Crítica de Dororo episodio 4: Cuando el dolor habla

MAPPA solventa el episodio más regular hasta el momento con una dirección magistral

 

Su ventaja también puede convertirse en su gran desventaja, pero las ambiciones de MAPPA van mucho más allá de seguir un relato de época tradicional. “Dororo” no es la historia ni de Hyakkimaru, ni de su padre, ni de siquiera el propio Dororo; es el retrato de una sociedad sumida en el dolor y la desesperanza. Tezuka usa a sus personajes como vehículos para tratar estos temas sin ceñirse a una progresión narrativa clásica. Esta semana el anime abandona la seguridad del comienzo, y se lanza de lleno al tan comprometido formato episódico. Ya no hay personajes relacionados con el pasado de Hyakkimaru, ni flashbacks a sus orígenes. Ahora toca construir, y saber dónde colocar cada ladrillo.

Tras recuperar el sentido del dolor, Furuhashi deja de lado toda compasión tejiendo sobre el tapiz una de las historias más crueles que hasta ahora se habían mostrado en la obra. Un relato de amor fraternal narrado con una delicadeza increíblemente sutil, que no tarda en descubrirse como un baño maquiavélico de mentiras. Osushi espera a su hermano, quien se fue a la guerra hace y 5 años, y del que no ha vuelto a tener noticias. Pero a su regreso la joven ni encuentra a la persona que admiraba, ni da respuesta al dolor de su corazón. Y el responsable de tal cambio es una composición de mundo tan injusta como real.

“Dororo” no cree en el ser humano, y lo hace notar a través de un mundo que recurre al dolor inherente de la guerra para justificar un pesimismo pegajoso. Una oscuridad que se adhiere a cada individuo y lo convierte en títere de sus pulsiones más internas. En un universo donde el mundo de los espíritus ha rebasado la línea de separación entre lo real o lo irreal, el humano no es más que un peón al servicio de los ghouls; ya sean demonios, monstruos, o una simple espada maldita. Furuhashi opta por este último elemento para dibujar una alegoría a la guerra, y el sinsentido que la conforma.

La espada es representada como un ente de maldad pura dependiente de un canalizador. El soporte es siempre un alma tan rota por el dolor, que se aferraría a la desesperanza en pos de encontrar una salida a su sufrimiento. El hermano de Osushi no es más que una de las muchas víctimas indirectas de la matanza entre iguales. Se convierte en mano ejecutora por influencia externa, y no encuentra peligro hasta que no se cruza con el absoluto positivo de la espada; Hyakkimaru no es ningún héroe, pero la serie sigue empeñado en retratarlo como una fuerza de pureza imparable. Y es en realidad, el único capaz de coser las costuras que deja el formato episódico.

Dororo
El escenario se convierte en el protagonista de un episodio más complejo de lo que apartenta

Si bien hasta el momento “Dororo” había mantenido un ritmo y énfasis emocional intenso, este cuarto episodio supone un paso atrás. No en cuanto a calidad de animación –la cual mejora notablemente gracias al propio guion-, sino en lo relativo al desarrollo de los personajes. Por primera vez se deja en segundo plano a Hyakkimaru para poner el foco en dos protagonistas que no terminan de estar a la altura. Los conceptos que se pueden extraer de su historia sí son interesantes, pero el trasfondo propio que debe funcionar como leit motiv para sus comportamientos se siente vago.

La hermana siente dolor primero por perder a un ser querido, y después por darse cuenta de que nunca más podrá recuperarlo. El hermano está corrompido por la locura y la oscuridad de un demonio que se alimenta de su alma. Y eso es todo. MAPPA parece percatarse de la profundidad relativamente inferior a los anteriores episodios, y decide depositar todas sus esperanzas en la ejecución. Y es que si el anime ya relucía por su apartado artístico y su capacidad para recrear un retrato histórico seductor, este episodio demuestra que también puede jugar en la misma liga que otras compañeras de género.

Dororo
Dororo se refiere a Hyakkimaru como “aniki” en señal de una confianza que comienza a ser fraternal

Los duelos de espadas son recurrentes, y perfectos; los tiempos, la elección de los planos, y la fotografía se entrelazan de manera natural inyectando a la acción de un matiz único. Podían haber sido enfrentamientos anodinos resueltos con una escenografía caprichosa, pero en lugar de eso Furuhashi opta siempre por ir un paso más allá. La animación no destaca por su fluidez ni por contener trazas de sakuga, sino por la composición. Por cómo el estudio juega las cartas que tiene en la mano de la manera más óptima en cada momento. El resultado es una acción con poso que logra permear en la memoria por su fuerza. Ahora bien, si hay algo que hace realmente bien MAPPA es hilar el arte con la narración.

La lluvia es un elemento central del episodio, y no por cuestiones meramente estéticas. Es presentada como un velo que trasciende la capacidad auditiva. Hyakkimaru es capaz de percibirla a pesar de no poder oír, y su persistencia a lo largo de toda la trama no es más que un adelanto contextual del desenlace del episodio. Solo cuando el hermano de Oisha es derrotado, y el demonio de la espada desaparece, Hyakkimaru es capaz de abandonar la guía que le proporciona la lluvia. Ahora que por fin ha recuperado la capacidad de escuchar, percibe los llantos de dolor de Oisha. La dirección de Furuhashi se revela entonces magistral. El mundo deja de ser un escenario, para convertirse en un soporte narrativo más.

Dororo
Cada enfrentamiento está construido con inteligencia y habilidad

“Dororo” puede bajar el listón, pero los toques de lucidez de MAPPA son una constante que eleva la adaptación por encima de cualquier expectativa. De una historia autoconclusiva sin demasiado jugo, el estudio saca un punto de inflexión que marcará la personalidad de su protagonista de ahora en adelante. Con cada sentido recuperado, Hyakkimaru se acercará más a su objetivo, pero también al mundo fracturado del que se había mantenido alejado por el castigo de su padre ¿O fue en realidad un regalo?


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