Stanley Kubrick pudo haber estrenado la versión definitiva de 'Napoleón', pero se puede decir que ni Hollywood ni el presupuesto salvaron una película que nunca fue rodada y que estaba llamada a cambiar para siempre la historia del cine. Y es que la biografía de Napoléon se ha intentado trasladar a la gran pantalla en varias ocasiones, siendo la película de 1927, dirigida y escrita por Abel Gance, la mejor representación del emperador galo. Y la adaptación de Ridley Scott un mero entretenimiento, al que le sobraron efectos especiales y le faltó un buen guion.
Hablar de Stanley Kubrick es hacerlo de uno de los directores más perfeccionistas de todos los tiempos. Después del estreno de '2001: Una odisea en el espacio', el director se embarcó en lo que acabaría siendo su proyecto más ambicioso (y también el más frustrante): una película sobre Napoleón Bonaparte.
Lo que comenzó siendo una idea pronto se transformó en una obsesión. Kubrick leyó decenas de biografías sobre el emperador francés y reunió una documentación sin precedentes. Recopiló más de 30.000 imágenes de localizaciones, además de mapas, ilustraciones y referencias históricas. Y no se detuvo ahí. El cineasta incluso contrató a estudiantes de la Universidad de Oxford para que le resumieran libros que no podía abarcar por sí mismo. Su objetivo era claro: construir el retrato más preciso y psicológico jamás visto de Napoleón.
Para el papel protagonista, Kubrick tenía un nombre en mente: Jack Nicholson. Mucho antes de convertirse en un icono gracias a 'El resplandor' (también de Stanley Kubrick), el actor era considerado la elección perfecta para dar vida al lado más complejo y oscuro de Napoléon.
Y es que el enfoque que tenía en mente Kubrick no era únicamente bélico o histórico. Al igual que décadas después haría Ridley Scott con 'Napoleón', Kubrick quería cenntrarse en la psicología del personaje: sus contradicciones, su ambición y su humanidad.
El problema llegó cuando el proyecto comenzó a tomar forma real. Kubrick planeaba escenas de batalla con hasta 30.000 extras, algo completamente descomunal incluso para los estándares cinematográficos actuales. Imagina tener que gestionar esa monumental cifra de extras en pleno rodaje.

Como imaginarás, el presupuesto se disparó y los estudios interesados comenzaron a dudar. A pesar del prestigio innegable del director, financiar una película de tal magnitud era un riesgo enorme.
La situación empeoró aún más tras el fracaso en taquilla de 'Waterloo', protagonizada por Rod Steiger. Un batacazo que terminó de ahuyentar a las productoras, que decidieron abandonar definitivamente el proyecto.
Stanley Kubrick llegó a escribir a Metro-Goldwyn-Mayer asegurando que su intención era rodar "la mejor película de todos los tiempos", pero ni siquiera eso fue suficiente, quedándonos con las ganas de ver cómo hubiera sido esta versión de Napoleón en la que estuvo trabajando el director.
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