Atención: Este artículo es una opinión personal (e intransferible). Con él busco crear debate y encontrar una televisión inclusiva y que represente a todas por igual.
El Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+ se celebra cada 28 de junio porque en nuestro mundo, hay algo que no funciona. Se habla de homofobia, y sin saberlo, estás siendo aún más LGBTIfobo al ocultar otras realidades que se encuentran ocultas tras estas siglas. Porque el odio no es exclusivo de homosexuales: bisexuales, transexuales, intersexuales, queer y otros colectivos minoritarios sufren la ira y el desprecio social, con unos derechos tan básicos como son VIVIR y TRABAJAR que no se respetan en muchísimos países de todo el mundo. Y ya no hablamos de las POC ('people of colour') y sus aún mayores dificultades.
Y cuando se cree que la televisión y el cine ha alcanzado la inclusión plena, ya sea porque aparece el primer superhéroe homosexual o una chica bi, llega el momento de clamar a los cuatro vientos que se está siendo más LGBTIfobo que nunca. Porque pequeños pasos como estrenar Heartstopper en Netflix o Con amor Victor en Disney Plus no sirven de nada cuando programas como Drag Race España no se emiten en abierto, actrices trans como Lola Rodríguez o Daniela Santiago lo tienen muy complicado para hacerse hueco en la industria televisiva y cinematográfica, y realidades como el poliamor, las relaciones abiertas o las triejas quedan reducidas a meras bromas en un capítulo cualquiera de La que se avecina.
Si hoy muchos salimos a las calles, no es por gritar, bailar y beber, que es la imagen que muchos tienen del Orgullo LGBTIQ+. Si lo hacemos, es para reivindicar la igualdad plena que aún no se ha alcanzado. Y es más, con la llegada de partidos de ultraderecha, cada vez parece más lejano el objetivo de disfrutar de una vida tranquila, sin miedos y amando a quien uno quiera.
Y en cuanto al cine y a la televisión, no podemos permitir más mensajes de odio como los vertidos por neandertales en los artículos de Lightyear publicados en los últimos días. Es el momento de que lancemos un grito al cielo y exigir a la industria cultural una apuesta real por la igualdad, por la representación social en películas, series y programas. Para que dejen de tratarnos como una minoría. Para dejar de considerarnos una moneda de cambio cada mes de junio y así mejorar su imagen de marca, transformada en dinero. Porque en realidad, el cine y la televisión, y no solo en España, sigue anclados en los años 90. Y cada década que avanza, retrocede dos.
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