Crítica de Maquia, una historia de amor inmortal: La derrota de la soledad

Mari Okada debuta en la dirección con una película tan delicada como cruel

Crítica de Maquia, una historia de amor inmortal: La derrota de la soledad
 

El amor es la entelequia por la que vivimos, y también por la que sufrimos, un sentimiento que nos lleva a la felicidad, pero también a la tristeza. Recoger todas estas emociones y sentimientos en una película suele antojarse complicado, pero hay una directora que viene haciéndolo desde que escribió su primer guion. Mari Okada es una de las cineastas más prolíficas de Japón no por su habilidad a la hora de crear historias, sino por la pasión y el drama que desprende su trabajo. Tras marcar un antes y un después con “AnoHana”, y sembrar su toque de delicadeza con otras series y películas (“Toradora”, “El himno del corazón”), por fin encaraba su primer proyecto como directora. “Maquia, una historia de amor inmortal” nacía como una creación propia e íntima de una artista ansiosa por demostrar al mundo de lo que era capaz, un canto a la vida que grita a viva voz.

Aunque la filmografía de Okada tiene como común denominador el amor, los personajes de sus obras son siempre los que terminan dándole una u otra forma. Existen tantas maneras de querer como caras tiene el corazón, y la cineasta lo interpreta dejando que el libre albedrío juzgue a placer. Si un personaje ha de ser feliz, lo será, pero no porque la historia lo demande, sino porque las circunstancias vitales así lo determinan. Este laissez faire a veces injusto, y siempre natural, muta en una fuerza arremetedora con su último trabajo. “Maquia” es un viaje cruel, que recompensa poco, y que cuando brilla lo hace con la fuerza inusitada de quien se haya aplastado por la vida. En ese combate de vencidos sus héroes luchan por salir a flote prometiendo una esperanza que nunca termina de llegar.

En un mundo medieval donde princesas esperan en altas torres de castillos, y los dragones surcan los cielos, los Iorph crean con sus manos Hibiol, la tela del mundo; los hilos verticales son los días que pasan, los horizontales, las vidas de la humanidad. Esta última, deseosa por escapar del inevitable destino, invade el mundo de los Iorph en busca de la inmortalidad, pero al poner el pie en esa tierra mitológica rompe el equilibrio del universo. Maquia, una joven perteneciente al Clan de los Separados, se ve forzada a huir de su hogar y a vagar sola por el mundo, hasta que la vida le da un papel; convertirse en la madre que nunca tuvo, para curar con amor su soledad y la de todos aquellos que la rodean.

“Maquia” aborda diversos temas durante las casi dos horas que dura, pero siempre mantiene como foco narrativo la soledad. ¿Cómo se cura un sentimiento tan azaroso y cruel? Okada explora durante el primer tercio de la película este pesar utilizando a la joven protagonista como un prisma. Maquia es protagonista y también narradora, pero en realidad su única función es la de servir como espejo reflector. La soledad que siente por ser diferente a los demás, y por no tener madre, es solo una de las formas que que tiene este dolor para materializarse, pero según va avanzando la trama, la cineasta nos muestra ese sentimiento desde un punto de vista romántico, e incluso simbólico. La fuerza que arremete contra esa oscuridad, y que lucha por imprimir esperanza en las vidas de sus protagonistas es la familia.

Las miradas perdidas y las secuencias pausadas son los pilares formales de la película.

Si en “El himno del corazón” la guionista utilizaba la relación paterno-filial como origen de los dramas de la protagonista, en “Maquia” convierte este componente en el eje rotatorio de toda la historia. La maternidad, entendida como el amor de una madre hacia su hijo, es el tema recurrente de todo el filme, y también la única fuerza que se mantiene pura a pesar de la crueldad del mundo. Porque aunque este trabajo esté cubierto de una capa onírica y delicada de luz, la realidad es que es una oda al sufrimiento y a las injusticias de la vida. Okada juega con el espectador llevándolo de la mano hacia el fondo más oscuro del corazón, para poder sacarle partido a los pocos momentos de alegría y esperanza que contiene la historia. De esas variaciones tan drásticas de tono va tejiendo una brisa creciente de emociones que arremeten contra Maquia.

