Se ha dicho más de un millar de veces que la aviación es el método de transporte más seguro del mundo. Al menos lo es en términos estadísticos. Pero el hecho de que monstruos de metal que pesen tanto puedan volar cargados de combustible, personas y equipaje parece desafiar toda lógica de la física, lo que hace que aun a día de hoy muchas personas tengan miedo de subirse a un avión. Aunque ya os digo que estos vehículos están perfectamente diseñados para, efectivamente, poder volar sin problema, incluso cumpliendo las leyes de la física.
Aun así, muchas veces el problema no reside solo en volar, sino en los fallos humanos o mecánicos que pueda haber en un avión y como estos pueden acabar en un desastre letal. Porque sí, estos vehículos son extremadamente complejos, y hay tantas cosas que pueden salir mal que parece imposible que una de ellas no vaya a ocurrir en un vuelo. Obviamente, hay seguridades más que de sobra para que no pase nada en un vuelo, y las estadísticas hablan por sí solas. Pero en este post, concretamente, os hablaré de los fallos de presión. O de presurización, más bien.
Los aviones, antes de despegar, deben presurizarse. Esto quiere decir que se cierran herméticamente para mantener una presión concreta durante todo el trayecto. Esto es importante ya que, si no fuera así, la presión se reduciría muchísimo puesto que los aviones suelen volar a mucha altura, donde hay falta de oxígeno. La falta de oxígeno provoca un fenómeno llamado como hipoxia en una persona, que puede acabar con la persona inconsciente y con daños cerebrales severos.
De esta forma, los aviones mantienen la misma presión en su interior desde que despegan hasta que aterrizan, manteniendo a salvo a los tripulantes y pasajeros. De hecho, es precisamente por esta diferencia de presión entre el interior y el exterior (cuando se está a gran altura) que resulta imposible abrir la puerta del vehículo en pleno vuelo, pues hay que hacer una fuerza inmensa para ello. Pero la pregunta ahora es... ¿qué pasa si hay un fallo de presión?
Aquí es cuando entran en juego las mascarillas que caen sobre nuestras cabezas. Estas son para suministrar oxígeno a los pasajeros y así que no sufran hipoxia. Solo tienen oxígeno para doce minutos, pero este tiempo es más que suficiente para que los pilotos bajen el avión hasta una altura donde el nivel de oxígeno sea suficiente para que los pasajeros y tripulantes puedan respirar con normalidad.
Sí, puede haber fallos de presión en un avión por distintos motivos. Pero ¿puede explotar este vehículo por este motivo? Lo cierto es que no. Sin embargo, sí que puede haber lo que se llama "pérdida explosiva de presión". Esto se da cuando hay una rotura grave del propio fuselaje o una puerta mal sellada, por ejemplo. Y esto puede generar:
Por suerte, este tipo de fallos de presión es extremadamente rara y los aviones tienen medidas de seguridad redundantes para evitar llegar a esos escenarios. Sin embargo, también pueden darse "pérdida lenta de presión", la cual se da cuando la fuga de presión es lenta y poco perceptible. En estos casos es cuando también se desprenden las máscaras y los pilotos, advertidos por los sistemas de alarma del avión, deben bajar el vehículo hasta una altitud segura.
Uno de los casos más famosos es el del vuelo 522 de la compañía Helios en el año 2005, donde debido a un fallo de mantenimiento (y por parte de los pilotos, que no comprobaron esta parte), el avión no quedó bien presurizado y al ganar cierta altitud, tanto tripulantes como pasajeros quedaron incapacitados. Voló durante cerca de dos horas gracias al piloto automático y se acabó estrellando en una montaña griega debido a que el combustible se acabó.
Otro caso muy famoso es el del vuelo 243 de Aloha en el año 1988. El fallo de presión fue tal que incluso una parte del fuselaje se desprendió, siendo este uno de los peores escenarios posibles. No obstante, los experimentados pilotos lograron controlar el avión y aterrizarlo de emergencia con éxito. Desgraciadamente, falleció una persona, pero sobrevivieron los otros 94 pasajeros y tripulantes.
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