Crítica de Kaguya-sama: Love is War, Death Note enamorado

A-1 Pictures se sumerge en el thriller psicológico con éxito

 

Comparar un anime psicológico con “Death Note” siempre será una concesión, pero no cuando hablamos de “Kaguya-sama: Love is War”, una serie que se vale de todos los tropos posibles para elevar el romance a un nuevo nivel. La obra de Aka Akasaka, que lleva triunfando en Japón desde el pasado 2015, es un ejercicio interesante de deconstrucción que busca los extremos persiguiendo el humor absurdo. Un concepto ya de por sí interesante para cualquier estudio, pero que cobra una nueva dimensión bajo el sello de A-1 Pictures.

No es la primera vez que una serie se transforma por completo al saltar de la promoción a la emisión. En el caso de esta particular comedia, lo que en un principio parecía una trama apastelada de amor entre adolescentes, resulta ser un interesante compendio de gags.  Y es que aunque el género en el que se mueve lleva ya bastantes años saturado, el estudio logra no solo sintetizarse con el espíritu del manga, sino que además encuentra un espacio personal de creatividad. “Kaguya-Sama: Love is War” nada entre tropos y no se avergüenza de ello porque le dan absolutamente igual las apariencias. Algo que se entiende desde el prisma de una premisa que invita a la irreverencia.

El punto fuerte del anime es la comedia de situación, y para alcanzarla no necesita una historia realmente complicada. Miyuki Shirogane y Kaguya Shinomiya son dos de los estudiantes más brillantes de la academia Shuchiin. Ambos forman parte del consejo escolar, y ambos son la envidia del resto de alumnos.  Sin embargo, lo que por fuera aparenta ser un dúo perfectamente sincronizado, es en realidad una tormenta aterradora. El exceso de orgullo no es una virtud que nadie quiera, y a los dos les sobra.

Son obstinados, egoístas, y muy egocéntricos, pero el destino les juega una mala pasada, haciendo florecer entre ellos el único sentimiento que podría causar una catástrofe. Con el paso del tiempo Miyuki y Kaguya se enamoran el uno del otro. Lo que en cualquier otro anime del género se convertiría en una trama escolar sembrada de indirectas, aquí se traduce en una guerra psicológica; ninguno quiere confesarse. Arrodillarse significa perder la dignidad. ¿Cuál es la solución? Librar una batalla para forzar la declaración del adversario.

Kaguya-sama: Love is War
Los gags están apoyados por un despliegue visual fresco y sorprendente.

La comedia en el anime suele siempre partir de una historia clásica de avance lineal, en la que el director de turno introduce situaciones propicias para el humor. En este caso Shinichi Omata se deshace de todo lo innecesario para quedarse únicamente con la parte interesante. ¿Dónde se apoya para enganchar las risas? El director criado en Shaft deshecha la narrativa tradicional para apostar por una sucesión de gags al más puro estilo “Nichijou” o incluso “Bobobo”. Aquí la comedia no nace de un elemento externo introducido de forma intencional, sino de los propios protagonistas. Y es en ese punto donde el director de “Shouwa Genroku Rakugo Shinjuu” no puede evitar las comparaciones con la joya de Tsugumi Ouba.

El pilar sobre el que se sustenta “Kaguya-sama: Love is War” es el juego mental que libran los dos enamorados. Al igual que ya sucedía en “No Game No Life”, Omata lo apuesta todo al ingenio. A saberse superior al espectador, e intentar sorprenderlo con giros inesperados, y cadenas de deducción infinitas. El aceite del mecanismo es un ritmo rápido que apenas deja tiempo para pensar, y que convierte cada conversación en un torrente fugaz de líneas de diálogo complicadas de seguir. No se llega al nivel de “Tatami Galaxi”, pero la serie logra transmitir la audacia y premura que tienen Miyuki y Kaguya por avasallarse mutuamente.

Kaguya-sama: Love is War
Chika sirve de alivio no cómico y transición entre gags

El año pasado “Karakai Jōzu no Takagi-san” ya planteó un escenario similiar, al codificar el lenguaje del género para subvertirlo y utilizarlo en su propio contexto. La relación de Takagi y Nishikata también está sustentada en la violencia psicológica, pero en ese caso Shin-Ei Animation buscaba ráfagas cortas de humor. Omata en cambio se arriesga intentando encadenar procesos lógicos largos para conseguir un efecto más intenso. Una risa más fuerte, pero también inteligente. Y es que esta no es una comedia de consumo rápido, como sí lo puede ser “Gintama”, es una serie que exige cierto esfuerzo intelectual para ser disfrutada. A-1 Pictures es consciente, y por eso hace del viaje un paseo más llevadero retorciendo todo lo posible el aspecto visual.

La guerra psicológica de los sketches invita a abandonar el realismo más convencional para intentar crear cuanta más simbología posible. Esto se siente desde el primer episodio. Un piloto del que se esperaría una presentación clásica de los personajes, pero que tras apenas 5 minutos de cortesía, se lanza por completo a la locura. Omata se desata dejando fluir un torrente genuino de creatividad. No es casualidad que las comparaciones inviten a pensar en Shaft y algunos de sus trabajos más destacados. Y es que el director se imbuye del espíritu de Akiyuki Shinbo, y saca a pasear su estilo más personal; una colección de minimalismo neoclásico que apuesta por la composición cromática en bloques y la simetría.

Kaguya-sama: Love is War
A-1 Pictures no tiene reparo a la hora de probar todo tipo de estilos visuales.

Al tiempo que Kaguya y Miyuki disertan mentalmente intentando predecir los movimientos del otro, Omata vuelca una imaginería sorprendente que es capaz de sustentar toda la serie por sí sola. Un apartado visual que eleva cada broma a un nuevo nivel, y que no requiere demasiada animación por parte del estudio. La composición hace todo el trabajo, mientras la cámara va moviéndose a toda velocidad, y un narrador extradiegético conduce las escenas a buen puerto. El caos es palpable, y la abstracción llega en ciertos momentos a confundir. La dirección sin embargo es férrea, y los gags nunca quedan abiertos. Ahora bien, el humor siempre es un arma de doble filo, todo lo que te da te lo puede quitar en un segundo, y la serie no logra ser constante.

En su primer episodio no siempre consigue hacer reír, quizás reservándose los mejores gags para más adelante. No obstante, se hace difícil imaginar un futuro para este anime. Es complicado proyectar una producción de 12 episodios con tan solo su piloto, pero el esquema episódico basado en sketches no invita a pensar en un éxito asegurado. Omata tiene ahora por delante una quimera difícil de resolver, y quizás se vea forzado a reorientar narrativamente su estrategia. Hasta entonces, “Kaguya-sama: Love is War” seguirá siendo la niña bonita de “Death Note”. Todo bien.


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