Crítica del episodio 6 de Dororo: Sueños rotos

Te esperábamos Urobuchi

Crítica del episodio 6 de Dororo: Sueños rotos
 

¿Qué hace de un anime algo inolvidable? Sin tener la mejor animación, ni la historia más memorable, “Dororo” ha logrado esta semana algo que no conseguía ninguna serie desde el año pasado. Es complicado argumentar el porqué ciertos elementos narrativos se funden más con la empatía de uno que otros, o porque seguimos más fervientemente a unos personajes que a otros, pero cuando sucede parece existir un consenso general. Y es que tras cinco episodios notables que no terminaban de romper el potencial que aguardaba bajo el nombre del padre del manga, MAPPA logra firmar el mejor episodio de la temporada. La respuesta que tanto había buscado el estudio se encontraba en una solución tan amada como odiada; el cliffhanger.

“Dororo” es un road trip de escuela que se vale de pequeños arcos climáticos para desarrollar a sus personajes. Hyakkimaru derrota a un demonio, recupera una parte de su cuerpo, y continúa avanzando hacia esa venganza familiar tan perseguida. Sin embargo, lo que realmente importa del anime no es su meta, la finalización que justifica todo el macguffing, sino el propio viaje que emprende una marioneta, un niño de sonrisa eterna, y un viejo sabio. La propuesta es tan arriesgada como potencialmente interesante, y el estudio ha sabido quedarse solo con el la cara de la moneda; plasma en pantalla una historia de puro corazón con personajes creíbles.

No es casualidad que Furahashi haya logrado alcanzar el cenit de la serie en su sexta semana. A lo largo de los últimos episodios las historias iban pasando sin dejar demasiado rastro, pero poco a poco Hyakkimaru se iba humanizando. Desde ese embarque tenebroso con traición y demonios de por medio, MAPPA ha ido introduciendo al protagonista para contextualizarlo en una realidad. Hyakkimaru es tan solo un concepto cuando inicia su viaje, es pura venganza, pero gracias a sus experiencias, y especialmente a las personas que le rodean, va recuperando esa humanidad perdida. Y es ahí donde florece el verdadero brillo del anime.

Tezuka nos enseña a lo largo de no pocos episodios que nada es permanente. Con una estructura episódica, y un universo bañado por la muerte y el cambio, apegarse demasiado a alguien o algo es fútil. Tan pronto como aparece un personaje, desaparece con la llegada de otro. El grupo no se queda más de dos días en ninguna posada, y siempre mira hacia delante intentando escapar del sufrimiento que les rodea. Solo un alma pura como la de Mio podía detener su marcha. Pero el teatro de felicidad en el que se codea, y en el que caen tanto Hyakkimaru como Dororo, no tarda en derrumbarse por el peso de una filosofía freudiana.

Dororo
Mio ha construido un castillo para protegerse a sí misma y para proteger a los demás.

Los humanos son como son, la naturaleza ya era así antes de que llegaran, y seguirá siéndolo así cuando se vayan. El pesimismo es una constante que en este caso sirve de horquilla para cerrar cada uno de los arcos narrativos; aparece alguien desesperado, los protagonistas le salvan de su desgracia, y algo de carácter amargo termina sucediendo. En el caso de Mio, a pesar de contar con un desarrollo notablemente superior al resto de invitados, no se salva de esta lógica autodestructiva. MAPPA lleva al espectador hacia ese punto siempre de forma transparente, poniendo sobre la mesa signos evidentes de lo que está por acontecer, y aun así no se siente como una traición caprichosa de la historia. ¿Por qué?

El bagaje y la experiencia ayudan a identificar ciertos patrones en las series, y a prevenir de experiencias desagradables. Sin embargo, cuando la ponzoña está gestada de forma meticulosa, termina convertida en un ungüento placentero. “Dororo” contaba con todos los requisitos previos para poder alcanzar el drama sin caer en el fanservice; personajes bien desarrollados, y una trama que usa la violencia no como fin, sino como un medio para otros objetivos. Esta trasgresión emocional suele alcanzarse mediante la agresión psicológica, no física, pero MAPPA se permite una licencia en el último episodio, y adopta el mantra de Gen Urobutchi para saturar todos los sentidos hasta hacerlos sangrar.

Dororo
La amplitud de los fondos son cruciales en este episodio.

La relación romántica entre Hyakkimaru y Mio estaba destinada al fracaso, pero eso no evita que Furuhashi se deleite con ella hasta el último segundo. Ambos pelean por vivir, y se niegan a dejar de empujar la piedra sobre la colina. Las miradas conectan, las edades encajan, y el contexto invita al contacto emocional. El cóctel deriva en una colección de escenas a cada cual más enternecedora. El estudio demuestra que no es necesario una comunicación convencional para conectar dos almas; en este caso tan solo con la voz de ella es posible crear las bases de una conexión muy profunda. La animación pausada se recrea en los silencios, y los planos generales enfatizan la intimidad subjetiva entre ambos. Pero todo no es más que una treta.

Él solo vive para consumar su venganza, y ella se prostituye vendiendo su felicidad para dársela a los huérfanos de los que cuida. El mundo no les permite desarrollarse como personas, tan solo sobrevivir. Y eso es lo que terminan haciendo. Hyakkimaru regresa para acabar con el ghoul, pero mientras está fuera, Mio y el resto de huérfanos son atacados por uno de los dos clanes involucrados en la guerra. Esa carnicería visual despierta al monstruo que retenían los demonios en el interior de la marioneta. “Asegúrate de que lo que sale de la cueva no es una bestia”, le dice Biwamaru a Dororo momentos antes. Fracasa estrepitosamente.

Dororo
Tezuka le roba lo único que había querido en toda su vida.

La melodía, que estaba plantando la semilla de la esperanza en él, se corrompe convirtiéndose en odio. Es entonces cuando la injusticia, de la que se había mantenido ajeno hasta entonces, cae sobre sus hombros. La respuesta de Hyakkimaru no pasa por sonreír, ni llorar –eso está reservado para una bondad como la de Dororo-. Explota en furia de tal manera que el crimen pasional que está a punto de cometer se convierte en un acto de terrorismo. Pierde la consciencia y se convierte en ese monstruo que su padre insertó en él. Los gritos y los miembros seccionados cubren el escenario mientras Mio se desangra entre lágrimas. Dolor.

MAPPA no solo mide bien los tiempos, sino que escoge siempre la mejor opción. La fotografía se apoya en el fuego de la casa para simbolizar el rojo que había estado guardando con tanto recelo durante los anteriores episodios. Los gritos de dolor y las caras de pánico terminan de cocinar una angustia terrible. “Dororo” deja tras de sí los mejores 20 minutos de la temporada, y de los últimos años. Pero el premio no lo consigue sin hacer sacrificios. Mio se despide sin rendirse, y eso permite a Hyakkimaru seguir hacia adelante. Las semillas representan la esperanza, y se tornan en sonido cuando él las toma para sí recuperando la voz con su primera palabra; su nombre. Por fin ha salido de la cueva.