Crítica de Lo que esconde Silver Lake: Colocón lynchiano

David Robert Mitchell intenta alcanzar el status de película de culto con un refrito de todo y nada

 

David Robert Mitchell ha querido dar un golpe en la mesa, y del ímpetu la ha terminado partiendo. El director de “It Follows” regresaba a la gran pantalla con lo que para muchos era una promesa de profundizar en esa vía de terror tan autoral. Sin embargo, Mitchell sorprendía a propios y extraños con una historia más personal si cabe que la anterior. “Lo que esconde Silver Lake” es un producto cultural complicado de leer, una de esas películas que engañan a la vista, y requieren un esfuerzo por parte del espectador. El resultado es algo fresco e innovador que en algunas ocasiones rompe moldes, y en otras muchas solo confunde.

Tras su paso por Cannes, nadie, ni siquiera los críticos presentes en el festival, sabían qué esperar de esta película. Ni los avances, ni la información proporcionada en entrevistas sacaba de dudas. Andrew Garfield se convertía en la cara más visible de una producción que lo apostaba todo a los nombres en pos de mantener la sorpresa de la trama. Esto lo único que consiguió fue alimentar una burbuja de expectación que ha terminado explotando en la cara de muchos, y que quizás no consigue estar a la altura de las expectativas. No por cuenta del trabajo de Mitchell, sino por la idea preconcebida que indujo la promoción de A24.

Como todo aquel que arriesga, Mitchell pasa por momentos de mayor lucidez, a otros de mayor bochorno, obteniendo un resultado final de considerable valor cinematográfico, pero cuestionable componente lúdico. Y es que “Lo que esconde Silver Lake” no se ciñe a los esquemas clásicos de entretenimiento para enganchar al espectador. Al igual que ya hiciera Spielberg en “Ready Player One”, el director norteamericano lo apuesta todo a las referencias. En este caso no hablamos de videojueos, sino del cine clásico. Aprovechando el escenario que proporciona Hollywood y alrededores, Mitchell crea un paradigma de referencias a la industria de los años 20 y 30, tejiendo con habilidad una maraña de puzles simbólicos.

La película es un enigma en sí misma. La historia inicial que nos propone no es más que el mcguffing de una trama inexistente. El objetivo principal es la contemplación, la degustación individual de cada una de las escenas. El director va proponiendo una sucesión de puzles muy codificados que solo encuentran su propósito en sí mismos. Aún con ello la cinta sabe atrapar gracias a un estilo narrativo chandleriano, y un arrojo neo-noir que resulta en no pocos momentos hipnotizante. Garfield se disfraza de un Philip Marlow millenial que persigue sombras por todo ese barrio acomodado de Los Ángeles, en un viaje psicotrópico de autodescubrimiento.


Riley Keough quiere ser Marilyn Monroe, y tiene un perro llamado Coca Cola. Pero nada de todo eso importa.

El problema es que ese misterio a resolver que nos lleva de una pista a otra, y viaja por todos los estratos de Silver Lake, dura 140 minutos. Algo que no hubiera sido molestia si se narrara una historia convencional. La película, sin embargo, opta por crear situaciones artificiosas en favor de plantear un soporte para que Mitchell introduzca el mayor número de referencias posibles. Si para ello debe perder la vergüenza, y abrazar lo surrealista, Mitchell no tiene reparo alguno en saltarse todos los convencionalismos. No hay mensaje porque el director no lo quiere. La comedia y el cine negro se van alternando sin ningún patrón deleitando a los espectadores más cultos que saben leer el código de la película, y aburriendo soberanamente a aquellos que todavía siguen buscando explicación a aquello que no lo tiene.

No importan los personajes, ni sus motivaciones, ni siquiera lo que persiguen a lo largo de la trama. El director los utiliza como simples fichas para hacer progresar el caso. Ni Andrew Garfield, que aquí recupera su rostro más bobalicón y embebido, tiene un momento de lucidez. Toda la atención está puesta en las pistas; en su resolución y consecuencia. En ellas el director introduce guiños a la cultura pop de distintas épocas, e incluso intenta reírse de aquello a lo que venera dejando pasar por el filtro elementos menos codificados como una caja de cereales, una Super Nintendo, o The Legend of Zelda. Quizás en busca de la risa, o como forma de reivindicación, pero todo está tan encriptado, que poco o nada llega al espectador.

Los personajes se van amontonando escena tras escena sin ninguna explicación lógica.

“Lo que esconde Silver Lake” es misteriosa, exótica, excitante, pero no va más allá de eso. Mitchell no logra conformar una experiencia legible para el público medio. Si en “Ready Player One” las referencias eran una excusa para disfrutar de una historia simple y tonta, aquí los guiños solo sirven como distracción de una trama ausente. Que el director haya querido incluir en su trabajo a Alfred Hitchcock, David Lynch, y otros tantos cineastas, es un mérito que muchos sabrán valorar, pero está tan ensimismado en sí mismo que se acaba pasando de frenada. La carga simbólica es tan densa que lo único que encontramos en el subsuelo de la ciudad es indiferencia.


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