Crítica de Overlord: Cuando Tarantino abraza Wolfenstein

El cine de serie B renace con una película bañada en cliché autoconscientes

Crítica de Overlord: Cuando Tarantino abraza Wolfenstein
 

La industria nos ha acostumbrado durante los últimos años a esperar siempre grandes obras, deconstrucciones de uno u otro género, o incluso experiencias desagradables pero únicas. En muchas ocasiones sin embargo no se trata tanto de innovar, sino de saber utilizar un lenguaje asentado de forma brillante. Cuando salieron a la luz los primeros detalles de “Overlord”, la opinión pública se precipitó dando un juicio de valor cuestionable sobre lo que parecía una historia más en un género sobreexplotado. La única que chispa que podía salvar la película era su inclusión en el universo Cloverfield, pero con esa carta fuera de la mesa a pocas semanas del estreno, ¿podría valerse por sí misma?

Julius Avery, un director australiano no demasiado conocido a nivel internacional, se ponía al frente de este proyecto después de que el propio J.J. Abrams confiara en él tras ver su pulso en “Son of a Gun”. Poco tiene que ver “Overlord” con aquella aventura de traficantes, y persecuciones, pero si hay algo que ya se ha convertido en un denominador común de la filmografía de Avery, eso es la solidez. Juntar en una misma coctelera zombies, nazis, y Segunda Guerra Mundial es una apuesta arriesgada con la que pocos cineastas sabrían manejarse sin caer en la mediocridad. Lo sorprendente es que esta película no es ni de zombies, ni de nazis, ni tampoco mantiene ninguna relación con el Cloververse, pero consigue sobrepasar las expectativas que se impone.

Un pelotón de soldados aliados se dispone a saltar sobre territorio francés ocupado en una misión táctica que decidirá el éxito del posterior Desembarco de Normandía. Quedan pocas horas para que el Día D comience, pero para que la guerra cambie de rumbo, antes es necesario que los nazis pierdan su base de comunicaciones. Ese es el objetivo del capitán Ford (Wyatt Russell), y el de sus soldados; entrar en territorio enemigo, destruir las radios, y volver a casa. Sin embargo, lo que se encuentran estos héroes forzosos en la campiña francesa es algo mucho peor que nazis. El enemigo ha desarrollado una peligrosa arma que podría cambiar para siempre la historia.

Comenzar hablando de “Overlord” por su trama es como hablar de la Navidad haciéndolo del reencuentro con los suegros. Lo que se ve en los tráileres es lo que entrega la película; una historia de acción sin muchas pretensiones que no busca sorprender ni dejar demasiado poso. El fuerte del trabajo de Avery aquí radica en la intensidad de las escenas, en el ritmo, y en el juego que es capaz de sacar de un contexto que, aunque recurrente, sigue siendo atractivo. Desde el minuto uno la cinta te coge del brazo y te va arrastrando junto a los protagonistas hacia la oscuridad de la noche. No hay engaños, ni giros inesperados en el camino. El punto de partida es claro, y la meta también, pero el viaje aquí es como una pastilla efervescente que deja sin aliento.

La tensión del metraje no deja de crecer hasta mantenerse en un punto álgido durante casi una hora.

Resulta imposible desligar el componente pulp que impregna todo el metraje de la experiencia, y ni siquiera la mano de Abrams y todos los recursos con los que cuenta la producción, terminan de imprimirle ese aire de superproducción. Y es precisamente ahí donde radica el encanto de la película. Los tropos están por todas partes –personajes cliché, escenas previsibles, y diálogos pasados de vuelta-,pero se entrelazan consiguiendo crear una experiencia muy entretenida. Algo que si bien corre de la cuenta del director, no podría haber sido posible de no ser por el reparto. Wyatt Russell -sí, el hijo de Kurt- es como un torbellino de intensidad que arrasa con todo y todos. Ni siquiera Jovan Adepo, quien cuenta con más tiempo en pantalla, alcanza las notas de su compañero. El actor de “Madre!”, “Fences”, y “The Leftovers” cumple con su pedigrí, pero es aplastado por Russell y por el empaque de la historia.

¿Es de terror? ¿Gore? ¿Bélica? Paramount no ha hecho muy buen trabajo durante la promoción para aclarar en qué genero debemos meter “Overlord”, pero no ha sido problema suyo. La película combina tantas referencias de tantas vertientes distintas que termina conformando un mutante algo irregular. Aquí los jumpscares se cuentan con los dedos de las manos, y las escenas, aunque cuentan con cierto componente sádico, no se recrean en la sangre ni las muertes. Los zombies, lejos de recordar a Romero, o a cualquiera de los clásicos, son tratados como simples mcguffins con patas. Y ese es el principal problema de Avery; aunque sabe entretener y mantener el ritmo en lo más alto durante casi dos horas, no termina de culminar nada de lo que se propone. De hecho, los zombies son puntuales durante el metraje, y sus apariciones responden más a la espectacularidad Resident Evil que a cualquier otra cosa.

Pilou Asbæk como villano principal cumple pero no logra soltarse de un guion poco ambicioso.

Ahora bien, esto era una idea que “Overlord” dejaba clara desde el principio. No nos propone una experiencia única que recordar durante años, simplemente nos arroja a un festival de muertes y persecuciones en el que gusta recrearse. El castillo principal donde se desarrolla el tercer acto de la película es un laberinto que a ratos sirve como guarida del terror, y a otros como refugio nazi al más puro estilo Wolfenstein, y que en última instancia absorbe todas las tramas en un deleite rítmico y visual. Porque sí, la película a nivel técnico es de las más espectaculares que jamás ha visto el género. Su componente pulp la define más a nivel de lenguaje que a nivel formal. Y es que la mano de Paramount entra en juego dejando un escenario bélico creíble y de una brutalidad similar a la de “Hermanos de Sangre”.

Momentos de jolgorio en la butaca no faltan en una película que nada como pez en el agua del cine de serie B. “Overlord” no es la mejor película del año, no contiene un bofetón shyamaliano en su desenlace, y pierde la oportunidad de formar parte del Cloververse, pero a cambio reivindica un género muy maltratado durante años con desparpajo y mucha gracia. Para los aficionados a la vertiente bélica de Tarantino, aquí encontrarán una secuela más que digna de “Malditos Bastardos”, y para todos los demás, ver a fachas retratados como unos desquiciados es más que bien recibido en estos tiempos que corren. Blazkowicz, se te han adelantado.


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