Crítica de The Old Man and the Gun: Magno adiós

Crítica de The Old Man and the Gun: Magno adiós
 

Ha robado bancos, corazones, y miradas durante décadas. Un historial imposible de replicar que ahora necesitaba de un cierre a la altura. Robert Redford son dos palabras que resuenan con fuerza en la mente de varias generaciones. El actor que vivió la edad dorada y el declive del western, que acunó a alguna de las estrellas más grandes de la industria durante sus inicios, y que redefinió el concepto de caballero bogartiano, se despide destilando un cóctel de experiencia y presencia con sabor añejo. “The Old man and the Gun” es Redford en cuerpo y alma, un adiós para una estrella inolvidable, pero un comienzo para un director políglota.

Tras probar suerte con la onírica y trascendental “A Ghost Story”, David Lowery se lanza al vacío con una patata caliente. Aunque con “En un lugar sin ley” demostró un manejo soberbio del drama y las emociones de sus personajes, el director no quiso apegarse a un único lenguaje durante sus años posteriores.  “Peter y el dragón” fue su paso –más o menos acertado- por el cine más comercial, y “Until We Could” una mirada nostálgica a sus raíces. Con “The Old Man and the Gun” cambia por completo de registro, y se sumerge en el Estados Unidos más salvaje de la mano de un perro sabio que ladra solo cuando es necesario; siempre afinando la nota.

Lowery rebusca y encuentra la única historia que podía encajar para Redorfd en un contexto tan especial. Inspirada en un artículo periodístico publicado a principios de los 2000, la película narra la historia real de Forrest Tucker, un perspicaz e inteligente ladrón de bancos que durante más de tres décadas estuvo despistando a la policía y escapando con facilidad de la cárcel. David Grann recuperó esa historia en una novela de espíritu true crime, que Lowery rescata en espíritu para amoldarla a un pastiche de referencias autoconsciente. Todo está construido por y para Redford, para su lucimiento y fuerza interpretativa. Las escenas, los diálogos, e incluso la fotografía responden a la necesidad de encumbrar al actor y sacar todas sus fortalezas delante de la cámara.

Al vino añejo de Lowery se le une el amargor de Casey Affleck, un viejo conocido del director –tercera vez que se encuentran- que aquí hace de cazador. Affleck interpreta a John Hunt, el detective de policía responsable de atrapar a Tucker. Un hombre que se define por los valores de la masculinidad americana moderna; un caballero valiente, honesto, y buena persona que evolucionó del héroe rudo propio del western. Redford por el contrario es la representación de un pasado que antaño brilló, pero que ahora no tiene cabida en una sociedad moderna y civilizada. Y sin embargo ambos se comprenden y respetan.

The Old Man and the Gun

El espíritu visual de Roy Hill se va entrelazando con un Redford que recupera de manera natural trazos de sus papeles en películas como “El Golpe” o “La jauría humana”. El ritmo pausado, y la fotografía crepuscular de Joe Anderson recrean un lienzo en el que Lowery pinta con elegancia una historia clásica de persecuciones. “The Old Man and the Gun” no arriesga, ni pretende deconstruir el género, pero todo lo que se propone lo consigue jugando sus cartas de forma inteligente. Con una dependencia bien medida de unas estrellas en su mejor punto de fermentación.

Una Sissy Spacek contenida da vida con soltura a Jewel, la única mujer que entendió a Truker en toda su vida. A pesar de pertenecer a ese nuevo espíritu americano, Jewel simpatiza y comprende. Trasciende el engaño sexual de los primeros encuentros, y se apega a un hombre que representa sus pulsiones más salvajes. Lowery cocina con calma y buen hacer la relación, pero se queda sin espacio por la fuerza de Redford, y por el peso monolítico de la trama principal. Y aún con ello el papel de Spacek aporta el componente emocional que dota de profundidad y dimensión al ladrón. Son dos titanes como Danny Glover y Tom Waits los que con su veteranía ponen el picante al mejunje.

“The Old Man and the Gun” es la historia de un forajido que se niega a desaparecer. Un Robin Hood de otra época que deja un rastro imborrable en la vida de todos los que se cruzan con él.  Una definición que responde no solo al famoso ladrón, sino también a una leyenda del cine que jamás será olvidada. Ya sea por la actitud de Affleck, por la presencia aterciopelada de Spacek, o por la sonrisa de Redford, esta película supone el canto a un ayer encapsulado en la memoria colectiva. Un pasado que la estrella ha convertido en presente y futuro.