Crítica de Mowgli: Una joya visual sin rastro de dubi du

El mismo cuento de siempre, con un envoltorio más bonito, pero sin ningún propósito concreto

Crítica de Mowgli: Una joya visual sin rastro de dubi du
 

El que mucho aprieta, poco abarca. Andy Serkis tenía ganas de demostrar toda la experiencia acumulada durante estos últimos años, pero el proyecto seleccionado no ha sido el correcto. De entre todas las historias disponibles, el maestro del capture motion terminaba recalando en uno de los materiales más adaptados de todo Hollywood. Una leyenda con solera, que ha conseguido brillar ya varias veces en el pasado, y que no tenía mucho más jugo que exprimir. El libro de la selva ya había sido trasladado a la gran pantalla de todas las maneras posibles, y la última de ellas dejó el listón lo suficientemente alto como para poder descansar durante algunos años. “Mowgli” no consigue cambiar eso.

Un nuevo acercamiento a la historia del niño criado por animales solo podía ser abordado desde un punto de vista. Cuando Warner Bros. dio forma a esta idea en 2013, lo hizo pensando en valerse del potencial visual que ofrecía la historia, con el único hombre capaz de tomar las riendas de un proyecto así. Y razón no le faltaba, pero con el paso del tiempo la producción se terminó convirtiendo en víctima de su propia naturaleza. El abandono casi completo de la interpretación real, en sustitución del CGI, hacía de la película un pozo sin fondo de dinero. Lejos quedaban los casi 180 millones de dólares que Disney cedió a Jon Favreau para su adaptación. Poco se podía hacer más que desprenderse de la carga.

Netflix, abanderada de los más necesitados y de los repudiados, llegaba al rescate para hacerse con una película que pocas posibilidades tenía de recuperar la inversión en las salas de cine. Gracias a Reed Hastings Serkis podía concluir su idea megalómana, y sentarse a esperar las reacciones de una crítica que debía estar expectante. Durante meses el director había vendido “Mowgli” como un acercamiento oscuro y maduro al cuento original, intentando darle prestigio a una cinta que lo apostaba todo a su arrojo visual. ¡Oh sorpresa! Lo que todos pronosticaban acababa sucediendo. El rascacielos levantado sobre un solo pilar ni llega tan alto como se esperaba, ni aporta al skyline una figura original que rompa con la monotonía.

La historia de “El libro de la selva” vuelve a ser contada con algunos puntos divergentes importantes. “Mowgli” pone el foco en el niño del mismo nombre, un huérfano criado en las selvas de la India por una manada de lobos. Sin ser humano, pero tampoco can, Mowgli (Rohan Chand) vive una infancia plagada de contradicciones. Una situación artificial en la que el niño se vale de Baloo (Andy Serkis) para sobrevivir, y de Bagheera (Christian Bale) para intentar ignorar la realidad. La aberración, sin embargo, se convertirá en un problema insalvable cuando el huérfano falle la prueba que le da acceso definitivo a la manada.

Todo lo que había estado rechazando hasta entonces se convierte en ese instante en una realidad.Sin protección, ni una identidad clara, Mowgli vaga por la selva tentando el peligro de Shere Khan (Benedict Cumberbatch), el tigre que mató a sus padres que prometió terminar el trabajo antes de ser interrumpido por los lobos. Ahora es su oportunidad de oro para consumar la carne, pero no lo tendrá tan fácil. La propia naturaleza, y los amigos que ha hecho durante toda su vida, ayudarán a Mowgli no solo a sobrevivir, sino también a encontrar al fin un lugar en el mundo.

Los personajes siempre sucumben a una naturaleza cruel pero al mismo tiempo bella.

No hacen falta ni 10 minutos para entender que estamos ante la misma historia de siempre. El paso del tiempo puede hacer de esta película algo sorprendente para aquellos con mala memoria, pero para los demás, la aventura de Disney convierte esta incursión en una repetición paso por paso del cuento de siempre. “Mowgli” no intenta sorprender con su trama, entiende su propósito, y desde un principio se olvida de buscar la sorpresa, para precocinar todos los momentos posibles de lucimiento visual. Desde esta única cara del dado nace el  valor propio no presente en las anteriores adaptaciones.

