Quizás no sea una saturación real, pero sí psicológica. La proliferación de películas de superhéroes ha convertido a las carteleras de cada año en plataformas de lanzamiento para los planes megalómanos del estudio de turno. Una semana sin capas es una semana de vacío. Pero para los menos afines al género, encontrar una excusa para pronosticar catástrofes solo presentes en sus mentes, se ha convertido en un ejercicio atractivo de equidistancia. ¿Es solo un odio innato hacia este tipo de cintas? ¿Hay una verdadera fatiga? La taquilla dice no, pero la industria sabe que la rueda no girará por siempre, y experimenta.
Ahora bien, cambiar las reglas del juego, imponer una nueva tendencia, implica riesgo. El sacrificio enseña a los demás a no cometer los mismos errores, mientras se va dibujando una zona de seguridad con un lenguaje y unas reglas comunes. "El hijo" llegaba como adalid de lo irreverente, y sus formas lo demostraban; la historia de Superman era transmutada para servir como pastiche pulp del terror más placentero. Sin embargo, en la práctica el ejercicio de desafío estilístico propugnado por James Gunn no deja de ser un juego sin alcance que se pierde en el conservadurismo de su actitud.
David Yarovesky se une a la empresa de rebeldía teen que el director de "Guardianes de la Galaxia" emprendió poco antes de tropezarse con el correccionismo de Disney, y lo hace con impulso. Su dirección responde a las ganas de un cineasta que debutó sin mucho éxito en 2015 con la incomprendida y vulgar "The Hive", y que tras pasar años junto a Gunn, ahora veía la posibilidad de convertir su nombre en un reclamo internacional. Pero el trampolín que le tienden Brian y Mark Gunn ("Viaje al centro de la Tierra 2") está muy poco tensado.
La idea es potencialmente interesante, pero su materialización se ve lastrada por las reglas a las que pretende desafiar. No es ni una historia de superhéroes, ni un relato de terror. Y no, tampoco es algo distinto a ambas cosas, sino las dos al mismo tiempo. "El hijo" juega a ser una quimera innovadora pero se ciñe a los tropos de uno y otro mundo, quedándose siempre con lo peor de cada uno; abrazando los jumpscares y las coreografías manidas del terror, y bailándole el agua al maniqueísmo plano de las mallas. De por medio, una historia con poca fuerza intenta abrirse paso mientras Yarovesky lucha por despertar nuestra atención con gore y vísceras oportunistas.

Kyle y Tori Breyer quieren tener un hijo, pero no tendrán que hacer nada para obtenerlo. Del cielo cae un meteorito, y de él sale un misterioso niño que se convertirá en el mejor regalo de sus vidas. Al menos durante sus primeros años de infancia. Brandon Breyer -nótese la doble inicial referente al mundo de las viñetas- sufre una repentina transformación hacia el lado oscuro, y comienza a sembrar el terror en un vecindario al que ve como enemigo de la seguridad de sus padres. Su visión distorsionada del mundo, derivada de una infancia sobreprotectora, y la presencia de una entidad oscura, terminan por cocinar una carnicería en la que se acaban viendo envueltos hasta los propios Breyer.
El planteamiento es lo suficientemente interesante como para sostenerse en pie durante el primer tercio de metraje. Pero la falta de espíritu formal y las sosas interpretaciones no tardan en arrastrar a la película hacia la mediocridad. Bien es cierto que James Gunn tiene claro desde el principio qué es lo que pretende. Nunca se toma en serio a sí mismo, perfilando un guilty pleasure en el que cabe casi de todo. Pero Yarovevsky va a contracorriente durante los 190 minutos de cinta, cocinando una disonancia clara entre el mensaje y la ejecución.

"El hijo" no llega a abrazar la parodia, pero la bordea con peligro dejando ver demasiado a menudo sus vergüenzas. No resulta sorprendente que el drama cocinado durante su lento -lentísimo- arranque, termine pulverizado por una violencia extrema cuyo único propósito es obnubilar los sentidos ante las debilidades del guion. Y el reparto parece notarlo. Desde Elizabeth Banks -con una de sus interpretaciones menos llamativas de la última década-, pasando por el irrelevante David Denman, y sí, llegando al propio Jackson A. Dunn. Todos funcionan en piloto automático renegando de sus talentos para servir en pos del espectáculo visual.
Y ni siquiera así el metraje logra compensar sus carencias. La acción, al contrario de lo que se podría pensar, es más bien escasa. De hecho, Sony ya ha mostrado casi todo lo que tiene que ofrecer la cinta con la promoción. Hay ciertos momentos de un nivel escaboroso increíble, pero el impacto general es insuficiente. Al final, el disfrute de la película queda reducido a poder degustar con más o menos perversión de la crueldad injustificada de un niño controlado por una fuerza del mal intencionadamente misteriosa. Si no es un estropicio total es justo por esto. El toque Gunn -mucho más presente que un productor al uso- teje un gusto estético sucio y visceral que sitúa al trabajo de Yarovesky en el limbo del cine de culto.

Para disfrutar de "El hijo" es necesario abandonar la idea de ver algo trascendente u original. No es un producto b de los que engrosan las plataformas de streaming, pero tampoco cumple con las pretensiones esperables de un cineasta con un planteamiento narrativo entre manos tan interesante. El intento de deconstrucción formal es en realidad un ejercicio cinematográfico naíf que lleva sus ideas hasta el extremo más absurdo. ¿Era posible hacer una película solo con la carta del Superman villano? Quizás no.
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