Crítica de Ready Player One: así sí se adapta un videojuego

Spielberg crea una obra atemporal que cumple con su cometido

Crítica de Ready Player One: así sí se adapta un videojuego
 
 

Se suele hablar mal del fanservice, y con razón. Las concesiones emocionales al público suelen ser un gesto de condescendencia por parte de los autores, que buscan el agrado fácil por encima de la excelencia. Era complicado no caer en este tipo de prácticas con una historia que está construida sobre montañas de referencias, y lo cierto es que cualquier director hubiera recaído en ellas, pero no del que nos atañe hablar. La carrera de Steven Spielberg, al igual que la de James Donovan Halliday, nació en la cuna de la cultura pop actual, y eso ha influido por completo a la interpretación de “Ready Player One”, una obra que no brillaba por su calidad, pero que aquí consigue remozarse en el entretenimiento más efectista y palomitero.

La novela de Ernest Cline, quien por cierto participa en la elaboración de este guion, nos traslada a un futuro distópico donde la Tierra se ha vuelto anodina, y sus habitantes buscan con ansía una vía de escape. Con ese pretexto, James Halliday (Mark Ryllance) y Ogden Morrow (Simon Pegg) fundan GSS (Gregarious Simulation Systems), una compañía que pretende devolver la vida al mundo gracias a la realidad virtual. Sin embargo, tras varios roces, sus fundadores terminan separándose, y Halliday crea OASIS, una dimensión virtual donde la gente puede recrear su propio avatar y vivir una vida nueva. Cuando este muere, decide esconder un easter egg  y construir toda una gymkana para que sus usuarios opten a hacerse con el control de ese mundo.  ¿Quién se embarca en esa misión? Wade Watts (Tye Sheridan), un joven de pocos recursos que verá cómo cambia su vida gracias a su pasión.

“Ready Player One” es una oda a una época, pero especialmente es un homenaje a la cultura pop y a toda una generación pionera de lo unerground, que ahora ve cómo el mundo celebra sus hobbies. Steven Spielberg toma el material original de la novela y lo simplifica, iluminando las zonas más oscuras, y sobre todo disponiéndo un terreno para el deleite visual. Resultaba complicado crear una historia interesante con tanto maquillaje por encima, y aunque en los intentos del maestro se percibe la experiencia, terminamos encontrándonos con un festival de efectos especiales muy impactante, pero unos personajes planos y con actuaciones no demasiado afortunadas.

Para construir la relación entre Wade y Samantha (Olivia Cooke), se recurre a tropos del cine romántico juvenil, y a unos diálogos muy poco interesantes. Lo mismo ocurre con el resto de personajes del mundo real. Y es que si hay algo en lo que cojea especialmente esta adaptación, es en toda la trama ajena el mundo de OASIS. La ausencia de efectos especiales, y el ritmo parsimonioso de estos tramos, solo consiguen que tengamos ganas de regresar a la historia principal, y termina dejando a los villanos –Mendelsohn aquí no brillas– retratados como una banda maniquea de descerebrados que quieren conquistar el mundo. Claro que la novela de Cline era así, y por eso Spielberg decide hacer malabarismos desatando la locura virtual.

OASIS es, con todas las letras, uno de los universos más impactantes e interesantes de toda la carrera del director. La cantidad de referencias y reglas no escritas que rigen este mundo brillan con especial intensidad en pantalla. Se siente el dinamismo de una realidad donde cada persona es quien quiere ser, y esa vitalidad es trasladada a unas escenas de acción soberbias. Spielberg sabe gestionar los sobresalientes efectos especiales, manejando el ritmo de estas secciones con maestría, llevándonos hacia donde quiere en el momento que quiere. Hablar de el Gigante de Hierro, Gundam, Halo, Atari, o Street Fighter -podría rellenar diez páginas con las referencias- resulta gratificante, pero al mismo tiempo superficial cuando comenzamos a saborear el gusto por la excelencia de director.

Ahora bien, estas dos partes de “Ready Player One” intentan dialogar durante más de dos horas, pero solo terminan dando discursos. No se siente una cohesión ni rítmica ni dinámica entre el mundo real y el virtual. Los personajes y los avatares no poseen la conexión que deberían, y parecen más entes autónomos que reflejos de sus poseedores. Esa falta de consistencia se nota especialmente tras la primera media hora de cinta, cuando de la emoción por lo nuevo, nos encontramos con esa realidad anodina que transmite lo mismo de lo que presume. Por suerte, estos momentos son sobrellevados gracias a las secciones virtuales, y a una tensión continúa que aunque es efectiva, termina por fatigar. Porque sí, nos encontramos con una cinta de larga duración que acaba perdiendo fuerza por un desenlace deliberadamente estirado.

¿Qué nos encontramos al final? Una película solvente, competente, y que sorprendentemente levanta un material original que no es especialmente destacable. Steven Spielberg firma su trabajo más impactante en lo visual de toda su carrera, y demuestra una vez más por qué es uno de los directores vivos más importantes del mundo. “Ready Player One” logra lo que pretende; divertir a toda la familia sin caer constantemente en el conservadurismo, y crear un himno para varias generaciones. Puede que no sea una cinta sobresaliente, y puede que no se recuerde dentro de unos años, pero resulta tan placentera como un easter egg recién descubierto. Ha tenido que llegar el maestro para hacer una buena adaptación de un videojuego, o de varios.





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2 comentarios

  1. guao! primera vez que veo una critica tuya bien dulce, no como las otras que vez las partes mas trágicas de la peli y los fallos en ella.

  2. Si el libro ya de por si es pésimo no se le podía pedir mucho a la película.

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