Crítica de El príncipe dragón: Buscando un lugar en el mundo

El creador de Avatar propone un mundo fantástico que aunque no brilla igual que su obra homónima, absorbe gracias a su fuerza

Crítica de El príncipe dragón: Buscando un lugar en el mundo
 

Nos pasamos la vida intentando encajar en el mundo, hasta que un día nos damos cuenta de que no se trata de cambiar, sino de saber quererse a uno mismo. Este tema que ha sido tratado tanto en cine como en televisión en multitud de ocasiones sigue siendo terreno ciertamente inexplorado para la animación. Mientras en Japón ya están dándole vueltas a la soledad y la depresión en el anime, Occidente todavía tiene un largo camino por recorrer. Camino que el creador de la emblemática “Avatar: La leyenda de Aang”, ha decidido retomar con “El príncipe dragón”, una serie tan arriesgada en lo formal, como conservadora en lo material.

Aaron Ehasz recurre a toda la experiencia que arrastra en el género fantástico para crear una historia clásica de dragones, elfos, y magia, en la que lo más llamativo no es su universo academicista, sino la profundidad e idiosincrasia de sus personajes. Cuando Netflix anunció por primera vez esta serie, no fueron pocos los que repararon en su particular apartado de animación. En este caso es imposible no juzgar al libro por su portada, pero lo cierto es que esa capa más controvertida y visible esconde una propuesta que con sus luces y sombras, consigue generar la inercia suficiente como para que se la tenga en cuenta en el extenso catálogo de la plataforma.

Esta crítica está libre de spoilers

En el reino de Xadia, la magia proviene de seis fuentes principales: el sol, la luna, las estrellas, el cielo, la tierra y el océano. Pero los magos humanos crearon un séptimo tipo de magia, la magia negra, y comenzaron a capturar y cultivar las criaturas que necesitaban como ingredientes. Esto desató una guerra devastadora entre Xadia y los reinos humanos. En bandos opuestos del conflicto, tres niños —dos príncipes humanos y la elfa que tenía la misión de matarlos— descubren un secreto que podría cambiarlo todo. Unidos deciden emprender una travesía épica que podría ser la única esperanza de poner fin a la guerra y restaurar la paz entre sus dos mundos.

El planteamiento que nos propone “El príncipe dragón” echa mano de todos los pilares que sostienen el género fantástico, y lo hace sin miramientos. Ehasz no duda en bañarse de todos esos elementos tan reconocibles para el público, en pos de mejorar una fórmula de aventuras que recuerda irremediablemente a su gran obra homónima. El as bajo la manga del showrunner sin embargo no se encuentra en el universo creado para la serie, sino en sus personajes. Es en ellos donde se pueden encontrar más ideas arriesgadas, y una inteligencia narrativa que denota la experiencia manifiesta de los guionistas.

Bajo la aparente fachada maniquea de elfos contra hombres se esconde un conflicto ideológico envuelto en odio

Si bien la historia del huevo de dragón supone todo el eje central en tono al que se desarrolla la trama, el verdadero objetivo de la ficción es intentar transmitir algunas ideas como poco interesantes. Todos sus protagonistas, a pesar de venir de clases sociales distintas, de razas distintas, e incluso de culturas diametralmente opuestas, comparten el conflicto de identidad. Encontrar el yo y saber cultivarlo sin dejarse llevar por la familia o la sociedad es doloroso, pero cuando tu lugar en el mundo contradice tu propio sistema de valores, es necesario hacer un sacrificio. Los humanos y los elfos están enfrascados en un bucle de odio sin fin en el que hace tiempo la lógica dejó de tener valor. Luchar contra esa dualidad es la complicada misión en la que se embarca Callum, Rayla, y el príncipe Ezran.