Esa chica pulcra de juventud eterna es el punto que sirve como contraluz al resto del elenco. Ni siquiera Ariel, su hijo adoptivo, es capaz de apegarse a su pureza tras superar la infancia. Maquia no es humana, y no está sujeta a las pulsiones del mundo terrenal, pero Ariel crece, y la necesidad de proteger a sus seres queridos termina por separarle de ella. La película insiste una y otra vez en el papel de invitados que tienen los Ioprh. A pesar de estar atada físicamente a ese mundo por la carne, la inmortalidad de Maquia la convierte en una mera espectadora.

La vida va pasando ante sus ojos mientras ella permanece, siempre sola, siempre sufriendo ante la incapacidad de llevar las riendas de un destino determinado por nacimiento. Okada es cruel con ella, no la deja ni un resquicio para respirar, al tiempo que va arrebatando todo lo que tiene; su felicidad como madre, sus compañeros, su futuro. Y esto solo lo logra gracias a una dirección imperiosa, y a algunas de las escenas más dramáticas que ha visto la animación en la última década.

Okada sabe sacar siempre el máximo partido a los escenarios con una iluminación intensa pero delicada.

La animación suele ser el último sitio donde uno espera ver una película con personalidad autoral, pero si por algo es conocida esta directora, es por dejar grabado a fuego su sello en todo lo que toca. En “Maquia” no es distinto. Okada hace un trabajo excepcional a distancias cortas, donde exprime con los rostros el drama interno de sus personajes. Se mueve como pez en el agua en exteriores, y sabe cuándo y cómo utilizar los movimientos de cámara para amplificar los sentimientos de determinadas escenas. En ese sentido no se muestra conservadora, y siempre presume de arrojo cuando debe hacerlo, convirtiendo pasaje rutinarios en una ricas y variadas exposiciones de emociones. Y es que a diferencia de la gran mayoría de películas en las que uno es advertido como preparación para determinados clímax, en “Maquia” el melodrama está escondido detrás de cada esquina de la forma más sutil y natural.

Toda esta carga temática viene acompañada por un nivel de producción absolutamente demoledor. Akihiko Yoshida traslada el derroche de imaginación que ya demostró en Final Fantasy y Grand Blue, con unos diseños de personajes que a pesar de tender hacia lo moe –caras redondeadas y ojos brillantes- muestran una variedad increíble. Tras ellos, el trabajo de P.A. Works en los fondos es de lo más brillante que se ha visto en todo el año. La fantasía que transmiten esos descomunales paisajes, inalcanzables para la mano humana, traspasan la historia e inciden en esa soledad de unos personajes aplastados por un mundo inefable. Este estudio ya había demostrado en el pasado tener una gran habilidad a la hora de reflejar el poder de la naturaleza, pero aquí sorprende por saber manejarse tan bien con entornos más fantásticos y mitológicos.

Los planos generales acompañan a los momentos más dramáticos con una fuerza descomunal.

¿Y qué hay del gran mal actual de la animación? “Maquia” tampoco logra salir indemne del CGI, aunque su presencia en el metraje es anecdótico. Solo interfiere ligeramente en la inmersión con determinados movimientos de cámara de 360 grados, y con la recreación de los Renato –los dragones blancos-. El uso de la computarización en general está bien implementado en el arte, y en términos globales solo suman al conjunto final. Algo parecido a lo que sucede con la banda sonora; un repertorio de temas tan delicados como la trama de la película, ausente de grandes fanfarrias, pero crucial en las escenas más dramáticas. El trabajo de Kenji Kawai arropa la historia sin robar protagonismo a la historia, y está tan bien medido como el ritmo general de toda la producción.

“Maquia” es sin duda alguna una de las películas más emotivas que ha dado la animación japonesa en toda su historia. El debut de Mari Okada se salda con un trabajo sobresaliente que no solo no flaquea en ningún aspecto, sino que consigue elevar aún más las fortalezas de la cineasta. Hasta ahora siempre se la había comparado con Naoko Yamada como figura femenina en una industria fundamentalmente masculina, o incluso con Mamoru Hosoda por el tratamiento que hacía en sus trabajos del amor y la familia. Con este último film la recién estrenada directora echa a volar sola dejando atrás cualquier referencia, con una bella y melancólica historia sobre el mito y la realidad, la muerte y lo que significa vivir, y las contradicciones inherentes a la maternidad.


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