Crítica de El regreso de Mary Poppins: Decepción supercalifragilisticoespialidosa

La niñera mágica ya no es tan mágica

 

¿Hasta qué punto se puede estirar la cuerda antes de romperse? Hollywood lleva ya varios años exprimiendo al espectador con ideas recicladas, propuestas nostálgicas, y todo tipo de productos carentes de originalidad. La permisividad ha campado a sus anchas, y Disney se ha erigido como la abanderada de una moda capaz de recapitalizar casi cualquier cosa. “El regreso de Mary Poppins” es el culmen de esta estrategia; una secuela continuista que se confunde con la película original hasta quedarse en una simple anécdota de canciones olvidables. Una historia déspota que promete grandes reflexiones, pero que al final se revela como una mera excusa para desplegar la nostalgia.

Cuando se anunció que Rob Marshall sería el encargado de esta tropelía emocional, ya se intuía que el talento que el director demostró en el musical Chicago aquí no estaría por ninguna parte. ¿Cómo iba a despuntar en una película precocinada desde el estudio?. No hay espacio para al lucimiento personal, ni para que el reparto deslumbra, todo responde a un guion. A una pauta fijada desde Disney para mantener el tono y la esencia del clásico de Robert Stevenson más de una década después. Sin embargo ni los niños de ahora son iguales que los niños de entonces, ni los adultos que disfrutaron de la niñera en su infancia ven el mundo ya con los mismos ojos.

Los hermanos Michael (Ben Whishaw) y Jane Banks (Emily Mortimer) han crecido, y ahora se enfrentan a la ya de por sí dura vida de adulto, agraviada por uno de los periodos económicos más complicados del siglo pasado. Con esa premisa “El regreso de Mary Poppins” recupera el mismo esquema de la película clásica, pero mueve fichas; los niños ahora son adultos, y los protagonistas pasan a ser sus hijos. El detonante este caso para la llegada de la niñera (Emily Blunt) es la complicada situación económica de la familia Banks, y la tristeza de Michael, quien perdió a su mujer hace varios años, y no conseguido levantar cabeza desde entonces.

Mary Poppins aterriza en sus vidas para cuidar de los tres hijos; Anabel, John, y Georgie. Al mismo tiempo que inunda la casa de color con su música, y recupera la inocencia de una infancia que desapareció de la familia cuando comenzaron los problemas financieros. Junto a ella, Jack (Lin-Manuel Miranda), un farolero de las calles de Londres, entra poco a poco en sus vidas interesado por hacerse con la mirada amorosa de Jane, y por revivir la ilusión de la infancia que la niñera mágica lleva escondida en su famoso bolso.

El regreso de Mary Poppins
Los números musicales son un baño de nostalgia que sin embargo no terminan de brillar como deberían.

Aunque tanto el título, como la campaña de promoción, han hecho de Blunt una auténtica estrella de las pasarelas de Milán –la sucesión de vestidos es interminable a lo largo de la cinta-, lo cierto es que más que su regreso, lo que nos propone Marshall es un cuadro difuminado de la pobreza. La historia es la lucha de dos fuerzas imperecederas; la de la condición social, y la de la imaginación musical. Un tira y afloja constante que no busca la moralina dulzona del clásico, sino que prefiere quedarse en la ambigüedad. “Todo depende del punto de vista desde el que lo mires”, repiten los niños al final resumiendo ese Sueño Americano tan prometido.

“El regreso de Mary Poppins” es un mensaje de esperanza contra las injusticias del mundo. Se funde con la alienación que el capitalismo de la época intentaba imprimir sobre las clases más bajas, y lo subvierte con un toque de autoconsciencia. No dejamos de luchar por salir de la pobreza porque estemos engañados, lo hacemos porque no hay victoria posible, y porque vivimos para ser felices. Este trasfondo tan interesante que se puede ir hilando a lo largo de la película, es no obstante un ejercicio exhaustivo de análisis. Y es que Marshall no está tan interesado en dejar poso, como sí en entretener.

Los pasajes animados son con diferencia, lo más original y mágico de toda la cinta.

Por supuesto que la música vuelve a quedar por encima de todo, incluso de Blunt, quien hace lo que puede para deslumbrar con un papel que va perdiendo protagonismo según avanza la trama. Los temas de Marc Shaiman y Scott Wittman vienen acompañados de nuevas letras, y de unas escenografías que no parecen haber avanzado nada en medio siglo. Son divertidas, en su mayoría alegres, y sirven de distracción temporal, pero su principal problema es que no aportan absolutamente nada a la historia. A diferencia de la película original, aquí las canciones no ayudan a hacer avanzar la trama; son más bien altos en el camino que alargan el metraje de forma innecesaria, y que ni siquiera consiguen dejar momentos para el recuerdo.

Si al salir del cine tras ver la cinta de Stevenson salía uno tarareando esas pegadizas letras, con “El regreso de Mary Poppins” todo lo que pasa por la retina se olvida tan pronto se encienden las luces de la sala. Ni Blunt –muy por debajo del nivel vocal de Julie Andrews-, ni Lin-Manuel Miranda –correcto pero sin rastro de carisma-, terminan de darle el empaque de originalidad necesario como para hacer de la banda sonora algo a la altura de las expectativas. Y es que si en una película musical, la banda sonora no termina de funcionar ¿qué nos queda?

Marshall se empeña tanto en imitar al clásico, que se olvida de su propia película.

Aunque el resultado final queda muy por debajo de la primera entrega, la película sigue teniendo cierto valor artístico. Las escenas con animación tradicional están muy bien implementadas, y Disney ha sabido calcar de forma mágica la esencia de sus primeras películas. El último tercio –dejando de lado las torpes escenas de acción- contiene un momento predecible pero disfrutable cuando Michael termina recordando su infancia y retoma el rumbo de su vida. Por el camino sin embargo nos esperan más de dos horas de situaciones artificiosas, y una trama más que previsible.

“El regreso de Mary Poppins” es un ejercicio vago de creatividad. Disney quería recuperar la magia del pasado, y lo único que ha terminado consiguiendo es dar continuidad a uno de sus clásicos más populares, con una historia innecesaria y carente de originalidad. Lo que hace medio siglo fue supercalifragilisticoespialidoso, en 2018 no es más que un síndrome de Peter Pan decepcionante. Si hay que volver a ser un niño, que no sea así.


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