Crítica de El blues de Beale Street: Amor en silencio

Estética por encima de esencia

Crítica de El blues de Beale Street: Amor en silencio
 

Dicen que el cine es poesía en movimiento, y Barry Jenkins quiere ser su narrador. El director de la aclamada “Moonlight” lleva más de quince años plasmando su particular visión del Séptimo Arte en obras intimistas. Obras que apelan a la estética por encima de las costuras del guion. Los personajes, las miradas, el ambiente de las escenas, todo en el cine de Jenkins evoca la opresión creciente de las emociones. En “El blues de Beale Street” recupera el componente romántico de sus primeros trabajos, y lo funde con la crítica áspera y dolorosa que James Baldwin imprimió en la novela de 1974.

Interesado siempre en retratar el lado más duro de su país, Jenkins se baña en el espíritu combativo de la comunidad afroamericana de los años 70. Pero lo hace no desde el compromiso social, sino desde un afán artístico-plástico. La crítica hacia discriminación racial de la época es la base sobre la que el director expone con delicadeza una historia de amor intimista. Un cuadro en movimiento que antepone siempre la psicología a las palabras, haciendo de cada silencio un torbellino de sentimientos. Esa sobrecarga simbólica y visual reverbera, pero solo en aquellos dispuestos a sintonizarla.

“El blues de Beale Street” no es una historia de digestión ligera.  Requiere un esfuerzo por parte del espectador, como si Jenkins expusiera un cuadro repleto de elementos ocultos, solo a la vista de los más perspicaces. La exposición inicial de la historia es calmada y transparente, pero poco a poco las pulsiones más íntimas de los protagonistas fluyen por la pantalla tejiendo un mar de sentimientos que si bien es acogedor, termina por asfixiar. Jenkins parafrasea visualmente a Wong Kar-wai recurriendo a su visión estilizada del mundo, y también cayendo en su misma condescendencia.

Hay una escena, en la que Fonny -interpretado por un debutante Stephan James– camina junto a Tish (KiKi Layne) con unos paraguas rojos por los callejones de Harlem. Para el espectador, que lleva más de una hora intentando descifrar miradas al infinito, y planos interminables, el momento puede evocar la pasión romántica de la pareja. Pero para Jenkins es el descenso al infierno de Dante de dos jóvenes aplastados por la tragedia y el purgatorio al que se han visto sometidos por su color de piel. Hay una disonancia permanente entre lo que el director quiere expresar, y lo que los espectadores pueden interpretar de esa ambigüedad.

El blues de Beale Street
La puesta en escena del director siempre es sobresaliente, pero pocas veces aporta algo a la trama

Layen y James soportan con firmeza -y unas actuaciones descomunales- las arremetidas de un Jenkins obnubilado, embebido en su propio credo. Súmmum de esta sensación es la secuencia onírica en la que el cineasta da vueltas fundiendo un plano tras otro alrededor de una de las esculturas inacabadas de Fonny. El valor plástico y visual de dicho momento puede venir condicionado por mochila personal del espectador, pero su carga simbólica se presenta demasiado cruda. ¿Puede verse ahí una alegoría al tiempo? Para Jenkins, convencido de la complejidad de su lenguaje sí, pero la película no está construida para hacerse entender.

El único resultado posible de la complicada construcción narrativa del director es el aburrimiento. El ritmo increíblemente lento, y los planos interminables se van sucediendo uno tras otro en una película que se prolonga durante dos horas de acertijos frustrantes. La premisa aparentemente sencilla, que promete un romance apasionado entre dos jóvenes perseguidos por el racismo, se convierte en la obra personal de un autor ensimismado en sus pretensiones artísticas. Jenkins simplifica hasta el absurdo los pocos diálogos de la cinta para intentar abrir el apetito a una comida imposible de digerir.

El blues de Beale Street
Regina King es la única que consigue escapar de la artificiosidad general del reparto, gracias a una interpretación que transpira angustia y dolor

Solo la banda sonora escapa de la condescendencia de Jenkins. Una composición delicada y cálida de Nicholas Britell, quien da un paso respecto a lo mostrado en “Moonlight” y transmite con claridad lo que el jeroglífico visual del director es incapaz de traducir. Una historia increíblemente sencilla que es codificada solo en pos del lucimiento personal. Sí, los movimientos de cámara son atrevidos, y la exposición de las escenas es delicada, casi poética. Pero el conjunto no es más que una obra egoísta creada no para el espectador, sino para las ambiciones de un cineasta demasiado consciente de lo que quiere ser. Como si la opresión del cine al que pretende imitar pudiera cocinarse siguiendo una receta.

“El blues de Beale Street” podría haber sido mucho más que un ejercicio artístico. El material de Baldwin ofrecía las bases necesarias para tejer una historia transparente y emocional. Una en la que los enamorados se dijeran ‘te quiero’ a la cara, en vez de mirarse a los ojos buscando una respuesta que ni los espectadores logran obtener. Jenkins intenta encarnar el espíritu trascendental que Haynes plasma en “Carol”, pero se enfanga demasiado en la forma olvidando el contenido. Las imágenes son poderosas, pero campan a sus anchas evocando mucho, y concretando poco. Beale Street habla, pero no para todos.