Sin la presencia de canciones, ni esos valores tan típicos de Disney que pueden encauzar una historia, Serkis lo aboga todo al arte que lo ha llevado hasta donde está. Los efectos especiales son el principal y casi único disfrute de la película. Encontrar qué actor o actriz se encuentra debajo de cada animal se convierte en un ejercicio bastante entretenido durante los primeros compases de la historia. Y es que Warner no fue tímida a la hora de sacar la billetera para hacerse con uno de los elencos más espectaculares en lo que va de año. Una colección de nombres entre las que se cuentan Benedict Cumberbatch, Cate Blanchett, o Christian Bale. Se podría pensar ,no obstante, que todas sus interpretaciones quedarían malgastadas por la naturaleza de la cinta, pero la realidad es bien distinta.

La captura de movimiento induce a un valle inquietante en el que es complicado discernir animal y actor.

La animación por captura a la que tanto partido le sacó Serkis en la saga de “El planeta de los simios” aquí brilla de manera espectacular. Las expresiones y los gestos tan característicos de Cumberbatch se filtran a través de la piel de Shere Khan, hasta convertir animal y actor en un solo ente. Desde esa lectura es posible entender a estos personajes como interpretaciones únicas alejadas de la idea prefabricada y robótica inherente al CGI. Algo aplicable al tigre, pero también al espíritu maternal que Naomi Harris transmite con su Nisha, y al espíritu juguetón y satírico que el propio Serkis graba en su Baloo. El reparto consigue soportar todo el peso de los efectos especiales huyendo de la intrascendencia típica de este tipo de películas.

Quien no consigue despuntar como debería es el único que casualmente no contaba con el hándicap del capture motion. Se agradece el esfuerzo de Serkis por encontrar a un protagonista coherente con la etnia original de la historia, pero la elección no termina siendo acertada. Rohan Chand se pasa las casi dos horas de metraje intentando entender si está hablando con un muñeco de trapo verde, o si en realidad está mirando al un horizonte inexistente. Su mera presencia rompe la magia electrizante que recrean los efectos especiales, y los numerosos primeros planos que el director le regala no consiguen aumentar el dramatismo que busca transmitir el guion.

La disonancia entre forma y fondo es constante, y se va acentuando según se aproxima al desenlace.

El trabajo de Callie Kloves resulta menos integrado en la producción incluso que la interpretación de Chand. Dejando de lado las limitaciones creativas de las que partía con un material tan sobado como este, la guionista no logra entender cuál es el propósito de Serkis. Mientras este le brinda un universo oscuro, plagado de misterios y peligros acechantes, Kloves se limita a acercarse tímidamente con un tratamiento sin personalidad que no logra trascender la mediocridad. Al final tanto el envoltorio trabajado y adulto de Serkis, como la propuesta blanda y sin arrojo de Kloves, quedan desaprovechados en favor de una experiencia correcta, pero olvidable.

“Mowgli” quiere ser demasiadas cosas al mismo tiempo y al final se queda a medio camino de todo. El ritmo que mantiene es correcto durante su primera mitad, pero la desaparición de los animales a partir del tercer tercio, convierten lo que hasta en ese momento estaba siendo un espectáculo de palomitas, en un soporífero drama de serie b. El guion queda al desnudo, y la película es zarandeada por las forzadas interpretaciones del casting humano, y por el recuerdo de Jon Favreau, la versión animada de los 60, y de cualquier otra adaptación pasada. Serkis llega al rescate cuando la selva vuelve a entrar en juego, sí, pero ya es demasiado tarde para corregir este viaje tan irregular.

Los oasis visuales de Serkis nos regalan algunos de los paisajes más bellos de todo el año.

Quizás con una gran pantalla, y las luces apagadas, “Mowgli” hubiera conseguido exprimir más sus fortalezas. Serkis consigue demostrar que está a la vanguardia técnica de Hollywood, pero también pone de manifiesto el estado precario de una industria todavía incapaz de narrar una historia profunda a través solo de la captura de movimiento. El resultado final es una experiencia entretenida pero irregular que no logra superar ni visual ni mucho menos narrativamente a “El Libro de la Selva” de Disney. La fábula del niño que no pertenece a ningún mundo, pero que es rescatado por la amistad, seguirá siendo recordada por el “dubi du”, y no por una reinvención innecesaria de un mito que ya nos ha dado todo lo que nos tenía que dar.


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