Crítica de The Handmaid’s Tale 3×05: Sacrificio y compasión

June convierte la revolución política de Gilead en una lucha personal

Crítica de The Handmaid’s Tale 3×05: Sacrificio y compasión
 

Una victoria para una es una victoria para todas“. June se va haciendo consciente de su posición en el régimen, mientras identifica las líneas que delimitan la guerra real que ha instaurado Miller. La tercera temporada de “The Handmaid’s Tale” ha sustituido el enfrentamiento entre democracia y dictadura con una lucha de sexos en la que el hombre es representado desde el estamento levantado en torno a Gilead, y la mujer -independientemente de su posición- queda sometida a las distintas formas de opresión del sistema. Esta premisa ha quemado los puentes hacia el clímax bélico prometido en el pasado, pero al mismo tiempo a abierto puertas desconocidas para el universo de Atwood.

Sí, la serie ha tomado una ruta alternativa relajando la tensión creciente que había generado la huida de Emily junto al hijo de June. Las tramas de conspiración y tráfico de influencias que situaban a la protagonista en el centro de una posible rebelión interna, han dejado paso a un drama mucho más personal e íntimo. A ese con el que la serie comenzó a andar en su primera temporada, y que permitió dibujar a uno de los personajes más complejos de la televisión. Pero June ya no es la misma mujer que quedó atrapada en el país, y ella misma lo sabe. La búsqueda de una nueva identidad se coloca como eje narrativo de unas supervivientes que intentan vivir el futuro sin mirar al pasado.

The Handmaid's Tale

La negación dio paso a la furia, y ahora las criadas parecen abrazar la resignación. Para algunas la resistencia silenciosa implica jugar al despotismo del sistema, y para otras conlleva la lucha interna entre la felicidad de una vida pasada, y la realidad ineludible. June cae en la segunda deriva. Busca lazos con su familia real, y se hace consciente de que solo hay un elemento que la conecte con ese mundo de felicidad y amor; Luke. Ninguna de sus hijas, ni tan siquiera sus amigos o la rutina que mantenía antes del desastre. Todos los recuerdos la conducen hacia su marido, pero no desde la nostalgia. Las nuevas vidas son incompatibles.

Miller opta esta semana por enfrentar esos dos mundos opuestos; el de Gilead y el del exterior. Lo hace en busca de matices y diferencias que permitan desatar el nudo interno de su protagonista. Y lo consigue. June analiza la situación, y vuelve a renunciar en pos de la felicidad de los demás. Entiende que no puede seguir retrasando a sus seres queridos, que deben continuar con sus propias vidas. De ahí nace un motto que terminará explotando tras una de las subtramas más farragosas y pesadas de toda la serie. Una que curiosamente nace una vez más del intento del showrunner por subvertir las expectativas.

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Fred y Serena dejan de jugar en el teatrillo montado por June, y se dan la vuelta para urdir un contraataque que desarma por completo las pretensiones climáticas de la temporada. No porque sus planes fallen, sino porque las semillas plantadas crecen en otra dirección; Fred busca reencontrarse con el amor de su todavía esposa, pero esta no consagra el chantaje imponiendo la voz de la mujer en los altos estamentos del gobierno. “¿No era esto lo que querías? ¿Que nuestra hija estuviera a salvo en Canadá?“. Su fuerte sentimiento de maternidad echa por tierra cualquier plan maquiavélico.

A Serena no le importa la felicidad de June, ni la de Fred, ni tan siquiera la del resto de compañeras sometidas en Gilead. Lo único que persigue es el bienestar de una criatura a la que ni siquiera puede llamar hija. El plan de reencuentro responde al mismo egoísmo que permitió el sometimiento de una criada bajo su mismo techo en pos de saciar sus deseos de maternidad. Por suerte para ella, se encuentra con una June autoconvencida del sacrificio que debe acometer para dejar avanzar a sus seres queridos. Una representa el amor compasivo y la otra el amor tóxico, y entre ellas un Miller más sádico que nunca va excavando con vehemencia en el melodrama que transpira la situación.

