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Análisis Rad Rodgers

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Análisis Rad Rodgers

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Hay un nicho de juegos con los que, de mayor o menor manera, siempre he sentido una especie de conexión, de enganche, algo que me invitaba a probarlo a pesar de tener mal aspecto o llevarse más de un palo en lo que a críticas se refiere. Los videojuegos de plataformas son ese plato del que siempre se saca algo positivo en mayor o menor medida, y, tal vez por eso, se convierte automáticamente en un género que me fascina.

Inevitablemente, los recuerdos de la infancia colaboran en que esa fascinación se torne una realidad, puesto que antes el género era quien reinaba por encima de cualquier género. En esa época de gran reconocimiento, en esos recuerdos en los que por momentos combinabas el plataformeo puro y duro que te ofrecía un videojuego como Super Mario World, también te topabas con videojuegos que combinaban las mecánicas de moverte por niveles, mezclándolo al ritmo frenético de las balas en Contra o en un añejo título que me divirtió una barbaridad en su época, los títulos de Jazz Jackrabbit. Precisamente, cuando jugué por primera vez al videojuego protagonista de este análisis, fue ese título de Cliff Bleszinski el que me vino a la cabeza, y es que Rad Rodgers bebe constantemente de esos títulos tan olvidados—injustamente, por supuesto—por el público de hoy en día.

Bebiendo del pasado

Tras la presentación de Rad y de contarnos cómo un niño aficionado a los videojuegos acaba siendo absorbido y se torna como el protagonista de una aventura surrealista en su propio videojuego, Rad Rodgers ya hace su primera aparición con un guiño a Duke Nukem y el mítico es hora de patear algunos culos que puso tan de moda el jactancioso personaje. Y es algo que, sin meterlo con calzador en ningún momento, funciona como una técnica más para aumentar esa sensación de nostalgia; sí, si alguien pensaba que Rad Rodgers no bebía del pasado, está tremendamente equivocado. Y no es cosa de los guiños que nos podemos encontrar a lo largo de la aventura, la inspiración de Rad Rodgers en los videojuegos del pasado está presente en su jugabilidad.

Si bien es cierto que antes los videojuegos de este estilo se ceñían al guion de superar obstáculos y lograr llegar de un punto A al punto B, y que Rad Rodgers se encarga de editar un poco esta praxis como ya veremos más tarde con algún que otro añadido, la mayoría del tiempo que empleamos en el título, nos lo pasamos disparando a nuestros enemigos. Pero como decía anteriormente, el título se permite innovar con unos cuantos detalles que, si bien sencillos, le otorgan personalidad a la obra.

Iremos sorteando los diferentes enemigos y enfrentándonos a ellos con distintas armas y en diversas situaciones para llegar al final de la pantalla, hasta ahí todo parece como un juego corriente más, pero es en sus pequeños detalles cuando nos topamos con el punto de personalidad otorgado al juego. Para concluir los niveles que se nos ofrezcan, deberemos encontrar 4 piezas que conformarán la llave que permitirá a nuestro héroe pasar a la siguiente misión, pero en nuestro camino deberemos hacer uso tanto de las armas, como de pequeños giros de tuerca donde entra en juego nuestro compañero de fatigas; la consola Dusty será quien acompañe a Rad en las peligrosas misiones que nos ofrezcan, y como personaje secundario que es, tendrá su propia funcionalidad. Además de utilizar a Dusty para ejercer justicia a base de puñetazos contra nuestros enemigos, y teniendo en cuenta que estamos dentro de un videojuego, harán aparición algo tan común en los días que corren como los bugs que tomarán forma de objetos que no están en pantalla, o a la inversa, objetos que sobran e impiden el paso de nuestro personaje.

Además de servir como crítica a cómo se toma la industria hoy en día el desarrollo de los videojuegos, nuestra obligación será manejar a Dusty a través de un mundo paralelo con el fin de neutralizar esos objetos que sobran, o poner esos objetos que faltan. Con una barra de energía a modo de vida, deberemos o bien abrirnos paso entre los objetos que nos intentarán arrebatar la vida, o bien resolver puzles que, en alguna ocasión se tornan algo complejos, pero no suele ser así. De hecho, aunque se aplaude la originalidad, los puzles se quedan o bien fáciles para el público adulto o, en ocasiones, complejos para el público infantil, sin existir el punto medio que debería ser lo ideal para estos casos.

Teniendo en su poder un universo mágico, muy bien logrado y con algún que otro punto de originalidad como el constante humor negro que se utiliza—siempre que estemos jugando a la versión recomendada para un público adulto—Rad Rodgers se hace muy entretenido en su corta premisa—apenas ocho niveles en su haber—, pero patina en diferentes ocasiones por fallos de diseño que podrían haber sido corregidos con relativa facilidad.

Rad Rodgers es un título donde la IA se torna, en ocasiones, un manojo de errores; enemigos que se quedan parados ante nuestros ataques, otros que no responden si les disparamos o, en otros casos, que ni siquiera nos ven. No es una praxis que ocurra con una frecuencia alta, pero cuando ocurre, te saca completamente de la ambientación. En cambio, por otro lado, si la IA a veces no funciona como un enemigo lo suficientemente mortal, los saltos mal diseñados en algún que otro punto del juego, harán las veces de estos enemigos mortales y si, para más inri, se juntan con los fallos de cámara—que sobre todo salen a pasear en la última y antepenúltima misión—el juego echa por la borda una buena parte de su gracia.

Conclusiones

¿Aun con todos estos errores es disfrutable la nueva obra de Interceptor Entertainment? La respuesta podría variar en según qué momentos del juego, pero Rad Rodgers se convierte en un título que lo que busca es entretenimiento a base de una mecánica que, en ocasiones, parecen olvidar los desarrolladores. Rescata la esencia del videojuego que es disfrutado sin pretensiones, sin encontrar nada que sea mágicamente único, pero consiguiendo su objetivo principal: hacer pasar un buen momento con pequeños traspiés en su recorrido.

El diseño de los escenarios y de todo lo que conforma—el modo foto es todo un acierto para el título—se juntan con una jugabilidad con sus peros, pero cumplidora, para ofrecer una buena alternativa que sobretodo disfrutarán los más pequeños de la casa, pero que no hará ascos a aquellos adultos que crecieron a lomos de videojuegos como Commander Keen o Jazz Jackrabbit.

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