Crítica de El rey proscrito: La siesta de la épica medieval

Lo que debería haber sido una secuela espiritual de Braveheart se queda en un relé de acción sin trasfondo

Crítica de El rey proscrito: La siesta de la épica medieval
 

Si quieres destacar en algo que ya se ha hecho mil veces, debes ir un paso más allá, arriesgar, o sorprender con algún truco bajo la manga. “El rey proscrito”, la nueva película medieval bélica de Netflix no consigue nada de esto. A pesar de ser un tema ya muy recurrente en Hollywood, esta película llegaba amparada por Chris Pine, en pleno auge por su paso por el universo DC, y especialmente por David McKenzie, un cineasta que tras pasar años con un perfil bajo, ahora se empezaba a atraer miradas gracias a su excelente trabajo en “Comanchería”. El increíble arrojo presupuestario de los de Reed Hastings, y un reparto destacable, debían hacer el resto para convertir a esta cinta en el cambio de rumbo de la plataforma con el séptimo arte. Sin embargo el resultado no es para nada lo que se esperaba.

Que comiencen a valorar tu trabajo comparándolo con otras grandes películas del género nunca es buena señal, pero el director ya contaba con ese hándicap desde la misma propuesta inicial del proyecto. Netflix vendía “El rey proscrito” como una historia de épica y sacrificio en la Escocia revolucionaria ¿suena? Efectivamente, esta historia se ambienta en el mismo lugar y la misma época que “Braveheart”, cinta con la que además comparte tono y esquema. Sin embargo ,eso es todo lo que se puede extraer del clásico de Mel Gibson. Y es que aunque la historia de McKenzie comience de forma consecutiva a la muerte de William Wallace, esta no logra imprimir la misma intensidad y relevancia a lo que muestra en pantalla.

La historia basada en hechos reales sigue a Roberto I Bruce (Chris Pine), uno de los muchos monarcas reinantes en la fraccionada e invadida Escocia del siglo XII. Bajo la opresión del rey Eduardo I de Inglaterra (Stephen Dillane), los habitantes de estas tierras se ven forzados a hincar la rodilla si no quieren morir, sin embargo su líder tiene más honor que eso. Tras la muerte de su padre y antiguo amigo del monarca inglés, Roberto decide emprender una misión suicida para reunificar Escocia bajo su reinado, y emprender una contrarrevolución para echar a los invasores de su hogar. Por el camino tendrá que sacrificar a su familia, sus amigos, y todo lo que tiene en pos del futuro de su pueblo.

“El rey proscrito” se puede definir con muchos adjetivos, pero ninguno de ellos es “épica”. Aunque la historia, la ambientación, y las numerosas batallas invitan a pensar que estamos ante una nueva película de sacrificios y heroísmo, lo cierto es que el resultado es mucho más banal que eso. McKenzie tiene todos los elementos en sus manos para crear una experiencia intensa y emocionante, pero no consigue encajarlas de la manera correcta ni contando con dos horas de metraje. Y es que todo se siente apresurado, las subtramas se pierden en callejones sin salida, y el mensaje general de la cinta se diluye en una sucesión de eventos sin trascendencia que invitan al aburrimiento.

La película se toma demasiado tiempo para arrancar, y cuando lo hace ya es tarde.

La película se presentó por primera vez en el pasado Festival de Toronto con un montaje de 20 minutos de duración superior a la versión final, pero el estudio decidió recortarlos en pos de agilizar la acción y los eventos de la historia. De las cuatro horas iniciales que duraba el metraje en bruto, se pasó a un poco más de dos horas, para terminar encajando en un tiempo que perjudica de forma irremediable al resultado final. El montaje que Mckenzie presenta como válido es errático, mutila la tensión en diversos momentos de la trama, y desperdicia las subtramas de algunos personajes. Cosa que solo viene a acentuar la monotonía y el esquema repetitivo de los eventos cíclicos que presenta.

¿Todo es negativo? Si bien la película nunca consigue hacer relevantes las cuantiosas muertes de personajes -algunas incluso fuera de plano-, la presencia de Chris Pine ya hace merecer la pena el visionado. El actor salta a un registro poco familiar para él con una interpretación carismática, que transmite valor y energía cada vez que tiene oportunidad, y que de una forma u otra eclipsa a todos sus compañeros de reparto.

Era lógico pensar que Roberto debía ser el pilar central de la historia, pero el problema es que ni sus más allegados logran alzar la voz entre tanto decorado y espectacularidad medieval. Rebecca Robin tiene varias oportunidades de compartir el peso de la trama con Pine, pero su Reina Margaret no termina de funcionar. Menos aún su hija, personaje totalmente anecdótico que no aporta nada, ni sus hermanos o vasallos más fieles, representados como una masilla de soldados escoceses cliché –valientes, rudos, cabezotas-.

La factura técnica es sobresaliente con unas recreaciones bélicas que no tienen nada que envidiar a las producciones de Hollywood.

Pero por encima de unos personajes poco definidos, quizás el mayor problema de “El rey proscrito” es su guion. Hacerse hueco en un evento histórico para dejar tu marca autoral con algo original o propio no es sencillo, y Mckenzie lo paga con una trama plana sin profundidad, que se limita a narrar los sucesos bélicos como si fuera un documental del canal Historia. El escocés hace su mejor esfuerzo con una dirección sólida sin fisuras que traspira intensidad y drama en cada una de las escenas, pero todo ello se encuentra limitado por una barrera narrativa que no es capaz de superar. Las batallas son espectaculares, sí, y el tono pulp de serie B que tanto se le ha criticado a las películas de Netflix aquí no se deja ver, pero el resultado final es muy agridulce.

Quizás en formato de serie “El rey proscrito” hubiera funcionado mejor, pero como cinta se le queda muy grande todo. La escala de los eventos y el presupuesto del estudio crean un viaje visualmente delicioso que entretiene desde un plano artístico, pero que no va más allá del placer puntual en momentos concretos. Si el objetivo era recordar la sinergia de aquel Gibson con la cara pintada, lo que en realidad nos ofrece este Roberto Bruce es una versión edulcorada de “Braveheart” que no deja ningún tipo de poso. Las referencias que deja el director al “Otelo” de Orson Wells tampoco son suficientes para levantar una película de entretenimiento pasajero, y olvido rápido.


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