayuda de Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), y Owen Jones (Chris Pratt) intentará salvar a estas maravillas de la evolución al tiempo que las traiciones y los intereses de terceros ponen todo a y a todos en peligro.

Los paralelismos entre esta secuela y la primera secuela de la franquicia (“El mundo perdido”) son evidentes; nuevas criaturas en un contexto diferente, pero con resoluciones similares. El apego de “Jurassic World: El reino caído” por su propio universo es manifiesto, y exasperarte. No hay nada que genere la sorpresa que debería –esa sensación se perdió hace más de dos décadas-, y Bayona se limita a explotar los efectos especiales y las secuencias de acción con uno de los peores guiones de toda la saga. Bien es cierto que estamos ante uno de los grandes blockbusters de Hollywood, pero en una época en la que los estudios intentan salirse por la tangente, volver de nuevo al binomio de malos muy malos, y buenos pseudodivinos, resulta agotador.

El punching ball aquí es Ken Wheatley (Ted Levine), un cazador sin cerebro que lidera la misión de rescate, y que no tarda ni dos escenas en quedar retratado como un villano ridículo y maniqueo. El tratamiento que hace la película de todos los personajes, y especialmente de los antagonistas es sangrante. No hay ningún tipo de desarrollo en estos moldes cliché ni se espera –aquí solo venimos a ver los dinosaurios- y eso repercute en una historia sin importancia que sirve de excusa para que el estudio saque a pasear su músculo visual. Aunque durante la promoción, la película se vendió como una revolución en la franquicia, que pondría sobre la mesa temas ecologistas y animalistas, la realidad es que esa es solo la premisa para volver a recurrir a la misma fórmula que ya hemos visto en hasta cuatro ocasiones.

Con todo ello Bayona parece consciente de la patata caliente que tiene entre las manos, e intenta algunos malabarismos que no salen del todo mal. Aquí por supuesto que tenemos de nuevo a niños llorando y un desastre climático, pero el director hace uso de los recursos que tiene en esta superproducción para lograr un ambiente de tensión constante. “Jurassic World: El reino caído” comienza a funcionar cuando se olvida del parque y de contar una historia interesante, para buscar otras salidas. Es en ese momento cuando Bayona plasma un tercio verdaderamente digno, con secuencias increíblemente bien rodadas. Los planos memorables son varios, y la fotografía ayuda en gran medida a enfatizar las emociones que pretende transmitir el cineasta.

A pesar de todas estas piedras, la película logra entretener por empuje. Los dinosaurios siguen funcionando tan bien en pantalla como hace 24 años, y ellos solos son capaces de mantener un ritmo que los personajes humanos entorpecen con cada aparición. El nuevo Indoraptor es una de las sorpresas que mejor funcionan, y aunque su uso está limitado a un sector concreto de la trama, se termina llevando casi toda la película -la idea de convertir a los dinosaurio en armas resulta vulgar pero muy placentera-. En esta ocasión teníamos delante la mayor cantidad de criaturas vistas en una sola entrega de toda la saga, y bien que lo necesitaba. Sin mucha más pretensión que la de distraer durante dos horas y media, la maquinaria noventera sigue vendiendo palomitas sin preocuparse por evolucionar, ahondando en lo único que la mantiene con vida.

¿Es o no es una secuela perfecta? Objetivamente “Jurassic World: El reino caído” es superior en todos los aspectos a la precuela –cosa que tampoco era muy complicada-, por lo que como segunda parte cumple el precepto de mejorar lo ya visto. Ahora bien, a la idea de Spielberg hace ya bastantes años que se le ven las costuras. Cuando ya hemos visto dinosaurios voladores, nadadores, corredores, y hemos regresado repetidamente al parque –o llámese como quiera-, las posibilidades de sorprender son prácticamente nulas. Si vas al cine sin ninguna pretensión, lograrás entretenerte, pero a una franquicia que consiguió cambiar la historia del cine, deberíamos pedirle mucho más. En tres años le tocará a Trevorrow poner punto y final a una historia que se queda en un punto nunca antes visto, pero que no deja de recordar sus orígenes, en busca de algo que nunca llega.


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