La nostalgia es uno de los sentimientos más poderosos de nuestra especie. Capaz de moldear y modificar la memoria humana, la melancolía naciente de extrañar tiempos pasados es una fuerza potente y, en el mundo de la crítica y la opinión, su presencia es tan indeseada como ineludible. Al final del día, por más objetividad que se busque, por más aspiraciones hacia la más pura imparcialidad que se tenga, cada individuo está perennemente sujeto a las cadenas de su subjetividad, por lo que es importante abrazarlas. Y yo abrazo todos los años los grilletes que me unen a la Game Boy Color.
No obstante, la nostalgia funciona de formas muy curiosas. Incluso estando contento con mi día a día, sintiéndome cómodo con las reducidas plataformas a las que tengo acceso y sin necesitar más, la idea de reencontrarme con mi otro yo de hace unos tantos lustros me genera... paz. Una calidez difícil de describir. Claro está, los rumores en torno al regreso de la GBC son solo eso, especulaciones, pero las mismas son suficientes para emprender un viaje de añoranza con las 5 razones por las que la Game Boy Color es mi portátil favorita de toda la historia.
De acuerdo con mi fecha de nacimiento (1998), podría decirse que soy un nativo de la primera ola de popularización masiva del anime. Pokémon, Digimon, Dragon Ball, Yu-Gi-Oh!, Beyblade... Todas estas series forman parte imborrable de mi vida, tal y como lo son de la vida de la Game Boy Color a través de videojuegos increíbles. Junto a ellas, obras de la índole de Mega Man, Tetris, Bomberman, Metal Gear Solid, Wario Land, Dragon Warrior, Kirby, Metroid... Quizá hoy en día esté alejado de sus trabajos, pero Nintendo conforma la totalidad de mi infancia videojueguil y lo recuerdo con gran felicidad.
Muchas de tales obras que disfruté, cabe aclarar, fueron cortesía de la retrocompatibilidad que ostentaba la Game Boy Color; una facultad no tan usual para la época. Pese a no ser su principal precursora, pues tal título hemos de adjudicárselo a la Atari 7800, lo cierto es que la posibilidad de jugar a obras incluso más antiguas que yo es una de las más gratas memorias que almaceno junto a múltiples de mis familiares, quienes me introdujeron a icónicas obras como Pokémon Rojo y Donkey Kong Land.

Conforme han avanzado los años, nunca he encontrado una consola portátil que me satisfaga tanto como la Game Boy Color. Habiendo sido propietario de una Nintendo DS, una PlayStation Portable y, muy temporalmente, una Nintendo Switch, solo la GBC se ha adaptado a mi concepción de portabilidad. Esta, por supuesto, puede que sea una experiencia muy personal, no obstante, 15 años después, aún no encuentro una plataforma que me resulte tan cómoda para cargar conmigo todo un día fuera de casa.

Una vez más, acudo a la experiencia plenamente individual para argumentar mi afinidad por la Game Boy Color, mas lo cierto es que siempre sentí que emanaba una accesibilidad que, a día de hoy, no es más que un recuerdo lejano. A diferencia de los dispositivos modernos, se trataba de una plataforma al alcance de todos no solo por la sencillez de sus controles y sus obras sino, además, de su precio; fue la única consola que mis padres pudieron permitirse hasta 2005, cuando migré hacia la Dreamcast. Quizá siempre estuve a destiempo, pero así he podido disfrutar más de cada ciclo generacional.
Insisto, hoy en día soy una persona feliz, dentro y fuera del ecosistema de los videojuegos. No me quejo de mi rutina, ni tampoco me siento mal con regularidad, pero esporádicamente recuerdo la vida de antaño y, sin falta alguna, extraño cuando todo era más puro. La Game Boy Color, de cierta manera, no es solo un recordatorio de una existencia más simple sino, además, de una industria del videojuego más prístina, más enfocada en lo que como jugador deseaba. Y tal vez fui yo quien cambió, tal vez no ha sido el sector sino el consumidor, pero la GBC es reflejo de una época dorada que, aunque sea superada en el futuro, dudo que nunca pueda ser igualada.
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