Cuando Sony anunció en enero de 2022 la compra de Bungie por 3.600 millones de dólares, muchos pensamos que era una de las jugadas más ambiciosas de la compañía japonesa para reforzar su división de juegos como servicio. Cuatro años después, los resultados financieros que el grupo acaba de presentar dejan claro que esa apuesta se está convirtiendo en una de las heridas más caras del ejercicio. Los números son fríos, pero contundentes: 120.100 millones de yenes en pérdidas por deterioro contra los activos intangibles y otros del estudio durante el año fiscal 2025. Al cambio actual, hablamos de unos 720 millones de euros que Sony ha tenido que reconocer como pérdida en sus cuentas anuales.
Y lo más preocupante no es la cifra en sí, sino cómo está distribuida y qué dice sobre la trayectoria del estudio. Las pérdidas no llegaron de golpe, sino en dos tandas que reflejan un deterioro progresivo a lo largo del ejercicio: 31.500 millones de yenes en el segundo trimestre y 88.600 millones adicionales en el cuarto. Es decir, el problema no se ha estabilizado, sino que se ha agravado conforme avanzaba el año.
Lo curioso de todo este asunto es que la división de juegos y servicios de red de Sony ha cerrado un año brillante en términos generales. Los ingresos operativos del segmento alcanzaron un récord histórico de 463.300 millones de yenes, y si excluimos las pérdidas puntuales (entre las que destaca precisamente el agujero de Bungie), los beneficios habrían crecido un 45% interanual. Es decir, PlayStation está vendiendo software, hardware y servicios de red como nunca, los 125 millones de usuarios activos mensuales registrados en marzo son otro récord absoluto, y el negocio core funciona a las mil maravillas. Pero Bungie ha llegado al punto de convertirse en el lastre que arrastra hacia abajo unos números que, de otro modo, habrían sido todavía más espectaculares.
A esto hay que sumarle un detalle que aparece en el documento y que pasa más desapercibido pero conviene apuntar: 18.300 millones de yenes adicionales registrados como gastos por una corrección de costes de desarrollo previamente capitalizados. Sumando ambas partidas, Bungie y sus problemas contables le han costado a Sony más de 138.400 millones de yenes en este ejercicio. Para hacerse una idea de la dimensión, esa cifra equivale a casi un tercio de los beneficios operativos totales de la división de juegos durante todo el año.
La gran apuesta de Bungie para revitalizar su situación llegó el pasado 5 de marzo de 2026 con el lanzamiento de Marathon, su esperado shooter de extracción competitivo que debía servir para diversificar la cartera del estudio más allá de Destiny. Pero los datos que han ido apareciendo desde su salida pintan un cuadro bastante complicado. Las estimaciones más recientes, firmadas por la consultora Alinea Analytics, sitúan las ventas en torno a los 1,2 millones de copias desde el lanzamiento, generando alrededor de 55 millones de dólares en ingresos sin contar microtransacciones. La cifra puede parecer respetable a primera vista, pero deja de serlo cuando se sabe que el desarrollo de Marathon ha costado más de 250 millones de dólares, según informaciones del periodista Paul Tassi publicadas en Forbes.
Lo más inquietante para Sony es el reparto de esas ventas entre plataformas. El 70% de las copias vendidas vinieron de Steam, mientras que PS5 solo se llevó un 19% y Xbox Series X|S un 11%. Para un estudio propiedad de Sony, ver que casi tres de cada cuatro jugadores prefieren la plataforma de Valve es un mensaje muy difícil de digerir. Bungie ha reaccionado con actualizaciones constantes, una hoja de ruta de temporadas hasta agosto que incluye Death is the First Step (junio) y Nightfall (agosto), y un esfuerzo evidente por escuchar a la comunidad. Pero los precedentes recientes de Sony dan miedo: el cierre fulminante de Firewalk Studios tras el desastre de Concord en 2024, y el más reciente de Bluepoint Games en febrero de 2026, demuestran que la compañía no tiene reparos en tomar decisiones drásticas cuando las cifras no acompañan.
Que Sony haya tenido que reconocer pérdidas por deterioro de esta magnitud significa, en términos contables, que el valor que la compañía esperaba recuperar de los activos del estudio (la marca, las propiedades intelectuales, el potencial de ingresos futuros) ha sido revisado a la baja de forma muy significativa. Esto no es un simple bache puntual: es un reconocimiento oficial de que las expectativas de retorno de la inversión se han desplomado. La pregunta que muchos nos hacemos es hasta cuándo va a aguantar Sony este nivel de pérdidas antes de plantearse medidas más drásticas. Despidos masivos en el estudio ya hubo el año pasado, y todo apunta a que las decisiones que vienen en los próximos meses pueden ser todavía más duras. Lo único claro es que la operación más cara de la historia reciente de PlayStation está muy lejos de funcionar como Sony esperaba el día que firmó el cheque.
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