Estamos ante un ejercicio de psicología profundo en el que cada personaje se va abriendo como una flor al tiempo que enfrenta sus propios temores. “Me daba miedo tener miedo“, cita la elfa en un momento de la serie. Una frase que resume a la perfección la moraleja que Ehasz intenta plasmar. ¿Merece la pena sacrificarlo todo por una causa justa? ¿Aunque eso implique quedarte solo en el mundo? “El príncipe dragón” dedica su primera temporada de 9 episodios a intentar demostrar que sí, que es posible cambiar el mundo con ideales. Todas las aventuras y peligros por los que pasan el trío de protagonistas trabajan en pos de construir un universo coherente que refuerce al mismo tiempo las dificultades y los obstáculos del camino. Estamos ante una historia de superación que sabe convencer con corazón y palabras. Que episodio a episodio trasciende un poco más en una distopía ideal no tan fantástica en un mundo de fantasía.

Callum y Rayla provienen de mundos distintos pero ambos buscan un lugar en el que encajar

Y hablando de imposibles, el manejo que hace la serie con las cuotas de representación es realmente fascinante. Si bien en un primer momento todo parece encajar en alguna leyenda, mito, o cliché del género, poco a poco la idea de la diversidad se va haciendo más fuerte. Callum, el protagonista de la aventura, es el hijastro de una familia disfuncional en la que la madre biológica murió como una gran guerrera, y el padre es un rey de raza negra con delirios de grandeza. Su tía, por su parte, a pesar de ser muda, logró convertirse en la general más importante del reino. No es difícil percibir como en “El príncipe dragón” los roles de género están en la mayoría de casos invertidos.

Mientras que las mujeres son representadas como grandes guerreras llenas de valentía y honestidad, los hombres aparecen siempre corrompidos por el poder o el ego. Viren, el principal consejero del rey Harrow, manipula a su amigo y gobernante para conducirlo a la muerte y poder sentarse así en el trono. Maestro de la magia oscura, este personaje termina sumergiéndose en la oscuridad cuando el rey rechaza su mano en pos de mantener el orgullo. Tras la huida de los herederos, su ansia de poder le lleva incluso a manipular a sus dos hijos para que le limpien el camino de cara al control de todo el reino. De esta figura oscura y absoluta la serie intenta sacar contrastes con la bondad y luz que representa el grupo de protagonistas. Los cambios de localización, y las escenas intercaladas son contrastes haciendo cada vez más tangible la incoherencia del mundo que pretenden cambiar.

Viren es un malo clásico construido con muchos grises

La serie propone temas y los maneja con habilidad a pesar de las restricciones que impone el formato escogido. No es complicado entrar en el juego que propone Ehasz, y verse sin quererlo sumergido en la clásica adicción de las series de Netflix. Sin embargo, no todo son rosas en el valle. La animación escogida es muy arriesgada, y resulta complicado de asimilar durante los primeros episodios. La mezcla de dibujo tradicional con 3D genera un efecto similar al cel shading que funciona de manera espectacular en cuanto al tratamiento de la luz y en las escenas de acción, pero que patina desastrosamente en el resto de apartados. Los desplazamientos de personajes por los escenarios y los movimientos y gestos más comunes se mueven con cierta torpeza. La sensación de que faltan frames es constante durante la mayor parte de los episodios.

Por suerte no todo es negativo. El apartado sonoro mejora todas las carencias del apartado visual de manera sorprendente. Mientras que en la banda sonora nos encontramos con piezas muy elaboradas y sabiamente montadas, el doblaje merece mención aparte. La versión original en inglés cuenta con decenas de juegos de palabras, distinción de acentos entre razas  -los elfos son escoceses-, y el uso del latín para los hechizos mágicos. Detalles que contribuyen a enriquecer un universo ya de por sí lleno de encanto. De manera inexplicable todo esto no está presente en el doblaje en castellano, una versión que a pesar de contar con grandes voces del medio, no es capaz de localizar muchos aspectos del material original.

“El príncipe dragón” no es “Avatar”, y tiene algunas fallas que pueden echar para atrás a más de uno, pero una vez comienza a andar, se convierte en una experiencia increíblemente satisfactoria. Lejos de grandes ambiciones, Ehasz consigue recuperar la esencia de su gran creación sin desfallecer en el intento. La magia, los dragones, y los elfos siguen funcionando bien si la combinación entre ellos es original e interesante. Aunque la serie se despide con un final muy abierto e inconcluso, no hay duda de que la fantasía tiene un futuro prometedor en Netflix.


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