Cuántas veces hemos visto y oído quejas acerca de la inmadurez de la industria de los videojuegos. Cientos de mensajes son los que se pueden leer, ya sea a través de simples tweets o largos artículos en las más prestigiosas publicaciones del mundo, en los que se busca para el videojuego un futuro mejor, uno con el reconocimiento que tiene la hermana mayor de esta industria, el cine. Y, sin embargo, lejos de progresar, seguimos embarcándonos en estúpidas trifulcas que reflejan más los complejos del videojuego que ese futuro brillante que a buen seguro tiene por delante.
Tal vez creáis que voy por ese mismo camino, por el de exaltar las capacidades artísticas y defender al videojuego como algo más que un mero entretenimiento. Pero no os equivoquéis, no es eso lo que quiero defender, sino más bien todo lo contrario. El camino hacia una industria fuerte, madura y con las virtudes que la mayoría deseamos no es simple y, por mucho que nos cueste aceptarlo, nosotros somos la industria, nosotros somos la inmadurez, nosotros somos este desastre; y bendita nuestra situación porque es la que nos hace disfrutar.
Todo lo expresado en este artículo es una opinión personal que no tiene por qué coincidir con la de mis compañeros o Areajugones en conjunto.
El videojuego es, siendo honesto, el producto de ocio con mayor potencial. Hay libertad creativa para ofrecer una historia al nivel de los mejores libros, el desarrollo técnico permite que tengamos obras tan espectaculares como cualquier película, y el hecho de poner al jugador a los mandos implica al espectador tanto en el producto que es capaz de asimilar la sensación de las mejores obras teatrales. Y aún con esas, hay mucha gente para la cual los videojuegos no son más que un mero entretenimiento sin mayores aspiraciones que hacernos pasar un rato matando marcianitos. Esto es así tal vez porque era una realidad hace años, tal vez porque estemos en una industria joven o tal vez por simple gracia divina; pero es un hecho innegable que ha llevado al videojuego a convertirse en un producto terriblemente acomplejado.
Desde hace ya unos cuantos años que nuestra industria se compara de forma constante al cine, mirándola en todos casos: a la animación en cuanto a resultados de calidad técnica; a Hollywood como ejemplo de superproducciones; al cine independiente como muestra de un método alternativo de transmitir algo profundo; e incluso a tener la necesidad de acuñarse el "título" de arte... Y lo mejor es que mientras todos nos preocupamos por compararnos con el cine, los videojuegos crecen a su ritmo, ante nuestras narices, pero de forma desapercibida para todos los ojos ansiosos que buscan ansiosamente ver en esta industria una muestra de madurez que claramente merece pero no parece acabar de salir a la luz.
Y precisamente esta situación de querer y no poder es la que provoca la hostilidad tan tristemente característica. En lugar de disfrutar de lo que tenemos, nos dedicamos a pelearnos como niños de colegio. Mi consola se parece más a la última película de Pixar que la tuya; mi saga de videojuegos es más hollywoodiense que la tuya; mi juego favorito es entendido plenamente por menos eruditos que el tuyo; y así constantemente. Todos queremos acabar con estos discursos, y lo hacemos echando aún más bilis encima para, de forma indirecta, terminar alimentando estas posturas que denominamos como "el cáncer de la industria" a través de nuestras redes sociales.
Si queremos deshacernos de todo esto debemos hacerlo a través de eliminar su origen, es decir, los complejos. Ya es hora de dejar de compararnos constantemente con el cine y el resto de medios, si los videojuegos son arte (por poner un ejemplo de reivindicación de la madurez de la industria) dejemos de gritarlo a los cuatro vientos y permitámosles a ellos que lo demuestren por sí mismos. En cuanto eliminemos de la industria la sensación que tenemos de remarcar nuestra importancia en el ocio y la cultura, podremos acceder a una nueva perspectiva de este mundillo.
Deshacernos de los complejos y dejar de dar importancia a los discursos del odio no va a hacer que el resto del mundo vea a esta industria repentinamente de una nueva forma. Está claro que así no conseguiremos que el producto evolucione, sino que la evolución estará centrada en nosotros mismos. Sí, la industria del videojuego seguirá siendo inmadura, pero bendita esta inmadurez si nos brinda obras con las que podamos pasar el rato sin sentir la necesidad de gritarle al mundo cuán bella y profunda es.
Pero la magia aquí se produce cuando al eliminar los complejos conseguimos soltar la lupa con que buscábamos detalles de madurez y vemos el videojuego como un conjunto, de forma total. Ese será el momento en el que encontremos auténticas muestras de madurez, belleza y mensajes profundos hasta en las obras más comerciales, dándonos cuenta de que la industria del videojuego tal vez no sea tan inmadura como creíamos, sino que los realmente inmaduros somos nosotros, que por centrar nuestra atención en los complejos del videojuego nos hemos perdido todo lo que estos tenían que decirnos durante los últimos años.
Tal vez la solución para madurar no sea reivindicar esta cualidad a través de los cientos de mensajes que se pueden leer en webs, tal vez debamos dejar de lado estos temas (y lo digo en un artículo, vaya cara la mía) y tal vez lo único que le haga falta al videojuego para ser un producto completo sea que su audiencia sea capaz de disfrutarlo como un mero pasatiempo, sin que urja la necesidad de demostrar algo que puede salir (y a buen seguro lo hará) a relucir por sí mismo.
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