Tras pasar la empalagosa resaca del día de San Valentín, originalmente procedente de rituales atroces ajenos a la mercantilización de un sentimiento antropológico, cabe cuestionarse la otra variante del amor. El contrapunto, o desamor, no tiene por qué representar la ruptura de ese contrato emocional tácito entre dos personas, ya sea de mismo o diferente género, o incluso entre distintas razas.
El ejemplo más claro es Max Payne. Este expolicía y desarticulador de redes de contrabando y narcotráfico sufrió una separación no deliberada. Max estableció un bello romance con Michelle cuya convivencia y afección dio como fruto a una hija llamada Rose. Un día de 1998, después de una monótona jornada laboral, el pobre desdichado escuchó una petición de auxilio que simbolizaría la génesis de su tormento. Unos drogodependientes asesinaron sin miramiento a los dos ángeles de Payne, y de repente sus dos alas fueron arrebatadas olvidándose de volar y cayendo en un profundo abismo.
La trama impulsó una pesquisa que no apaciguó la intranquilidad de nuestro protagonista. Sus amores se desfiguraron sin su consentimiento, y la normalidad cotidiana dejó de existir. No hace falta definir el desamor como el deterioro afectivo, aquí el desamor se erige como un antojo del azar.
Max representa la cruda realidad de la perdición. Su ocaso sentimental rompió de cuajo cualquier atisbo de reflexión vital; él no ve el vaso ni lleno ni vacío, simplemente se lo bebe. Y aquí, entre la sobriedad y la embriaguez, encontró otro ente a quien volcar su tiempo. El alcohol fue, es y será su gran amor. La sobriedad logra despertar sus pesadillas, y un revolcón desmesurado con cualquier manjar etílico consigue expiar sus inquietudes. No obstante, el desamor sigue reapareciendo convertido en resaca.
La impotencia y la desesperación también le abrieron la puerta a un segundo amor menos hiriente. Su organismo, tatuado por el gélido tacto de las balas, encontró refugio en los analgésicos. La combinación de alcohol y calmantes, cual concubinato románico, configuran un cóctel demoledor que delinean la personalidad característica de Max Payne: la autodestrucción.
¿Y qué hay del desequilibrio amor/desamor? Nuestro infeliz lo conoció en el segundo juego, cuando se cristalizó una de las tramas más imponentes de las generaciones pasadas. Aún con los retazos aflictivos de su pasado, Max logra escurrirse en un nuevo episodio que reafirma su incapacidad de amar. Amar a mujeres. La muerte personificada, una asesina llamada Mona, juega con la sensibilidad emocional de Payne engatusándolo y, posteriormente, tendiéndole (y autotendiéndose) una trampa. El amor invernal en su máxima expresión; mientras los copos de nieve se derretían en el exterior dando paso a la primavera, la cuarta estación se perpetuaba en el destino de Payne.
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