Después de cosechar un éxito mundial con Ted, Seth Woodbury MacFarlane nos trae la secuela de la hilarante película protagonizada por Mark Wahlberg y su disparatado osito de peluche. No quiero entrar en la intrincada polémica sobre la necesidad de dirigir secuelas, ya que algunas son necesarias -véase El Padrino II- y otras absolutamente superfluas -¿realmente era necesario recalcar la estupidez de Jim Carrey evidenciada en Dos Tontos muy Tontos?-. Ted 2 no se posiciona en ningún margen, es perfectamente situable en la línea divisoria entre lo innecesario y lo indispensable, con un ligero sesgo hacia lo sobrante. Sea cual sea, la secuela era evidente.
La trama del metraje se ajusta a la ausencia de Mila Kunis -embarazada de un pequeño Kutcher- sustituida por una Amanda Seyfried que no compensa la carencia señalada debido a su empaque interpretativo. Seyfried encarna a una abogada novel e inexperta que tendrá que inmiscuirse en el polémico dilema moral al que se ve envuelto Ted -sublimemente doblado por Santi Millán-. Y es que la trama, a pesar de enmascararse con el pomposo humor marca de la casa, sabe profundizar un tema tan vetusto como controvertido: el concepto de humanidad. Para llegar al meollo de la historia, durante los 30 primeros minutos, ocurren una serie de -apelando a la majestuosidad de Brad Silberling- catastróficas desdichas donde radican las cotas más elevadas de carcajadas.
El plantel de actores no es destacable, el único despunte es la brillante interpretación de Giovanni Ribisi, procedente de Ted, representando a un enajenado enfermo dispuesto a incidir en sus villanías pasadas. Mark Wahlberg cumple sin más, con una encarnación más desesperada siguiendo la línea del film original. Un punto descollante es la visita a la Comic-Con rebosantes de tópicos frikis, una gozada para los jugones y los otakus.
El problema de la película, a pesar de alejarse de los cánones estandarizados del género, es que el humor, gamberro e insolente, está supeditado al público mayoritario, una audiencia generalmente adolescente influida por la simplicidad cómica. Intercalando humor simplón con un poco de ingenio -donde no faltan mofas al sector mediático estadounidense-, Ted 2 sabe satisfacer su cometido sin eminencia. Pero, a partir de mitad película, cuando ya se ha abusado de las chanzas relacionadas con los psicotrópicos y las ocurrencias obscenas, el metraje incurre en el hartazgo de reiterar excesivamente sus bromas. Y es que prolongar una comedia -secuela, ojo- dos horas no es buena idea.
Por supuesto, no pueden faltar delirantes cameos al estilo de Tom Brady, el afamado jugador de fútbol americano, con indudables mofas al respecto. Mención especial al fugaz pero intenso momentazo de Liam Neeson interpretando a un parafílico desosegado, genialidad pura. Otro aspecto destacado -y curioso- es el papel ejercido por Morgan Freeman encarnando a un renombrado abogado que culmina la película con su peculiar majestuosidad; quizás su presencia desentone en un film de tal calibre, pero la escena que protagoniza, claramente, está amoldada al polifacético actor.
En general, el creador de Padre de Familia ha aprovechado el éxito cosechado anteriormente para confeccionar una secuela que, manteniendo la esencia original, no innova dentro la impronta personal de MacFarlane. Respaldado por la certidumbre de un humor absurdo, truculento e impúdico, el director acaba sobreexplotando su particular agudeza arriesgándose a rebasar la línea de lo innecesario. Y es que, paradójicamente, lo mejor de la película se encuentra en la vertiente más estrictamente seria con un importante planteamiento moral. En definitiva, Ted 2 es aceptable, pero por favor, Seth, no mines la originalidad primigenia con una deleznable e insustancial tercera parte.
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