Crítica de Todo es una mierda, la comedia noventera más nostálgica de Netflix

El acoso escolar y la definición de la orientación sexual se disfrazan de pasatiempo en una historia simple pero atractiva

Crítica de Todo es una mierda, la comedia noventera más nostálgica de Netflix
 
 

La nostalgia vende, sí, pero no todos saben venderla. En los últimos años hemos visto como las salas de cine y la televisión se llenaban de reboots, remakes, y cualquier otro formato capaz e revivir viejas glorias del pasado para volverlas a poner en circulación. Sin embargo pocos de estos productos tenían personalidad propia y se limitaban a replicar fórmulas ya usadas. Netflix se ríe de todo esto y da un salto al vacío con “Todo es una mierda”, la serie con la que pretende aprovecharse del recuerdo hacia los años 90, con una fórmula que parece previsible, pero que no deja de dar sorpresas unas tras otras, y que demuestra que lo importante no es el qué sino el cuándo.

Entre los últimos grandes lanzamientos de la plataforma, producciones de millones de dólares y campañas de marketing majestuosas, aparecía hace algunas semanas una pequeña serie que promete crear tendencia. Ben York Jones (“Como Locos”) y Michael Mohan (“Save the date”) firman una historia con tintes cómicos que respira respeto y nostalgia hacia una época en la que los ordenadores todavía se manejaban con monitores estratosféricos, y los VHS vivían su pequeño reinado antes de la debacle. “Todo es una mierda” utiliza el contexto para contar una historia que se presenta como conservadora, pero que poco a poco va desplegando unas armas que huelen al año en el que ha sido estrenada.

Nos trasladamos al instituto de la ciudad de Boring, Oregón, durante la graduación del año 1996. Luke O’Neil (Jahi Di’Allo Winston) y sus amigos McQuaid (Rio Mangini) y Tyler (Quinn Leabling) son el clásico grupo de freaks que verán sus vidas cambiadas cuando Kate Messner (Peyton Kennedy), la hija del director, entre en sus vidas. Luke se enamorará de ella, y esta deberá lidiar con el hecho de ser lesbiana en una época en la que la homosexualidad era un importante tema de tabú. Por cuestiones del azar todos terminarán participando junto al grupo de teatro, en la producción de una película que les llevará a limar asperezas, afrontar los problemas de la adolescencia, y descubrir sus propias sexualidades en un contexto de bulliying normalizado.

“Todo es una mierda” se baña de la estética noventera para presentar una comedia ligera que no pretende más que entretener sin grandes pretensiones. Siguiendo la senda que ya marcaron grandes series como “Dawson’s Creek”, “Beverly Hills, 90210”, o la atemporal “Lizzie McGuire” Netflix recupera el toque familiar de la formula ‘para todos los públicos’ con un lenguaje sencillo que apunta directamente a los sentimientos del espectador. Entre tanto sentimiento de seguridad la serie va introduciendo sin embargo temas sociales de calado que dotan de matices más profundos a una presentación engañosa.

Porque para qué nos vamos a engañar, aunque muchos crecimos viendo esas series en las que el típico chico tonto de la clase iba madurando y terminaba comprendiendo el valor de la amistad y del amor. No obstante, en esas historias no había cabida para otros asuntos más importantes como el acoso escolar, el estigma hacia la homosexualidad, y la educación de los niños en familias monoparentales. De todo eso nos habla la clase del instituto de Boring. Y lo hace con un lenguaje directo, que no se anda con rodeos, y que trata los problemas desde una óptica pragmática y reflexiva. Si bien es cierto que “Todo es una mierda” no plantea un producto tan agresivo y transgresor como “Por 13 razones”, las cuestiones que fundamentan a ambas series son próximas.

Mientras todo esto va pasando por pantalla, los creadores te agarran el corazón con decenas de referencias a  la década de los 90, y lo hace de una manera sugestiva y muy bien llevada. La música de Oasis o Spin Doctors se van entremezclando con apariciones recurrentes de cintas VHS, Tamagochis, “Pulp Fiction” o “Breavheart”. Jones y Mohart saben cómo emplear todos estos elementos para generar un efecto de inmersión muy destacable. Todo está en su sitio, hasta el más mínimo detalle se ha cuidado para que nada desentone. En ese sentido las localizaciones no caen en el problema clásico de la comedia, limitándose a revivir una y otra vez los mismos escenarios, sino que se muestra valiente saliendo a exteriores, y viajando de las casas de los protagonistas al propio instituto.

Los clichés existen, y fundamentan la base principal de la serie, pero están utlizados de manera autocrítica. El protagonista sí es el chico de corazón puro que se enamora, y sus amigos también son el típico gafotas científico, y el gracioso sin gracia. E incluso tenemos al chulo de la clase y la chica guapa que mira a los demás por encima del hombro. Las piezas del puzle resultan previsibles e incluso insultantes, sino fuera porque van encajando de maneras inesperadas. Donde en una serie de este tipo el chico estúpido nunca evolucionaría hacia otra cosa, aquí cambia, muta y se va entrelazando con las diferentes historias.




“Todo es una mierda” no es perfecta, tiene signos de querer contentar recurrentemente llegando incluso a la incomodidad en ciertas ocasiones. Sin embargo, lo que ofrece es una historia que entretiene, y que demuestra cómo problemas como el bullying pueden servir como leit motive de una historia blanda, sin perder el enfoque crítico. No, Netflix no ganará ningún premio con esta serie, ni logrará colocarla entre los grandes estrenos del año, pero sí apunta directamente a quedarse con su público mayoritario. Porque la nostalgia sigue vendiendo, pero cuando el producto es interesante, el placer culpable no lo es tanto.


Contenido relacionado