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Crítica de True Detective 3: El retorno del rey noir

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Crítica de True Detective 3: El retorno del rey noir

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Dicen que segundas partes nunca son buenas, pero nadie habló de las terceras. «True Detective» es uno de los grandes paradigmas de la ficción televisiva de los últimos años. La serie que se convirtió en fenómeno, que creó un subgénero por sí misma, y que derivó en decenas de copias defectuosas, bajó tan rápido a los infiernos como había subido al cielo. Nunca una serie había sido tan dependiente de una sola persona como esta -ya- saga. Nic Pizzolato se convertía en el hombre responsable del milagro de la primera temporada, pero con su marcha, también en el principal culpable de la desastrosa continuación. Sin embargo, siempre hay tiempo para perdonar, y ahora que está de regreso, todo vuelve a encajar.

Ni está Matthew McConaughey ni está Woody Harrelson, pero el sello autoral del showrunner es tan intenso, que las nuevas fichas puestas sobre el tablero funcionan igual de bien. La tercera temporada que ya prepara su llegada a HBO viene con una carta de presentación bastante evidente, y la lección aprendida. Pizzolato retoma la serie como si el tiempo se hubiera detenido en 2014, e ignorando todo lo sucedido con la segunda temporada, teje una nueva historia plagada de reminiscencias a su obra magna. Sí, ni la ambientación ni los personajes son los mismos, pero todo recuerda a Rust y Marty. Y eso es una gran noticia.

Esta crítica está elaborada a partir de los dos primeros episodios.

«True Detective» abandona la humedad pantanosa y plomiza de Lousiana para abrazar la decadencia fría y descorazondora de Arkansas. La tercera temporada nos devuelve a los años 80 para narrar un nuevo y misterioso caso; el de dos niños de familia humilde que un día tras salir a jugar desaparecen sin dejar rastro. Wayne Hays y Roland West (Mahershala Ali y Stephen Dorff) se hacen cargo del caso, y comienzan a investigar lo que en un principio aparenta ser una simple desaparición. Sin embargo, la apatía de los agentes arrastrada de una vida monótona y sin motivaciones, no tarda en tornarse burbujeante.

Hays y West se ven involucrados en una red conspiratoria de tráfico de influencias que trasciende varias capas de las instituciones, y que encuentra su raíz en un extraño culto satánico. Aunque a Pizzolato le gusta insinuarse y huir de las respuestas fáciles, no puede evitar recaer en referencias abiertas al abuso ritual satánico o ARS. Este sirve como pilar narrativo de toda la temporada, y repite como macguffing esta vez de un viaje perturbador por la mente de un hombre paranoide. «True Detective» persigue de nuevo el valle inquietante al sacar a superficie un episodio nacional que dejó fuertes secuelas en el subconsciente de toda una generación.

True Detective
Vuelven las secuencias infinitas y el regusto plomizo.

El abuso ritual satánico derivó en los años 80 en un caso de pánico social cuando aparentes denuncias por maltrato a menores terminaron convirtiéndose en el esqueleto en el que miles de personas depositaron conspiraciones de escala global.  Las élites más ricas y poderosas del país resultaban estar siguiendo un culto satánico que incitaba a secuestrar a niños para emplearlos como sacrificios humanos, y objetos sexuales. El showrunner, aficionado a lo esotérico y escabroso, ve aquí un caramelo que no puede dejar escapar. Pizzolato consigue codificar lo suficiente el mensaje para crear un contexto hipnótico similar al visto en la primera temporada.

Pero si «True Detective» consigue volver a brillar no es por el qué, sino por el cómo. Tras la infinidad de problemas de producción de la segunda temporada, y la pesadilla vivida con Cary Fukunaga, HBO decidía abandonar el comité de nombres para dejar plena libertad creativa a Pizzolato. El cineasta toma la oportunidad para hacer y deshacer a su antojo planteando un esquema narrativo que para muchos otros showrunners significaría el suicidio: los saltos temporales. La historia de la tercera temporada está narrada a lo largo de 17 años, y dividida en tres momentos de la vida de Hays; cuando inicia el caso, cuando vive las consecuencias de su resolución, y cuando se reabre años después. Si por si eso no fuera ya complicado, el detective sufre de alzheimer.

Es fácil ver a dónde apunta Pizzolato. Regresan los puzles mentales, las pistas falsas, y el suspense. Según pasan los episodios la mente de Hays lo va superponiendo todo, haciendo indistinguible lo verdadero de lo falso. Una experiencia que recuerda a la primera temporada, y que lejos de sentirse reciclada, sigue funcionando igual de bien. Cada salto, cada memoria incompleta, y cada pista, te va enredando en ese maremágnum de desconcierto tan hipnótico. Para lograrlo el director no echa mano de recursos engañosos, al contrario; el ritmo es lento, y las miradas desnudan. Es el contexto el que deja las pistas necesarias para que el espectador construya.

True Detective
Ejogo aporta contraste al personaje de Ali, pero no logra imponerse a la centrigufadora.

Ahora bien, aunque el atrezzo recupera la calidad de antaño, los actores no terminan de brillar igual sobre el escenario. Mahershala Ali no tiene mucho que hacer con un personaje destinado a aburrir más que intrigar, y el resto del reparto, encabezado por Carmen Ejogo, no termina de definirse entre tanto salto temporal. Pizzolato está tan concentrado en hacer girar y saltar la historia, que se olvida de hacer interesantes a sus personajes. Ya bien sea porque son clichés insípidos –profesora inteligente y maternal, superior de policía prepotente, etc- o porque no terminan nunca de encajar en el caso -Dorff pasaba por allí-. No son malas actuaciones, pero sí intrascendentes. Por suerte la historia es capaz de sustentarse sin ellas.

La tercera temporada de «True Detective» desanda el camino para retomar la senda que la hizo famosa hace ya cinco años. Pese a las diferencias creativas de la producción, todos los directores que han pasado por ella logran aportar un sello distintivo que devuelve el suspense y el horror a la primera línea de combate. La «Green Room» de Jeremy Saulnier, el «Deadwood» de David Milch, y el «Expediente X» de Daniel Sackheim se combinan en un cóctel de buen gusto que reafirma a Pizzolato como barman.

Los detectives vuelven a pinchar hueso pero ya no en la iglesia. Su foco ahora está en la oligarquía, en la crítica hacia la guerra de Vietnam, y hacia el individualismo más feroz. El amargor de «True Detective» ha vuelto, y eso es de celebrar.

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Escribo mucho y a veces bien. Lidero un equipo de patatas. Seguidor incondicional de Inio Asano. Otaku pero no mucho.
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