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Crítica de Black Mirror: Bandersnatch, Netflix o el Gran Hermano

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Crítica de Black Mirror: Bandersnatch, Netflix o el Gran Hermano

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Tras más de 7 años y cuatro temporadas sumergiéndose en el futuro para exponer los peligros de la tecnología, Charlie Brooker ha decidido girar la vista al presente. «Black Mirror» da un paso al frente y se convierte literalmente en aquello que dibujaba durante sus pasadas temporadas. El nuevo programa de Netflix, “elige tu propia aventura” permitía al creador convertir la distopía en realidad a través de una película interactiva en la que el espectador debía elegir las decisiones del protagonista. Una propuesta más que interesante que convierte a «Black Mirror: Bandersnatch» en un experimento curioso, pero no del todo satisfactorio.

Aunque no es la primera vez que la compañía opta por este formato -ya lo vimos en la adaptación de «Minecraft Story», y en «El gato con botas»-, sí es el primer caso en el que una serie se construye en torno a la toma de decisiones. David Slade, director de «30 días de oscuridad», y varios episodios de la propia serie como el reciente «Metalhead», convierte al espectador en el protagonista de la historia, haciendo de cada elección algo más que un simple movimiento de ratón.

Cada camino tomado no solo tiene consecuencias inmediatas, sino que afecta al resultado final de la aventura, y a lo que va sucediendo a lo largo de la trama. Pequeños guiños, personajes que aparecen y desaparecen, información a recordar… todo se entrelaza formando un contenido orgánico.

Año 1984, la industria del videojuego se encuentra en el punto de inflexión de su Golden Age. Pequeños desarrolladores se unen a estudios florecientes para mostrar sus ideas al mundo, en un mercado totalmente democratizado. Stefan (Fionn Whitehead) es un joven que tiene una gran idea para un nuevo título; «Bandersnatch«, la adaptación del libro escrito por el sociólogo Jerome F. Davis basado en el formato “escoge tu propia aventura”. La idea, totalmente revolucionaria para la época, enamora al jefe de Tuckersoft quien no duda en financiar el proyecto dándole la posibilidad de desarrollarlo en sus oficinas, o dejarle trabajar por cuenta propia.

Esa primera decisión marcará el futuro de Stefan; el desarrollo del juego le llevará a cuestionarse su propia realidad, a perder el sentido de la realidad, y a terminar sumergido en el propio laberinto de caminos y decisiones del desarrollo del título. ¿Se puede cambiar el pasado? ¿Existen las líneas temporales? El joven lucha a contrarreloj por llegar a la deadline mientras el mundo a su alrededor comienza a fundirse en un sueño lúcido de mentiras, paranoias, y desesperación.

Las referencias a los títulos de la época son un constante durante el primer tercio de la película.

Más allá de la historia que presenta, lo que resultaba más interesante es la propia ejecución del formato. «Black Mirror: Bundersnatch» funciona como un episodio de duración extendida que te obliga a tomar decisiones –siempre binomiales- en momentos determinados del metraje; la pantalla se detiene, y una franja negra en la parte inferior nos muestra dos opciones a elegir. Hasta aquí nada que no se hubiera mostrado previamente en las otras series de la plataforma acogidas a este programa. Lo que realmente sorprende es la fluidez con la que se han montado los distintos trozos de metraje para no cortar el ritmo del visionado.

Si bien es cierto que nos obligan siempre a esperar a que se agote el tiempo total en cada caso, la expectación por ver qué sucederá a continuación desvía la atención haciendo que las esperas sean ligeras. Una sensación que además va in crescendo según avanza la trama. Las decisiones pasan de elegir entre una marca u otra de cereales para desayunar, a elegir si destruir tu trabajo o tu familia.

Todo está planteado de tal forma que el espectador se va enredando más y más en una historia de la que forma parte. No es casualidad que cada una de las decisiones reaparezcan a lo largo de la película en forma de guiños, que incluso algunos personajes cambien su forma de actuar en función de nuestro trato hacia ellos en el pasado, o que nos pidan recordar cierto número de teléfono o contraseña para dar la respuesta correcta a ciertas situaciones.

En ciertas ocasiones el binomio deja paso a callejones sin salida.

«Black Mirror: Bandersnatch» no es un experimento improvisado. La precisión con la que todo está medido roza lo obsesivo. Como en un videojuego de mundo abierto, la sensación de libre albedrío es real, aunque en el fondo no sea más que una ilusión. No en pocas ocasiones la película nos obligará a regresar a una bifurcación pasada si la opción que hemos escogido no es la correcta. Esto durante las primeras ocasiones genera curiosidad, pero cuando se repite durante varias veces en un mismo punto, aparecen los problemas. ¿Por qué volver una y otra vez al mismo punto? ¿No hay libertad de elección?

El secreto no está tanto en la resolución de las escenas, sino en los 5 finales previstos. Tal y como le explica Colin Ritman (Wil Poulter) a Stefan, “lo importante no es el final de la ruta en la que estás, sino cómo afecta eso al conjunto”. No hay una recompensa inmediata a las decisiones, y eso puede generar cierta frustración, pero todo encaja de manera lógica cuando llegan los créditos finales. Hasta ese momento, Slade se vale del propio formato para jugar con el protagonista, para hacerle dudar y sumergirlo en una paranoia de la que no puede salir. Lejos de centrarse en los videojuegos –como aparentaba en el tráiler-, la película es un retrato de los miedos existenciales.

El crunch autoimpuesto termina por destruir su sentido de la realidad.

Las ideas que George Orwell plasmó en «1984» están por todas partes. En este caso el espectador es quien se convierte en el Gran Hermano que controla y condiciona todo lo que sucede. Somos seres omnipresentes que ocupan una posición divina dentro de ese universo. A esto se le suma el concepto de las líneas temporales, y de los multiversos, creando el pastiche perfecto para que el director se lance de cabeza a la piscina de las alucinaciones y la paranoia. En un mundo real, todas esas ideas no son más que abstractos para explicar el funcionamiento de la mente humana y la sociedad, pero en «Black Mirror: Bandersnatch» son reales.

Slade termina consiguiendo transmitir su mensaje, pero por el camino se toma quizás demasiadas licencias. La película rompe la cuarta pared constantemente, y termina abusando tanto de ello que se pierde a sí misma. No solo difumina la barrera entre el espectador y Stefan, sino que también funde la línea que separa al metraje de su propio rodaje. En ciertos momentos la situación llega a ser tan absurda, que resulta imposible deshacerse de un cierto sentimiento de ridículo. Se entiende que Netflix haya querido ir hasta el final con la apuesta, pero algunas decisiones rallan lo absurdo.

«Black Mirror: Bandersnatch» generará debate, invitará a comparar, y en definitiva, creará el ruido que siempre ha perseguido Brooker son su saga. La idea de que el futuro sea hoy, y que Netflix sea parte de esa distopía tecnológica que tanto ha tratado la serie en el pasado, es sin duda desconcertante. ¿No se podría haber contado siguiendo un formato clásico? Quizás sí, pero no con resultados tan desconcertantes. Con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva, por el camino se queda el componente narrativo más propio del cine. En su lugar ahora se abren las puertas a un futuro no tan lejano.

Nota: Esta crítica ha sido realizada con dos finales completados de los 5 cinco totales. La duración media de cada visionado ronda la hora y media. Tomando el camino más corto se puede finalizar en 40 minutos.

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Escribo mucho y a veces bien. Lidero un equipo de patatas. Seguidor incondicional de Inio Asano. Otaku pero no mucho.
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