Tendemos a buscar una segunda interpretación sobre todas las cosas que nos suceden a lo largo del día. Habrá incluso quien siga buscando una segunda interpretación a cosas que resultan verdaderamente lógicas, y no por ello uno debe burlarse de la opinión de esa persona: como decía Clint Eastwood «las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene uno». No hay verdad absoluta por muy lógica que pueda parecer. De hecho, soy firmemente defensor de la interpretación que cada uno quiera hacer con las cosas; eso da pie al debate, a una batalla de ideas que puede terminar con ambas personas teniendo la razón, con una cediendo a la opinión del otro, o de diferentes formas que pueden alterar el pronóstico inicial. Hace algún tiempo leí en un medio anglosajón, la opinión de un usuario ante una crítica negativa del archiconocido ‘Final Fantasy VII’. El comentario, hecho desde una actitud respetuosa y apreciando el trasfondo con una crítica constructiva, fue borrado de la web sin previo aviso, tan sólo por ser una interpretación, un contraataque benevolente al artículo en cuestión. Allí nadie tomó represalias, nadie levantó los puños para luchar contra la censura: es más, nadie hizo siquiera un amago de teclear unas cuantas palabras en pos del derecho a opinar. Con esto pasa exactamente lo mismo que con la discusión entre qué es más importante, si la experiencia o todo lo que lleva a ésta.
Los videojuegos nacieron como un entretenimiento digital, dispuestos a renovar un sistema de entretenimiento que se basaba en un par de juegos o maneras de disfrutar del tiempo de ocio. No quiere decir ni mucho menos que los propios videojuegos planearan sustituir las labores comunes entre la gente infante como puede ser jugar al fútbol o ir al parque a hacer chorradas que ponen al punto del infarto a los padres: en absoluto, sólo vinieron para adaptar una nueva forma de entretenimiento a nuestras vidas. Recuerdo mi niñez por muchas cosas no relacionadas con los videojuegos, pero si hablamos de estos últimos, se me vienen a la cabeza momentos hechos para disfrutar con ellos de un modo simple y sin complicaciones. Llegabas a casa un viernes, llamabas al vecino de turno y te ponías a viciar a cualquier videojuego con la alegría de que ya había llegado el fin de semana. Sin duda alguna, podría comentar cincuenta anécdotas de mi infancia jugando a la Super Nintendo y a la vieja Atari 2600 que aún conservo, pero también quedan pequeños resquicios que acompañan a esos vicios, pequeñas partes de vida que quedan en un plano secundario. Crecí despreocupado de que de un tiempo a esta parte, me encontraría con un mundo que valora más al videojuego por la experiencia que por lo que verdaderamente ofrece: ocio, una historia predefinida, entretenimiento puro y duro. No voy a negar en absoluto que el concepto de videojuego ha añadido ese pequeño matiz a la hora de conversar con mi yo interior. Ahora pienso también en la experiencia, y eso en absoluto está mal, puesto que ofrece un debate interno sobre las distintas posibilidades que 
En un bar, tomando unas cervezas, surgió la oportunidad de debatir el otro día esto mismo que os estoy poniendo en situación. Para empezar con el debate, creo que primeramente es importante identificar qué es un videojuego. Como he comentado, un videojuego es un entretenimiento, y eso va por encima de cualquier experiencia que se ponga por delante. Buscaba esa respuesta y no tuve el gusto de encontrarla entre mi gente de confianza, pero tenía la certeza de que esa pregunta se quedaría rondando por la cabeza de muchos de los asistentes a la cita. Nadie era capaz de utilizar una línea divisoria para separar el terreno de la experiencia con la del videojuego, y creo, francamente, que eso es debido a la utilización e interpretación que se le da ahora al propio videojuego.
Ocurre, de hecho, que en ciertos videojuegos se hace realmente complicado no utilizar la palabra tabú de este artículo. La experimentación como tal pude ser el carril narrativo en el que se mueven ciertos títulos como Dear Esther, The Stanley Parable o Gone Home, y aunque es una de sus principales bazas, se debe contar con que primeramente cumple el factor de entretenimiento digital, sea de nuestro agrado o no. Esa, y no otra, es la explicación clara y concisa que se debe dar sobre qué es más importante: si el entretenimiento digital sobre el que se apoyan primeramente los creadores, o la experimentación que nos quieren hacer causar, o directamente inventamos nosotros. Yo, creo tener mi propia opinión clara.
De aquella época donde encendía la Super Nintendo en pos de la diversión, quedan secuelas que no se me han borrado. Tal vez tengo una piel mucho más machacada por el paso del tiempo, una voz más grave, un estilo diferente de pensar, pero creo que me ha quedado claro que cuando se trata de los videojuegos yo he venido a jugar, y en principio no a otra cosa. No seré desde luego el que critique a aquel que quiera ver el videojuego como una experiencia antes que como un entretenimiento, ni siquiera seré el que imponga su ley marcial para hacerles cambiar de opinión: si algo tengo claro es que, a pesar de todo, cada uno tiene su opinión y eso es indiscutible. Por cierto, querido anónimo de la página anglosajona de videojuegos: yo también repudio Final Fantasy VII. De eso ya hablaremos en otra ocasión.
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