Un año después del lanzamiento de Uncharted 4: El desenlace del ladrón, apareció uno de los Uncharted más diferentes de toda la franquicia, uno que se convertiría en una de mis mayores y más gratas sorpresas como jugador en esos años. Además de lo chocante que supuso comprobar que Naughty Dog era capaz de lanzar un nuevo juego sólo un año después del anterior (algo rotundamente impensabe en los días que corren), resulta curioso comprobar cómo Uncharted: El legado perdido puede haberse convertido en una de las entregas de la franquicia que mejor han soportado el paso del tiempo, a pesar de plantear un escenario muy diferente al resto.
Aunque en Uncharted: El legado perdido no participaron dos de las mentes principales de Uncharted 4: El legado perdido, Neil Druckmann y Bruce Straley, sus tres figuras principales fueron más que suficientes para entregar una obra muy especial. Shaun Escayg y Kurt Margenau asumieron la dirección de Uncharted: El legado perdido con la intención de crear una obra que aprovechara los recursos, motor y personajes de Uncharted 4 en un entorno abierto, a modo de spin-off, con Chloe Frazer y Nadine Ross como protagonistas.
Escayg había trabajado como diseñador y guionista de Uncharted 4, y sus trabajos anteriores en Naughty Dog también incluyen la expansión más querida por parte de sus jugadores, The Last of Us: Left Behind. En cuanto a Margenau, también trabajó en el guion y diseño de Uncharted 4, pero no tardó en unirse Josh Scherr como el tercer gran pilar del proyecto, encargándose del guion tras haber trabajado en todas las entregas de Uncharted hasta la fecha junto a The Last of Us. Un trío que buscó ir más allá planteando ideas que, en la actualidad, todavía resultan innovadoras.
Aunque en años anteriores Naughty Dog ya había caminado de puntillas por los entornos abiertos dentro de sus juegos, sobre todo planteando escenarios algo más grandes en Uncharted 4, jamás habían planteado algo como el escenario donde se desarrolla Uncharted: El legado perdido, que termina robando el protagonismo a cualquier otro elemento de la obra. No sólo por la espectacularidad visual de este escenario inspirado en los Ghats occidentales de la India, sino por la manera de plantear la exploración y el descubrimiento.
Cuando piensas en Uncharted lo asocias al descubrimiento, a la aventura, en adentrarte hacia lo desconocido y en aprender que casi todos los caminos terminarán saltando por los aires. Son conceptos que funcionan en un entorno muy controlado, en las aventuras lineales que habíamos visto hasta el momento, muy cinematográficas, pero que también tendrían mucha cabida en un entorno que explorar con libertad. Y qué manera de plantear ese recorrido, con un pequeño pero vasto escenario en el que poder perderse sin mapa ni indicadores.
Una característica que siguen reuniendo la mayoría de mundos abiertos actuales en la industria de los videojuegos es que todos se apoyan en un manido sistema de navegación. El jugador es un limpiador de puntos que incorporan contenido, ningún atisbo de su papel como explorador. En Uncharted: El legado perdido, de alguna manera, ocurre lo contrario, planteando un genuino experimento: no hay indicaciones, tan sólo tu coche, tu visión y los comentarios de Nadine y de Chloe. La primera vez me quedé maravillado, pero ocho años después vuelve a suceder.
Cuando te montas en el coche y comienzas a vislumbrar en el escenario localizaciones interesantes, a las que acudes sin dudar, sucede la magia. Esos lugares tienen alma, contienen historias, puzzles, sucesos por los que perderse durante un rato para poder seguir avanzando. Nadie te ha llevado hasta ellos, ningún indicador ni minimapa, simplemente has acudido. A esto se le suma las siempre fantásticas interacciones entre los personajes protagonistas, que aquí también sirven como aviso de que puede haber algo interesante por los alrededores.
De esta forma, el mundo abierto de Uncharted: El legado perdido no es sólo una excusa, no es un camino que transistar de punto a punto, se convierte en el verdadero protagonista, en algo que quieres conocer y que deseas explorar. De forma natural, como si de verdad estuvieras transitando por un lugar mágico, acudes a un lugar que parece interesante en la lejanía con la intención de descubrir sus secretos. Poco a poco, completas tus cometidos, en una estructura que se aleja por completo de lo visto en las anteriores entregas de la saga.
Desde su lanzamiento, hace ya ocho años, me he preguntado lo mismo: ¿Cómo seria un mundo abierto, realmente grande, desarrollado por Naughty Dog? Esta genialidad, transportada a un mapa relativamente pequeño, podría replicarse en un escenario más amplio, y me encantaría que sucediera en algún momento del futuro, con una nueva idea que no fuese Uncharted o The Last of Us. Puede que el próximo juego del estudio, Intergalactic: The Heretic Prophet, beba más de lo que pensamos del fantástico trabajo realizado en Uncharted: El legado perdido, con esos rumoreados escenarios amplios, aunque alejado del mundo abierto como tal.
Uncharted: El legado perdido, si bien parece un experimento más que una obra nuclear en la historia de Naughty Dog, merece respeto y admiración. Fue bien recibido en su momento, pero muchos jugadores se quejaron de su duración y de su poca evolución jugable respecto a Uncharted 4, a pesar de que se planteó esta brillante forma de explorar su mundo sin perder la esencia de la franquicia. Se echa un poco en falta a Nathan Drake y sus afilados comentarios, pero Nadine y Chloe también funcionan de maravilla como pareja.
Un título al que merece la pena regresar, que ha cumplido ocho años y que, de forma personal, me parece uno de los mejores juegos de la saga. Nacido como spin-off, probablemente para explorar e investigar nuevas formas de narrar y sorprender al jugador, pero igualmente interesante. Uncharted: El legado perdido ha cumplido ocho años y sigue siendo igual de sorprendente, fresco y disfrutable. Una forma diferente de entender un concepto que, insisto, me sigue conduciendo al mismo deseo: ojalá Naughty Dog trabaje en un mundo abierto en el futuro.
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