Crítica de Creed II: Victoria sin triunfo

Sin Coogler la saga sigue funcionando con el piloto automático puesto

Crítica de Creed II: Victoria sin triunfo
 

A la mesa llega tres años después el mismo plato cocinado por otro chef, y una presentación algo menos original. Ryan Coogler se apoyó en los brazos de Rocky Balboa para despegar y no mirar atrás. El director ya se codea con los superhéroes de Marvel, pero tras de sí dejó una saga rejuvenecida que seguía pidiendo carne fresca para avanzar. “Creed II” es hija de su antecesora; una bestia descontrolada que se asienta en los tropos del género para sacar brillo a sus puntos fuertes. Lo hace con una lectura en la que Sylvester Stallone es más protagonista espiritual que nunca.

No se le puede achacar nada a Steven Caple Jr., un director que toma las riendas de una franquicia en aras de renacer, pero que adolece de fórmulas desgastadas. El responsable de “The Land” opta por entrar en la casa sin tocar nada. Prefiere hacer hincapié en la dimensión emocional del boxeo cogiendo impulso en su habilidad para convertir el sueño americano en gasolina de sus películas. Y es que, aunque Adonis tocó techo en la entrega pasada, los seres humanos somos animales inconformistas por naturaleza. El luchador ahora inicia el camino hacia sus sueños desde lo más alto con no poco vértigo.

La ambición del que no tiene nada y lo quiere todo ahora queda relegada a un segundo plano, y la presión del campeón pasa a ser el sustento narrativo de la secuela. Warner Bros. fija el resto de elementos a fuego para intentar mantener una cohesión sólida que pueda asegurar el éxito en taquilla. “Creed II” es consecuencia de un director que lucha poco por imprimir su sello a la fórmula de estudio, y de una premisa que de forma inevitable invita a ser condescendiente para con los fans de la saga. ¿Irregularidad? Sí, pero con grandes dosis de acción.

Vuelve el conflicto y dolor interno, las relaciones paterno-filiares, y la moralina inspiradora. Caple recoge el testigo de Coogler y le añade un plus melodrámatico que empuja a la acción a un tercer acto vitaminado, en pos de un cóctel plomizo de conflictos familiares y amorosos. Adonis Creed (Michael B. Jordan) es el campeón del mundo, pero su vida no deja de complicarse. El sabor del éxito pronto se convierte en una carga cuando aparezca en su camino Víktor Drago (Florian Munteanu).  El hijo del famoso Ivan Drago (Dolph Lundgren) –quien regresa 33 años después a la saga- le reta a un combate en el que se decidirá el nuevo merecedor del título. La premisa vuelve a ser una vez más la misma, aunque la pista de despegue ahora es mucho más prolongada.

Creed II
La sombra de la saga original es más prolongada que nunca con un duelo que sabe a nostalgia

Adonis no solo se tiene que enfrentar a sus miedos en lo profesional. Los fantasmas de la muerte de su padre se vuelven a interponer en su camino más fuerte que nunca con el responsable de su dolor como principal instigador. Y al mismo tiempo su novia Bianca (Tessa Thompson) se posiciona como una pala que le empuja a formar una nueva familia. Esa dicotomía entre pasado y futuro le ponen ante el reto más complicado de su vida; seguir adelante sin resolver sus pesadillas, o arriesgarlo todo para hacer al fin justicia y poder ser feliz tras años de autocomplacencia.

La decisión no es sencilla, y Caple tampoco se muestra dispuesto a resolverla de forma rápida. “Creed II” atrae a sus espectadores vendiendo épica y acción. Vendiendo la fanfarria de Bill Conti, y el ascenso por las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia. Pero lo que nos encontramos en realidad es un drama sin profundidad que no termina de cuajar con la esencia clásica de la franquicia. Un chicle estirado cuyas únicas señas reconocibles solo se perciben en su tercer acto. Por el camino el director regala un dilema moral previsible, y unas situaciones raspadas por clichés. El conflicto de Adonis ya quedaba bien dibujado en la primera entrega, pero Caple quería más.

Creed II
Stallone sigue al pie del cañón como apoyo moral de Adonis

Quería introducir en la historia todos aquellos elementos que se quedaron en segundo plano por falta de tiempo en la primera película. Al final se termina pasando de frenada. Sí, consigue aportar más dimensión al protagonista, pero todo ese trabajo narrativo se demuestra fútil cuando el verdadero propósito de la secuela sube al ring de combate. Ni siquiera Stallone, quien aquí debía recibir un homenaje de despedida, logra brillar alejado de los guantes de boxeo. Caple demuestra un respeto límpido por la estrella, que si bien puede ser visto como positivo para los fans más pulcros de la saga, le termina cortando las alas creativas.

Si Rocky ha estado en funcionamiento durante más de cuatro décadas no es precisamente por su capacidad para innovar. Lo que funcionó en 1976 sigue funcionando igual de bien en 2019. La ejecución técnica de los combates ha dado un salto de calidad notable respecto a la primera entrega de la nueva etapa, permitiendo virguerías de un gran alcance emocional. Los golpes se sienten más cerca de la pantalla que nunca, haciendo propio el dolor de Adonis. Lo que Capler no consigue con su introspección dramática del personaje, sí lo logra con la tensión mental de los luchadores. Cada combate es un debate psicológico que trasciende el ring, y no un simple intercambio de crochets.

Creed II
El pasado no solo atormenta a Adonis

Podía haber llegado mucho más lejos, pero lo que consigue es más de lo que muchos pedían. “Creed II” es un producto irregular que se ve lastrado por un comienzo torpe, pero que termina volando tan alto como siempre lo ha hecho la saga. Puede que el potencial desbocado de un Michael B. Jordan en estado de gracia quede desdibujado entre tantas fricciones internas, pero Capler logra volver a subir el listón de la saga por séptima vez.  Sylvester Stallone se despide con uno de los duelos más emocionantes de las últimas décadas, y cuelga los guantes entre grandes dosis de tensión y bombástica. El combate continuará sin él.