Crítica de Dororo episodio 5: Pervirtiendo a Cupido

La tragedia de Romeo y Julieta

 

Tezuka se viste de Ápate para urdir un engaño que ahonda todavía más en el dolor que destila la obra. “Dororo” se ha convertido en uno de los animes de la temporada no solo por su calidad narrativa, sino también por los temas que es capaz de insertar en cada una de las historias autoconclusivas que constituyen el road trip de los protagonistas. El trauma y la evolución personal y física de Hyakkimaru ha creado un ancho puente por el que MAPPA puede ahora transportar casi cualquier caballo de Troya, y el estudio no ha perdido el tiempo para preparar la treta.

El blanco y negro que parecía haberse enquistado ya en el equipo de arte dejaba paso a un color apastelado pero aun así inesperado, y un halo de esperanza del todo sospechoso. Tras recuperar la capacidad auditiva, ahora Hyakkimaru comienza a ser persona con todo lo que ello implica; más ilusiones, más sueños, pero también más miedos. Y claro, no hay mejor engaño para un ser que recién comienza a vivir que el amor. ¿Es posible introducir a Cupido en una historia tan cruda como la que propone esta obra? Sí y no. Toda emoción pasa por el filtro de Sísifo y se convierte en algún tipo de tormento tanto para los protagonistas como para los espectadores. Tezuka da un beso en una mejilla, y un tortazo en la otra.

La simple premisa del episodio ya es toda una declaración de intenciones. Por primera vez en más de un mes de emisión el estudio divide una subtrama en dos episodios, y por supuesto coloca un cliffhanger a modo de pegamento narrativo entre ambos. La primera parte es ese beso en el rostro. Hyakkimaru sufre por haber recuperado el oído; no está acostumbrado a tener que compaginar su capacidad para ver el color de las almas, con un sentido sobre el que no es posible tener todo el control. Esta condición sirve de pretexto para que Furuhashi eche mano de uno de los personajes más emblemáticos de la obra original, quien hará de salvadora para el recién nacido.

Los primeros segundos establecen la conexión. Hyakkimaru nació del río cuando Jukai lo recogió, y es en el mimo lugar donde encuentra por primera vez a Mio; la primera persona capaz de conectar con él a través del único canal abierto que mantiene con el mundo. Su música tiñe sus oídos del color que sus ojos son capaces de detectar en las almas, y el temible y vengativo guerrero se convierte de repente en una marioneta. Es ella quien saca a Hyakkimaru de la caverna y le enseña el mundo. Furuhashi lo sabe, y desde el primer momento comienza a preparar el foso.

Dororo
Uno va hacia la luz…

Mio es uno de los pocos espíritus puros de este universo; Una persona capaz de dar todo lo que tiene a los más necesitados,  y sobrepasar ese límite si es necesario apostando la propia vida. De pasar hambre, y vender su propio cuerpo. Su felicidad es la felicidad de todos los huérfanos que acoge fruto de la cruenta guerra iniciada por el Clan Sakai. Y ese manto de protección recubre también a la marioneta cuando se resguarda bajo su mismo techo. No pueden comunicarse, pero la conexión que nace entre ambos –clara en él, curiosidad en ella– y va tejiendo una poesía que traspasa la pantalla. El maniqueísmo con el que MAPPA perfila a la joven es evidente, pero el tropo está tan medido que resulta complicado de detectar.

Su voz, los planos elegidos, la iluminación –cálida-, nada es caprichoso en la construcción de un personaje tan crucial para la evolución de Hyakkimaru. Por supuesto que Dororo y Biwamaru aparecen presentes en el baile, pero su aportación al episodio es puramente anecdótica. Y es que Furuhashi solo necesita a su Romeo y su Julieta para preparar uno de los giros dramáticos más dolorosos del mangaka. El director pinta una delicada despedida entre los enamorados que sirve de anticipo para el drama. Hasta ahora el anime había plasmado el dolor humano de todas las formas posibles; a través de la depresión, de la pérdida, e incluso de la soledad. Pero gracias al amor, todo contraste se multiplica exponencialmente.

Dororo
… y la otra hacia la oscuridad.

Y entonces “Dororo” se quita la máscara. Los dos terminan consumidos por atrevimiento. Mio es violada por el ejército enemigo mientras Dororo lo observa todo paralizado, y Hyakkimaru pierde una pierna intentando devolverle el favor que Mia le hizo previamente. Este recupera la voz, pero solo para expresar dolor, mientras ella sufre en silencio. Tezuka vuelve a castigar a sus personajes cuando están a punto de alcanzar la felicidad, y los devuelve a la pesadilla de demonios y guerras de la que provienen. “Dororo” continúa siendo una experiencia incómoda, pero como si el schadenfreude se mirara en un espejo, la agonía es placentera.


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