Crítica de Dororo: De demonios y otros males

El cazador de demonios se levanta de su tumba para volver a bailar su tragicomedia

Crítica de Dororo: De demonios y otros males
 

La última ocasión en la que una obra de Osamu Tezuka saltó a televisión fue el pasado 2015, y para qué engañarnos, no fue lo que muchos esperaban. La intención de Production I.G. era buena, pero los objetivos se terminaron antojando inalcanzables. Sí, «Atom: The Beggining» conseguía salvar los muebles gracias al material del que venía, pero el resultado final distaba mucho de lo que debía ser un homenaje al emblemático «Astroboy». Nada tiene que ver con este proyecto tan desaprovechado «Dororo», una adaptación que nace con el impulso necesario como para colocar al padre del manga de nuevo en el lugar que le corresponde. La obra más oscura y ácida de Tezuka revive con cuerpo y peso.

Si bien se le conoce por su habilidad para el humor, durante su carrera Tezuka fue virando hacia historias más adultas, completando un viaje vital que lo llevó del costumbrismo más inocente, a retratos críticos de determinados temas sociales japoneses. El caso de «Dororo» es particular, ya que no se encuentra ni en la primera ni en la segunda fase de su evolución artística y temática. Alejado de obras como «Black Jack» –más enfocadas en la perversión humana-, pero también de la inocencia de «Astroboy», la historia del niño demonio se sitúa como puente entre dos estilos; una excepcionalidad que la convierte en el paradigma de las más de 700 obras del mangaka.

¿Cómo se aproxima uno a un material tan particular? MAPPA podía optar por la misma solución que tomó Production I.G. con «Atom», pero en cambio decide no salirse del tiesto siguiendo la senda marcada por el autor original. Sin replicar la primera adaptación que ya tuvo la obra en 1969, pero tampoco desvirtuando por completo la intencionalidad del material, el estudio elige la solución fácil dando luz a un anime fiel en cuanto a contenido, y lo suficientemente modesto en cuanto a forma como para dejar resquicios de creatividad. El pastel que sale del horno tiene un sabor familiar, pero deja un regusto personal muy interesante.

«Dororo» tiene el privilegio –o no- de abrir la veda del género histórico este año. Su premisa nos devuelve a la Era Sengoku (s. XV-XVII), uno de los periodos de la historia japonesa más convulsos y violentos. La guerra civil que precedió a la posterior unificación del shogunato Tokugawa convirtió a las islas en un polvorín que daba alas a los más ambiciosos de poder de hacer lo que querían cuando querían. En ese contexto la historia se posa sobre Daigo Kagemitsu, un señor feudal desesperado por hacer prosperar la provincia de Kuga sobre la que gobierna. Para lograrlo, decide hacer un pacto con 12 demonios; un contrato por el que cede el destino de la tierra y sus gentes al inframundo, a cambio de poder.

Las criaturas, siguiendo el arquetipo satánico, exigen a cambio un sacrificio. Nada más y nada menos que el cuerpo de su hijo recién nacido. El bebé vive, pero llega al mundo sin 48 partes de su propio cuerpo. Aberrado por lo que tiene delante, y consciente del porqué, Kagemitsu decide abandonarlo a su suerte anteponiéndose a los deseos de la madre. Sin embargo, esta última logra salvarlo enviando a la abuela al rescate para que deje flotar al bebe por el río. La criatura sobrevive, pero no por cuenta propia. Jukai, un marionetista que se dedica a honrar a los caídos en batalla colocándoles prótesis, reconstruye el cuerpo del bebé y lo convierte en una marioneta viviente.

Dororo
El inicio del episodio sigue el manga con espíritu académico

16 años después, este niño ahora llamado Hyakkimaru se dedica a cazar ghouls –en la obra original youkais; monstruos del folklore nipón-, hasta que un día se topa con Dororo. Huérfano, y criado en las calles, Dororo resulta ser el alma gemela de Hyakkimaru. Un ser que con el que comparte pasado, y a través del cual la marioneta expresará sus emociones y sentimientos. A cambio Dororo recibe protección, y encuentra un propósito en la vida. Juntos se embarcan en un viaje para recuperar las 48 partes del cuerpo de Hyakkimaru perdidas por el país, al tiempo que acaban con todas las criaturas del inframundo que le persiguen por no pertenecer ni al mundo de los vivos, ni al mundo de los muertos.

Cuando MAPPA comenzó a promocionar el anime, todo apuntaba a que estábamos ante otra obra bañada en sakuga, pero con el paso de las semanas las previsiones se fueron torciendo. Takuji Miyamoto, el responsable del tráiler, abandonaba la producción por diferencias con otro veterano de la compañía, y en su lugar MAPPA tomaba la cuestionable decisión de colocar al frente a Kazuhiro Furuhashi. El emblemático director de «Hunter x Hunter» llegaba con su prestigio bajo el brazo, pero el importante hándicap de no tener nada de experiencia en el género. Por suerte, ni su escasa adaptación a las nuevas técnicas de animación más modernas, ni su carencia de pasado en historias de época, perjudican a «Dororo». El equipo empuja, y logra empacar un resultado más que digno.

Dororo
Los diseños de Iwataki son limpios y funcionales

Si bien el guion no es arriesgado, y el primer episodio se limita a hacer una introducción clásica de la historia y los personajes, la dirección de Furuhashi es férrea. A excepción de los fondos –en los que Studio Pablo vuelve a hacer magia- no hay ningún aspecto de la producción que destaque especialmente. Pero tampoco nada chirría. El ritmo está medido al milímetro, los personajes se encasillan pero no terminan de transparentarse, y la premisa encarrila lo suficiente la serie como para suscitar interés. «Dororo» sigue un esquema episódico autoconclusivo, y la resolución del piloto era crucial para el porvenir de la serie. Con las motivaciones ya asentadas, MAPPA puede empezar a plasmar ese road trip que caracterizaba al manga.

Juzgar un anime por su portada no siempre es correcto, y en este caso MAPPA podía permitirse la libertad de relajarse y dejar que el material hiciera el resto. Pero lo cierto es que no lo hace. Si bien la animación no es puntera, las escenas de acción del primer episodio son sólidas y están bien resueltas. Donde verdaderamente despunta la adaptación es en el diseño de los personajes. Parte del contraste entre mundos que poseía la obra de Tezuka derivaba del choque entre los diseños más infantiles y disneizados, y los más góticos y perversos. Satoshi Iwataki, quien ya participó en el anime de terror «Ghost Hunt» entiende a la perfección la intención de la obra, y lo plasma en pantalla con una fidelidad sobresaliente.

El CGI es mínimo, y está implementado con habilidad

Es pronto todavía para conocer el alcance que tendrá el equipo a la hora de dar vida a las escenas más complicadas, pero por el momento la primera prueba de fuego la logra pasar con nota. Cierto es que el fantasma de la repetición todavía sobrevuela a «Dororo», y que su premisa episódica puede terminar estancando el ritmo de la adaptación, pero ahora es trabajo de MAPPA dibujar unos personajes lo suficientemente interesantes como para que eso no suceda. Las dinámicas entre Dororo y Hyakkimaru son el pilar sobre el que debería apoyarse Furuhashi para triunfar. Si lo logra, estaremos ante uno de los animes de la temporada, y puede que del año. A Tezuka solo hay tratarlo bien para que te devuelva el cielo.