Crítica de Dororo episodio 3: Eterno crepúsculo

Crítica de Dororo episodio 3: Eterno crepúsculo
 

La muerte es la única bendición capaz de liberar al ser humano del dolor, y la vida lleva inherente la pena. Pero para Hyakkimaru, un ser renacido de las cenizas que no puede sentir, la muerte no es la liberación de la existencia, sino su propio comienzo. Su padre le arrebató el privilegio de llorar, de reír, y en definitiva de recorrer el camino hacia Ítaca, por eso decidió tomar el suyo propio. Sin miedo a la muerte, ni consciencia del dolor, encuentra respuesta a su profunda pena interna alejándose de la parca, no acercándose a ella. “Dororo” es su camino de venganza, pero también de redención, un viaje poético en sentido inverso a una sociedad sumida en el miedo de una guerra constante.

Paradójico resulta que Osamu Tezuka, un hombre conocido por iluminar la industria de posguerra con su comedia blanca, se decidiera a plasmar una historia de tal drama como esta. Pero es de esa contradicción entre el material y su padre, de dónde nace la magia de la obra. MAPPA no tenía sencillo captar el alma perversa y pesimista de “Dororo” en una adaptación, de una adaptación, de una adaptación, pero a durante dos semanas ha sido capaz de mantenerse firme. Primero con una introducción sorprendentemente convencional, y después raspando la superficie de su protagonista. Un muerto viviente que lejos de representar el ashigaru de propio padre, es el fiel reflejo de un Nobunaga sin patria.

La lucha de Hiakkimaru no responde a intereses colectivos ni políticos. El tercer episodio dibuja una marioneta movida por una pulsión vital incandescente. Arrebatado el don que le concedió su madre, este se confió a sí mismo la misión de sobrevivir. No importa ni su habilidad para ver los corazones de las gentes, ni su soberbia capacidad atlética. Todo esto no es consecuencia de un arquetipo de héroe funcional, sino del espíritu que le infundió Tezuka. Sin embargo una promesa no siempre es suficiente para mantener viva la llama de una promesa, y para asegurar que no se desviara, introdujo en su camino al padre que nunca tuvo.

El tesoro que su padre le arrebató a su madre, lo recupera Jukai, el hombre que se encuentra su cadáver esquelético en la balsa del río. El último episodio pone el foco sobre este personaje; un individuo solitario que esconde detrás una de las historias más tristes que han pasado por la animación en los últimos años. “Dororo” vuelve a recordarnos que las apariencias solo sirven para hacer funcionar el mundo, pero no siempre responden a la verdad. Hyakkimaru es capaz de discernir gracias a su visión, y fue el único capaz de ver el alma que se escondía bajo esa fachada de Budha.

Dororo
El crepúsculo que acompaña a la muerte precede a un episodio cromáticamente muerto

La historia de Jukai está bañada de dolor, y muerte, precisamente las dos cosas de las que carece la marioneta. Abrumado por la pena que le rodeaba, Jukai decidió tomar la única salida posible a la vida que llevaba como mercenario del Lord Shiba. El destino no obstante tenía algo mucho más cruel preparado para él. La parca no aceptó su ofrenda, y le devolvió al mundo como el mar escupe una botella sobre la arena. El alma de Jukai sabía que eso no era un castigo, sino una segunda oportunidad. Y desde entonces se dedicó a ayudar a la gente reconstruyendo miembros mutilados, y protegiendo aquellas vidas que antes había intentado arrebatar.

MAPPA dibuja en su rostro ese pasado turbulento, pero lo sepulta bajo unos rasgos bondadosos. Jukai está en paz, y ahora sabe que hace lo correcto, pero eso no basta para librarse del pasado. Le dio la misma oportunidad de vivir que él recibió a su aprendiz Kaname, pero este no pudo ver más allá del hombre que había sido años atrás. ¿Cómo se perdona la muerte de un padre? Quien le dio una segunda vida, también asesinó a su progenitor. Un pecado imposible de limpiar que termina devolviendo a Jukai a su predestinada soledad, y deja a su pupilo con la condena permanente de tener que recorrer una vida maldita. La única persona capaz de ver más allá de ese legado manchado de sangre, solo podía ser Hyakkimaru.

Dororo
Vivir para los demás por no saber hacerlo para uno mismo

Y es que Jukai supo desde el primer momento que vio a aquel bebé luchando por vivir, que tenía que apostar toda su existencia a sacarlo adelante. Lo crió y creó a semejanza, sabiendo que su poder más importante era su afán por agarrarse a la vida. Ambos compartían una segunda oportunidad, y ambos tenían una meta clara. Jukai le construye las prótesis, le pone nombre, y le entrena para hacer frente a todos esos demonios que persiguen su alma. Sin embargo, su unión solo podía ser temporal.

Solo deja que cumpla su destino, y viva intensamente”. Con esas palabras Jukai dice adiós al hijo que nunca tuvo, a su propia reencarnación. Su segunda oportunidad, mientras expía los pecados de la vida pasada antes de decir adiós definitivamente. Lejos de casa, donde su padre cría a su hermano en el lugar que debería estar él, y con una misión clara, Hyakkimaru se predispone a recuperar las partes de su cuerpo haciendo valer su inmunidad al miedo, o quizás no. Furuhashi enlaza el flashback con el anterior episodio, y resuelve una de las dudas más recientes. ¿Qué recuperó tras acabar con el último demonio?

Dororo
La factura de este episodio recoge en cuerpo y alma el material original y le da un acabado que se marca a fuego en la retina.

Si el anime no dio respuesta a ese misterio anteriormente, era porque debía cumplir un papel narrativo muy concreto esta semana. Hyakkimaru recuperó el sentido del dolor, precisamente lo único que le mantenía alejado del miedo, y por consecuente de la muerte. Ahora está más vivo que nunca, y tiene junto a él una luz naíf llamada Dororo. Con su aparición, el capítulo abandona el atrevido blanco y negro del que solo se libraba la sangre, para recuperar los colores otoñales del Sengoku. Un paisaje en plena decadencia para un viaje primaveral.

Ismael Moreno
Redactado por: Ismael Moreno
Escribo mucho y a veces bien. Lidero un equipo de patatas. Seguidor incondicional de Inio Asano. Otaku pero no mucho.