Hace apenas unas semanas que salían a la luz los resultados de la encuesta anual realizada por la Asociación Internacional de Desarrolladores de Videojuegos, en la cual se destacaba un gran problema de diversidad dentro de la industria. Según se hacía público, la gran mayoría de desarrolladores son de raza blanca (71%) y el 86% son heterosexuales, estando la mayor parte de ellos casados o en relaciones sin hijos. Otro de los datos alarmantes que se hacían públicos es el hecho de que del total de desarrolladores, los hombres supongan un abrumador 79%.
Desde el otro lado del muro, siendo consumidores, no es difícil pensar que esto realmente no nos afecta y que, tal y como me comentaba alguien, “¿a quién narices le importa, mientras hagan un buen trabajo y nos lo pasemos bien jugando los las creaciones de los desarrolladores?”. Y lo cierto es que sí, a mí me importa, y a muchos debería hacerlo, no solo porque se trate de una situación injusta sino porque, incluso siendo tremendamente egoístas y pensando solo en nosotros mismos, esto afecta a la calidad de los videojuegos.
Los propios desarrolladores de videojuegos son los primeros que se han preocupado por esta situación y, como comentábamos hace semanas, alrededor del 20% considera este aspecto uno de los que debería llevarse más esfuerzos para tratar de equiparar la situación. Algunos estudios como Coffee Stain ya han propuesto sus propias iniciativas para echar un cable a estudios independientes que aboguen por la igualdad de género. Pero parece que esto no ha calado en los jugadores, que se mantienen en muchos casos ajenos a este tipo de problemas dentro de los estudios que crean los videojuegos que disfrutan. Y no voy a echar balones fuera, la culpa es de todos, de los que no vemos más allá de la pantalla y olvidamos que, tras las líneas de código hay un enorme equipo humano por el que tenemos que velar. Al fin y al cabo, esto es una industria, y las luchas aquí son las mismas que en cualquier otra.
Y, como os comentaba más arriba, es comprensible que muchos no veamos más allá de la pantalla y que, mientras nos lleguen esos juegos que tanto nos gustan, nos olvidemos de todo. Pero lo creáis o no todo esto tiene una repercusión importante en los títulos que disfrutamos, en su calidad y, sobre todo, en su variedad. Dadme una oportunidad y dejadme que os explique mi postura, la cual está abierta a cualquier tipo de discusión razonada, por supuesto.
Antes de nada, hemos de entender que el concepto de ideología que manejaré de aquí en adelante será el acuñado por Karl Marx y que se podría definir como el sistema de representaciones del mundo que utiliza la clase dominante para legitimar su posición privilegiada frente a las clases oprimidas. Esta definición es demasiado simple para el concepto, lo sé, pero no es ese el tema y, si queréis profundizar en ello, podéis echar un vistazo al documental Guía Perversa de la Ideología, dirigido por Sophie Fiennes y protagonizado por el psicoanalista y filósofo Slavoj Žižek. Pero, volviendo al tema que nos ocupa, ¿cómo afecta todo esto al videojuego?
Tal y como explicaba hace unos años mi compañero Alberto Venegas en Akihabara Blues, la ideología se ha metido hasta el fondo en la industria del videojuego. En la inmensa mayoría de videojuegos nos encontramos con el mismo discurso en el que la clase media-alta y el neoliberalismo promulgado por Estados Unidos son la voz del bien, mientras que el resto de posiciones quedan relegadas al papel de villanos o, con suerte, la del personaje con comportamientos completamente erróneos.
Pero de esto ya hay quien ha hablado y yo me quiero centrar precisamente en cuál es la raíz de este problema. ¿De dónde nace en esta industria esta ideología? ¿De una élite malvada que domina el mundo y emite propaganda de forma disimulada en cualquier elemento? Pudiera ser, pero vamos a apostar a que no. El problema que subyace es, esencialmente, el de la diversidad que comentaba al comienzo del artículo. La gran mayoría de desarrolladores caen dentro del grupo social que perpetúa el discurso neoliberal estadounidense, haciendo que la versión de los videojuegos esté totalmente sesgada por su ideología y las historias que nos llegan sean constantemente las de un solo punto de vista.
¿Y qué demonios me importa a mí que el desarrollador sea blanco, negro, asiático, homosexual, bisexual o heterosexual? Pues lo cierto es que, aunque a priori el juego que desarrollen pueda ser el mismo, si más del 70% de desarroladores son varones heterosexuales de raza blanca, raramente nos vamos a salir del discurso ya establecido. Cada uno hace el juego que le gustaría ver y eso hace que, al final, el producto sea en parte un reflejo de sus creadores. Es por ello que, si queremos nuevas historias, nuevos puntos de vista y obras que tengan una diversidad mayor en el discurso, debemos luchar por la diversidad.
Por suerte, la joven industria del videojuego se ha dado cuenta de este aspecto y es un tema que, como indicaba la encuesta de la Asociación Internacional de Desarrolladores de Videojuegos, preocupa a muchos creativos. Hay estudios que ya han trabajado y están trabajando en dar versiones diferentes como Spec Ops: The Line, que ofrece una versión diferente de la clásica historia de terroristas malos y soldados estadounidenses buenos; o el reciente The Red Strings Club, del cual hablaba largo y tendido mi compañero Juanma García, y que se aventura en terrenos críticos con la empresa, e incluso construye a un personaje transexual con conocimiento del tema (sí, una de las chicas tras el proyecto es transexual a pesar de toda la polémica).
En resumen, aunque el panorama no es tan oscuro como en el cine, si de verdad queremos juegos nuevos, shooters de la Segunda Guerra Mundial en los que el Ejército Rojo irrumpa en Berlín, un BioShock en el que el obrero revolucionario y antisistema sea el protagonista y no el villano, o una protagonista que sea el reflejo de auténticas mujeres, debemos abogar por esta diversidad. O, en caso contrario, estaremos avocados a quedarnos por los siglos de los siglos siendo soldados americanos bombardeando países en nombre de la democracia. Por supuesto, esta es la visión más asquerosamente egoísta, y el mero hecho de que una industria que amamos como la de los videojuegos goce de una auténtica igualdad, debería ser suficiente para unirnos a esta lucha.
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