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Crítica de Mirai, mi hermana pequeña: La familia desde el corazón

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Crítica de Mirai, mi hermana pequeña: La familia desde el corazón

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Obsesionado con decodificar la familia en una época donde el individualismo de las redes sociales es creciente, Mamoru Hosoda continúa aprendiendo. Cuando en 2009 inició su tratamiento fílmico de la familia, lo hizo interesado en dibujar un contraste entre modernidad y tradición, pero con el paso de los años fue volviéndose más introspectivo. “Summer Wars” le dio alas para intentar destripar el concepto familiar en la sociedad nipona. Una figura vital que con la crisis económica ha cobrado una importancia capital en un país con una tradición ya de por sí arraigada en el colectivismo. “Mirai, mi hermana pequeña” no es más que un paso más en su estudio. El paso más enternecedor.

Si en “Los niños lobo” indagaba en lo que significa madurar y dejar ir a través de la maternidad, y en “El niño y la bestia” buscaba desmitificar la masculinidad paternal más tradicional, con su última cinta apuesta por explorar la fraternidad. Atado siempre a lo que dejamos atrás cuando crecemos, y los retos a los que nos enfrentamos al evolucionar, Hosoda se embarca en un viaje lleno de honestidad a través de la mirada naíf de un niño caprichoso. Lo hace abandonando la ambigüedad visual que le acompañó en el pasado, para abrazar un estilo emocionalmente transversal. Quizás por eso nos encontramos ante su trabajo más sencillo y efectivo.

En sus anteriores trabajos Hosoda siempre buscaba la interpretación desfigurada del mundo a través de unos individuos con carencias familiares. En “Mirai” no se escuda en ningún drama para apoyarse con descaro en su tan amado realismo mágico. Y lo hace narrando la historia desde el punto de vista de un niño. Kun, de cuatro años, vive la infancia como cualquier hijo único; colmado de atenciones y mimos. Sin embargo, pronto se ve frente a frente con el mayor drama que puede sufrir un infante a esa edad. La llegada de una hermana cambiará por completo su forma de ver el mundo.

La crisis de identidad le llevará primero a la negación, posteriormente al enfado, y finalmente a un distanciamiento progresivo de sus figuras paternales. Su perro y su imaginación se convertirán en su burbuja particular para escapar de esa realidad incómoda. Sin embargo, la intención de Hosoda con esta cinta no es reflejar el drama de una familia desestructurada, sino apegarse a la reconciliación natural de la madurez. Es entonces cuando entra en acción el componente fantástico a través del cual Kun conocerá a su hermana del futuro, quien le guiará y le protegerá como una forma de aprendizaje vital.

Mirai

Tanto el ritmo como la paleta de colores escogidas nos indican que estamos ante el relato más infantil de toda la filmografía del director. No porque esté dirigida a niños, sino porque quiere hacerte sentir como uno. El ritmo sosegado, y las conversaciones acolchadas con tonos y lenguajes maternales envuelven al metraje de un velo cálido. “Mirai” acuna devolviendo una mirada cargada de corazón irresistible. Cierto es que hay una intencionalidad pedagógica por parte de Hosoda, pero se trata de un aprendizaje amable que no requiere concesiones ni sacrificios.

La apertura en el cine del director hacia modelos familiares más modernos todavía está en proceso, pero en “Mirai” se percibe un esfuerzo importante por transmitir el cambio que está sufriendo la sociedad japonesa. Para Hosoda hubiera sido sencillo delinear un hogar patriarcal con roles bien diferenciados. En cambio decide salir de su zona de confort desafiando los estándares familiares tradicionales. Kun tiene una madre y un padre, sí, pero es ella la que trabaja fuera de casa. Es él quien se ocupa del mantenimiento del hogar, de cuidar a Kun, y de al mismo tiempo cumplir sus obligaciones laborales como freelance. Se podría hablar de corrección política de no ser por la naturalidad que desprende toda esta exposición.

Mirai

La figura del padre no es consolada por tener que cargar con todo ese trabajo, porque el guion lo entiende como una elección vital coherente con la situación familiar. Este cúmulo de buenas decisiones contribuye a una verosimilitud palpable que permite conectar con los personajes en pocos minutos. El primer acto se convierte en una sucesión de escenas costumbristas que administran el ritmo con elegancia y solemnidad. Pero Hosoda es un director al que le gusta proponer, y no pasan demasiados minutos hasta que comienza a abrirse la composición. La fantasía de Kun va ganándole terreno al mundo adulto de los padres. Y en entonces cuando “Mirai” despega de verdad.

La llegada de Mirai a la película es la chispa que desata toda la contención previa. Las figuras adultas pasan a un segundo plano, y el director coloca en el centro narrativo su único interés; una relación fraternal insuflada de amor. Del cariño que siente ella por su hermano “mayor”, y de la curiosidad inocente que él alberga por esa figura llegada del futuro. Kun solo llega a entender el problema de su comportamiento cuando Mirai le fuerza a invertir los roles familiares. “¿Cómo te sentirías si te hicieran lo mismo?” Hay cierta inocencia en la proposición de Hosoda, pero su resolución es concisa, y su presentación está dotada de una gran belleza cinematográfica.

Mirai

La película se desprende tan pronto como puede de los diálogos para convertirse en puro lenguaje visual; el paso del tiempo va tejiendo alegorías gracias los movimientos de cámara por el escenario, y la tendencia a la ruptura del espacio-tiempo con travellings irregulares que ahondan en el mundo fantástico del protagonista. Hosoda abandona su posición más cómoda de “El niño y la bestia”, para adoptar un rol activo. Pone en práctica su veteranía demostrando por qué es uno de los cineastas referentes de la actualidad. Y ese arrojo es el que precisamente permiten tejer un relato sin fisuras ni carencias.

Resulta increíble observar cómo tras más de una década reinventando el realismo mágico, al director todavía le quedan toneladas de creatividad escondidas en sus manos. Y es que “Mirai” desborda simbolismo y metáforas por sus cuatro costados. No tanto desde la presentación obvia de criaturas o elementos extradiegéticos, sino desde la ambigüedad velada que tanto caracteriza a la animación nipona. El uso de la luz y los colores aquí hacen casi todo el trabajo, trasladando el torrente de emociones que recorre el interior de Kun a la pantalla; del ocre que añora el pasado, a los verdes y rojos neón de esa modernidad desconocida y peligrosa. De la tranquilidad de la familia, y el miedo a crecer y tener que valerse por uno mismo en el mundo.

Puede que “Mirai” no invite a la reflexión profunda que otras cintas de su filmografía sí ofrecían, pero el sacrificio de la ambigüedad permite a Hosoda llegar más profundo que nunca en muchas de sus incursiones temáticas. La historia de los hermanos alberga una resonancia emocional que desafía esquemas y valores. Un mensaje que se apoya en el talento del director con el celuloide, y en la belleza de la partitura de Masakatsu Takahi, para lanzar un hechizo que funciona tanto en niños como en adultos. Un abrazo cálido del Hosoda más mágico imposible rechazar.

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Escribo mucho y a veces bien. Lidero un equipo de patatas. Seguidor incondicional de Inio Asano. Otaku pero no mucho.
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