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El episodio se carga de una tensión contenida casi insoportable. Los planos se alargan hasta el infinito, y la música se mantiene en un vilo suspendido. “The Handmaid’s Tale” vuelve a rozar la excelencia técnica con una presentación formal que habla por sí misma. Elisabeth Moss se enfrenta a la cámara en unos minutos infinitos en los que se muestra impertérrita. Aceptar el trato de los Watherford la sumen en un charco de suciedad moral increíblemente pestilente, pero al mismo tiempo le permite dejar ir ese pasado con el que nunca volverá a compatibilizar.

“Me parece bien coger una pequeña faceta de alguien y aferrarse a ella”. El sentimiento maternal de Serena la mantiene cuerda. “Sobre todo si no te queda nada más“. Miller dibuja un presente doloroso, y un futuro completamente incierto. La opresión ha cambiado tanto a sus supervivientes, que el futuro ahora se presenta no como una búsqueda del pasado, sino como un porvenir completamente nuevo. Uno conectado por la misma condición de género que conecta a June y Serena por encima de las divisiones jerárquicas, y que conforma un lenguaje universal contra el que ni siquiera puede combatir un sistema ético tan fuerte como el de Gilead.

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El sistema responde con violencia a los intentos de rebelión, pero saca a pasear la hipocresía cuando se trata de cuidar las sensibilidades de sus mujeres. No de las criadas -convertidas en máquinas de reproducción asistida- ni de las Marthas -relegadas a un papel doméstico-, sino de las esposas de los Comandantes. Gilead cumple los deseos de Serena fraguando un encuentro casi imposible con su hija en Canadá. Miller rompe a conciencia la burbuja en la que se había movido durante las pasadas temporadas para confrontar dos realidades antagónicas y ajenas entre sí. ¿Cómo conectarlas? Exacto, con el mismo lenguaje universal que está desdibujando las fronteras entre el género femenino dentro de la dictadura; la maternidad.

“Solo quiero ver a mi hija. Esto no es una cuestión de género”. El escenario es tan gris como aséptico, pero el encuentro en el aeropuerto está cargado de rabia e indignación por las dos partes. Es ahí, donde la gente deja una vida atrás para encontrarse con su futuro, donde Serena y Luke se liberan de una dolorosa carga emocional; para uno la del recuerdo de su mujer, y para otra la de una hija que nunca llegó a ser suya por pleno derecho. El primer choque frontal es tan impactante como cabría esperar, pero la maternidad vuelve una vez más a servir como plataforma de entendimiento.

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Sabes lo que me digo a mí misma? Que ella fue un milagro y que yo la dejé marchar porque quería que tuviera una vida mejor, igual que tu mujer“. Serena juega la carta del chantaje emocional. “Si no puedes honrar mis deseos, honra los suyos“. La treta obviamente tiene efecto y Luke termina cediendo consciente de que está también cumpliendo el último deseo de June antes de su despedida definitiva. Un caramelo emotivo que Miller decide reservar para los últimos compases el episodio. Aunque no una forma tan dulce como cabría esperar.

Sí, June consigue hacerle llegar una cinta grabada con su propio mensaje, y sí Luke comprende todo el peso que ha estado soportando su mujer, pero la resignación no consigue traspasarse a todos los implicados en el secuestro de la niña. “Ya no soy la mujer que recuerdas“. June expone su infidelidad para buscar el rechazo intencionado de su esposo. “Sigue siendo una parte de mí, y estoy haciendo lo que necesito para sobrevivir. Y tu también deberías“. La conexión se rompe en un ejercicio de equidistancia emocional que deja flotando en el aire una promesa de futuro incierta. ¿Volveremos a vernos algún día?

Serena, quien tiene el brazo operativo del sistema bajo su poder sin embargo no quiere esperar. La traición termina fraguándose tras varios episodios de lo que parecía una reconversión natural y coherente hacia la rebeldía contra la opresión de género. Miller tira por tierra esta interesante evolución -igual que hiciera con las chispas de revolución-, devolviéndolo todo al punto de partida. ¿Y qué espera ahora? Un intento de extradición que o bien podría saldarse reiteración melodramática, o bien podría por fin empujar la piedra por la ladera. Y a “The Handmaid’s Tale” hace ya tiempo que le hace falta un salto de fe.

Ismael Moreno
Redactado por: Ismael Moreno
Escribo mucho y a veces bien. Lidero un equipo de patatas. Seguidor incondicional de Inio Asano. Otaku pero no mucho.