Crítica de La maldición de Hill House: Más drama familiar que terror

Adiós al terror, bienvenidos al DeLorean

Crítica de La maldición de Hill House: Más drama familiar que terror
 

La nueva era del terror que Blumhouse ha impuesto en la gran pantalla parece haber monopolizado los temas a tratar el enfoque con el que aproximarse al género. Criaturas temibles, jump scares, e historias sencillas repletas de clichés se han convertido en la norma a seguir para cualquier atrevido en las lindes de la calificación R. Por eso que una cadena, o en este caso una plataforma como Netflix, se atreva a sumergirse en el terror desde un formato televisivo suena ya de por sí interesante. “La maldición de Hill House” es la prueba de que es posible generar tensión e interés poniendo el foco sobre el universo y los personajes, y no en los elementos paranormales.

Mike Flanagan, conocido por manejar el suspense con habilidad en “Oculus”, “Absentia”, y “Hush”, se atreve a coger la novela original de Shirley Jackson para moldearla a placer como si fuera una figura de barro. El director opta por alejarse del tono inicial de la obra, y de incluso la adaptación sesentera de Robert Wise, para tejer una historia que no se deja llevar por las soluciones fáciles. Una trama que pone su foco en el drama familiar de los protagonistas, y que solo recurre a las situaciones tipo del género en momentos muy determinados. El pasado y el presente se van entrelazando en una narrativa algo confusa que premia a los más pacientes con una propuesta única en el catálogo de Netflix.

Esta crítica no contiene spoilers

La serie se centra en los hijos de la familia Crane, quienes crecieron en la casa encantada más famosa de Estados Unidos. Ahora adultos, se reencuentran con el suicidio de su hermana menor, algo que les obliga a enfrentarse finalmente a los fantasmas de su propio pasado. Algunos que acechan en sus mentes, otros que realmente pueden estar al acecho en las sombras, pero en realidad nadie sabe si se están sumergiendo en las tinieblas, o se trata de alguna alucinación mental. Todos sus problemas comenzarían con un suceso hace 30 años, del que no han podido escapar hasta ahora.

Lo que uno esperaría en una serie que lleva por título un lugar específico, es que se centrara en dicha localización. Y lo cierto es que así era en la película. Sin embargo Flanagan ha sido consciente de lo trillado que está ya este tipo de historias, y ha optado por centrarse en la novela derivando sus esfuerzos hacia un planteamiento centrado en los personajes. Algo que le da mucha más libertad a la hora de crear lazos entre los hermanos, profundizar en sus dilemas mentales, y generar fricciones entre personalidades. Nos encontramos con un terror puramente psicológico, que aunque se materialice puntualmente en monstruos o criaturas del imaginario popular, busca la inmersión excavando en la psique de los trastornados miembros de la familia Crane.

Durante los primeros episodios esta estrategia funciona, y poco a poco se va empatizando con los hermanos, pero a medida en que la trama avanza, se va haciendo más y más palpable el principal sacrificio que hace showrunner por no recurrir a los sustos más funcionales. La historia de “La maldición de Hill House” está contada por fascículos; la acción se divide en el presente, con los miembros ya diseminados y los dilemas interpuestos, y 30 años en el pasado, cuando todos vivían en la mansión. El problema viene cuando el director no busca la continuidad entre una parte y otra, cuando ambas parecen series distintas solo conectadas en los callejones sin salida del guion.

No es la primera vez que una película o una serie juega con los saltos temporales para generar suspense y misterio, pero en la mayoría de estos casos se suele tratar de algo contextual a un hecho, o puntual a un momento de la trama. Flanagan empapa su adaptación por completo con este planteamiento. Su serie es el drama familiar de los Crane, y su baúl de soluciones narrativas es el pasado. Esto no solo impide que los personajes sean bien desarrollados, sino que además puede terminar exasperando a los menos pacientes. El ritmo es muy lento, y su única salvación es el trasfondo y profundidad de los personajes. Si eso no funciona, y los sustos son contados, todo se viene abajo.

¿Cuál es el problema? Los hermanos son arquetipos; el inteligente, la sensible, la amable. Y sus problemas están pasados de revoluciones. Todo viene condicionado por la raíz de la adaptación. Los actores regalan unas actuaciones realmente buenas, y los diálogos están muy bien escritos. Todo parece querer encajar pero no termina de convertirse en esa experiencia terrorífica que debería deconstruir el género. Se agradecen detalles como que la homosexualidad esté presente en una de las hermanas, y puede que desde un punto de vista psicológico los traumas del resto de miembros sean interesantes, pero nada de eso eclipsa el vaivén del Delorean.

Netflix ha fraguado una serie que sin ser desastrosa, no termina de explotar su material original como debería. Si bien los efectos especiales son sobresalientes, y el tono apagado y oscuro de la fotografía permite crear un entorno ideal para el crecimiento del suspense, la inexplicable distribución de los conflictos y la forma de hacer avanzar la  trama convierten a su visionado en un sufrimiento más que disfrute. ¿Qué sucedió dentro de la mansión? Entre  salto hacia adelante, y salto hacia atrás, al final lo único claro es que la maldición no radica en Hill House, sino en sus residentes.

“La maldición de Hill House” está ya disponible en Netflix.


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