Cuando arrancas A Pizza Delivery y ves que tu trabajo es literalmente repartir pizzas por un mundo surrealista vacío, inmediatamente piensas en Death Stranding. No por casualidad - ambos juegos comparten esa filosofía de que el acto de entregar cosas puede ser profundo y significativo. Este proyecto indie viene de un pequeño estudio español de la mano de Eric Osuna y el equipo de Dolores Entertainmentque claramente tenía una visión ambiciosa, pero la diferencia es que Kojima tenía presupuesto de Sony y estos tíos tienen cuatro duros y buenas intenciones.
Controlas a Bee, una repartidora silenciosa que debe llevar pizzas por un mundo que parece sacado de un sueño raro. No es realista, es más bien ese espacio entre la vigilia y el sueño donde las cosas tienen sentido emocional pero no lógico. Cada entrega es una excusa para conocer a gente perdida en el tiempo, atrapada en sus memorias, incapaz de seguir adelante.
Al igual que en Death Stranding, aquí el viaje es el mensaje. No se trata de llegar rápido, se trata de observar, absorber el ambiente, conectar con extraños a través de un gesto simple. Kojima usaba el paquete como símbolo de conexión humana en un mundo post-apocalíptico. Aquí usan la pizza de la misma forma - compartir un trozo con alguien abre una ventana a su historia, sus arrepentimientos, sus esperanzas.
Pero donde Death Stranding te daba todo un arsenal de gadgets, mecánicas de balance, construcción de infraestructura y combate contra entidades fantasmales, aquí solo tienes un scooter cutre y puzles básicos. Y ahí está el problema principal del juego.
El concepto es sólido pero la ejecución técnica deja bastante que desear. El scooter, que es tu herramienta principal, se maneja fatal. La cámara va a su bola y no hay sensibilidad que la arregle. Los frames se caen constantemente sin razón aparente porque esto no es precisamente Cyberpunk 2077 gráficamente.
Es frustrante porque las ideas narrativas están ahí. Los temas de soledad, memoria, tiempo detenido... todo eso funciona a nivel conceptual. Pero cuando pasas más tiempo luchando contra los controles que absorbiendo la atmósfera, algo falla.
Los puzzles son simples hasta el aburrimiento - nada que te haga pensar realmente, solo pequeños obstáculos que rompen el ritmo más que añadir profundidad. No son malos, simplemente están ahí sin aportar mucho.
Conoces gente en tu ruta, cada uno con su rollo. El problema es que ninguno se te queda grabado. Hablas con ellos, compartes pizza, te cuentan su historia... y cinco minutos después ya no te acuerdas de quién era. Les falta esa chispa que hace que un personaje importe.
Compare esto con Death Stranding donde Fragile, Deadman, Die-Hardman... puede que fueran nombres ridículos pero tenían personalidad, desarrollo, peso narrativo. Aquí son encuentros fugaces que se evaporan de tu memoria.
Visualmente el juego tiene su encanto con esa estética surrealista, arquitecturas imposibles, espacios oníricos. Funciona para crear mood. El problema es que el mood por sí solo no sostiene un juego si la jugabilidad es floja y la historia no termina de cuajar.
Me recuerda a esos cortos artísticos que ves en festivales de cine indie - bonitos, bien intencionados, con algo que decir, pero que una vez terminan se desvanecen de tu cabeza porque les faltó ese algo extra que los hace memorables.
Si te gustó Death Stranding por su rollo contemplativo y filosófico más que por sus mecánicas, puede que encuentres valor aquí. Es una versión más pequeña, más íntima, más cruda de esa misma idea de que entregar cosas puede ser un acto poético.
Si buscas un juego que funcione bien técnicamente, pasa de largo. Los problemas de rendimiento y controles van a matarte la inmersión constantemente.
Si te van los walking simulators tipo What Remains of Edith Finch o Gone Home, esto va por ahí pero menos pulido. Tiene esa estructura de explorar espacios para descubrir historias, pero sin la calidad narrativa de esos títulos.
A Pizza Delivery quiere ser una meditación poética indie sobre la conexión humana a través del simple acto de repartir comida, igual que Death Stranding elevó la entrega de paquetes a arte. Desafortunadamente, los problemas técnicos y el gameplay superficial le impiden alcanzar esas alturas. La atmósfera y los temas están ahí, pero sin una ejecución sólida que los sostenga, se siente como un boceto conceptual interesante en lugar de un juego terminado. Es difícil de recomendar a menos que estés desesperado por experiencias contemplativas y dispuesto a pasar por alto fallos serios.
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