Crítica de Alita: Ángel de combate, orgasmo sci-fi

Blockbuster de academia

Crítica de Alita: Ángel de combate, orgasmo sci-fi
 

La occidentalización de obras asiáticas por parte de determinadas industrias se ha convertido en una constante durante estos últimos años. Con la creciente dependencia del manga japonés del exterior, no pocas compañías han visto un caramelo muy jugoso en todas estas obras de creciente popularidad fuera de las islas. El caso más sonado que protagonizó Hollywood hace unos años fue el de Ghost in the Shell, pero antes de esta adaptación hubo muchos otros casos de blanqueamiento comercial. La madre de todos ellos fue, sí, “Alita: Ángel de combate”.

Ni se titulaba así, ni las pretensiones de su creador eran volcarse hacia el shonen de acción prototípico. Cuando Yukito Kishiro apareció en las librerías japonesas en diciembre de 1990, nadie creía que un cóctel con tantas referencias visuales a la obra de Katsuhiro Otomo y Masamune Shirow pudiera encontrar su propia personalidad. Y es que “Akira” había propiciado menos de una década antes una primavera futurista que llevó a la industria del manga a saturarse de estéticas cyberpunk y tramas existencialistas. Sin embargo “GUNN” encontró en la adversidad el puente que la relanzaría al éxito mundial.

La crisis económica que Japón padeció durante los años 90, tras décadas de estancamiento, limitó las posibilidades de Kishiro, pero al mismo tiempo invitó a las compañías occidentales a interesarse por su material. Y ahí comenzó el viaje de desgaste de “Alita: Ángel de combate”. Las dos OVAs con las que contó simplificaron enormemente la carga metafísica de la historia original –cosas de la crisis- y sembraron las bases de lo que con los años sería una perversión interesada del manga. VIZ Media llevó primero la obra a Estados Unidos cometiendo una tropelía con la traducción, y posteriormente ADV Films pondría la puntilla modificando el título original del manga por el nombre que hoy recibe su adaptación cinematográfica.

Robert Rodríguez no es más que el último eslabón de un teléfono escacharrado que ha ido diluyendo la esencia original de la historia de Gally -sí, eso también se perdió- durante las últimas dos décadas. Y es ahí donde entra en juego el director de “Avatar”. James Cameron se topa con un material profundamente occidentalizado del que no existe un consenso canónico tan estricto como en otras obras del género. Algo que le daba la oportunidad de utilizar a “Alita: Ángel de combate” como su chinchilla personal de cara a las secuelas de Pandora. Y eso es precisamente lo que es esta adaptación; un festival técnico y visual entretenido que se queda en el lado seguro de la barrera.

Rodríguez no enseña nada que no se haya visto antes, pero lo que enseña lo hace de la forma más impresionante y espectacular posible. El director recoge toda la experiencia adquirida en la imaginería tan carismática de “Sim City”, y se apoya en la labor técnica de Cameron para facturar un trabajo visualmente impoluto. Hace aproximadamente un año se hablaba de cómo Spielberg había logrado marcar un punto de inflexión en el uso de los efectos visuales en el cine con “Ready Player One”, pero esta película es una más que digna competidora de aquella. No se puede hablar de “Alita: Ángel de combate” sin hacerlo siempre desde su plano artístico. Y es que aunque el material de Kishiro ofrece unos personajes y una trama excelentes, el interés del director es otro bien distinto.

Alita: Ángel de combate
La relación paternofilial entre Daisuke y Alita está retratada con más pasión que en el manga.

Todo en la película está supeditado a los efectos especiales, y eso lastra enormemente el potencial del conjunto. La historia aparece presentada de forma convencional, con unos personajes más bien planos –ni siquiera la protagonista se libra-, y un maniqueísmo pretendido que busca blockbustizar todo lo posible el mejunje metafísico de la obra original. La actitud condescendiente de Fox hacia el público no es nueva en este tipo de adaptaciones, y en este caso tampoco nos libramos de diálogos mononeuronales. Por suerte para Rodríguez, entre el elenco aparecen algunas de las estrellas más talentosas de todo Hollywood. Con especial atención a Christoph Waltz y su papel paternal –un registro poco habitual en él-, y a una Jennifer Connelly habilidosa con su coco particular.

Para desgracia de ellos, la función está dispuesta y planteada con el único objetivo de encumbrar a Rosa Salazar. El nivel técnico que alcanza el motion-capture en esta película permite a la actriz traspasar el CGI, y la propia pantalla, con un trabajo de gesticulación y expresión facial sobresaliente. Con la pelota del tamaño de los ojos fuera del tejado, Salazar es capaz de hechizar cada escena haciendo que los personajes a su alrededor orbiten obnubilados ante su infinito rango de emociones. Rodríguez es consciente de que la protagonista es su mejor as, y no duda en sacarle el mayor partido posible mostrando todas las caras posibles de ese dado.

Alita: Ángel de combate
El preciosismo de ciertas escenas encumbra a Cameron como maestro del VFX.

Confusión, tristeza, alegría, miedo… A lo largo de las dos horas de metraje Alita experimenta los sentimientos humanos más importantes. Punto crucial gracias al cual la película se salva de la monotonía. Y es que aunque Salem es absolutamente descomunal, y las escenas de acción son pura dinamita, a la cinta le termina pasando factura la saturación visual. Es Salazar la que recoge todo ese empaque de efectos especiales, y los ata al suelo con una interpretación creíble y profunda. El resultado general es un binomio arrollador de talento actoral y efectos visuales impertérritos ante las cavilaciones del flojo guion. Ahora bien, el maquillaje no logra tapar todo el acné.

Mientras que la trama principal de autodescubrimiento y venganza se mantiene siempre en lo más alto sin perder aliento, el componente romántico –metido con calzador por el estudio- desdibuja todo el conjunto. Hugo, el chico guapo de turno que encandila a Alita, es un saco de tropos y clichés a cada cual más molestos. Poco puede hacer Keean Johnson con un personaje que solo sirve de macguffing para el desarrollo emocional de la protagonista. Ciertas escenas “supuestamente” climáticas parecen sacadas de otra época, como si Rodríguez se hubiera quedado atascado en las romcom de principios de los 2000. Es imposible ignorar esta mancha incrustada tan verticalmente en todo el guion. Pero qué mas da, aquí hemos venido a ver espectáculo, y de eso Rodríguez sabe mucho.

Alita: Ángel de combate
La escena del Motorball justifica por sí sola toda la adaptación.

Para los fans del manga, el director dispone algunas escenas uno a uno con el material original que hará realidad los sueños húmedos de muchos, y para el resto, dispone un empaque de acción y testosterona más que competente. “Alita: Ángel de combate” no inventa nada, ni deja un poso tan interesante como la denostada “Ghost in the Shell”, pero a cambio sabe disfrazarse de blockbuster palomitero con máxima efectividad. Es torpe con las palabras, pero majestuosa cuando pasa a la acción. Una película que no pide nada a cambio, y regala una experiencia tan naíf como visceral que cumple con su prometido.