La Peste termina siendo una experiencia histórica irresistible

La Peste

La Peste termina siendo una experiencia histórica irresistible

Una gran ficción que volverá con una segunda temporada

La Peste termina siendo una experiencia histórica irresistible
 

“La Peste” es la serie más vista en Movistar+, por encimas de producciones internacionales del calibre de “Juego de Tronos” y el comienzo de su séptima temporada; es por ello que ha sido renovada por una segunda temporada, pero antes de hablar más sobre el futuro, queremos recopilar lo que nos ha parecido la serie al completo después de haberos traído el análisis del piloto.

Os recomendamos, como siempre, ver esta producción de Alberto Rodríguez y Rafael Cobos, ya que algunas de las experiencias que hemos sentido al verla sólo se pueden sentir poniéndose delante de la pantalla. No vamos a decir que es una serie perfecta, ya que tiene errores y aciertos, y es así como vamos a presentar esta crítica general: hablaremos tanto de lo bueno, que es mucho, como de lo poco, que también es algo. Pero ya estamos observando que todo lo que publica Movistar+ tiene un sello propio de calidad y autoría muy importantes.

¿Qué tiene de bueno La Peste?

Su argumento (que no su guion) nos ha gustado mucho. ¿Por qué? Estamos ante una época bastante oscura en la Historia española no solo por tener momentos difíciles y reinados complicados, sino por no haber tanta información como para tener un conocimiento tan exacto como en otros períodos históricos. Es por ello que lo que nos cuenta “La Peste” tiene mucho de real (mención a la corona y su afán recaudatorio, división de clases, la Inquisición y su terrible papel en este momento de la Historia…) como de ficción (algunas decisiones sobre la construcción de sus personajes, el propio crimen que se está estudiando, que sin ser irreal, está muy ficcionado).

Los primeros episodios de la serie oscilan entre un ritmo lento y un argumento que nos va atrapando. ¿Por qué? Una buena parte de la culpa la tienen sus personajes: un protagonista que es interpretado magistralmente pese a las aristas de su propia personalidad, una pintora que debe ocultarse tras el nombre de su padre para poder vender, un joven rebelde que ha perdido a su padre y debe reencontrarse a sí mismo, y un burgués que es el símbolo mismo de la burguesía, valga la redundancia, y que muestra tanto arrogancia como humanismo.  El tramo final, por su parte, es una explosión de buen gusto y, aunque algunas de las tramas quedan cerradas, era obvia su continuación.

La representación arquitectónica de Sevilla también brilla por sí misma gracias al papel de los encargados del arte y escenografía, que hacen un trabajo de diez tanto en construcción de decorados como en la elaboración de fondos por ordenador que no parecen artificiales. Su documentación también revela un importante trabajo detrás no solo en calidad sino también en cantidad de horas.

El vestuario, por su parte, siempre es un elemento muy cuidado en las ficciones españolas, aunque aquí tenemos una riqueza de ropajes que se nos ven muy acertados: cada personaje se caracteriza en sí mismo no solo por su personalidad, sino por su ropa que lo coloca en una clase social. Además, los personajes se muestran sucios: en una Sevilla asolada por la peste, es normal encontrar una población con falta de higiene, por lo que el maquillaje era un elemento importante.

¿Pero qué falla?

El ritmo de la serie no es un problema de guion sino de escritura: adaptarse al tempo de las series viniendo del mundo cinematográfico es complejo. No es lo mismo escribir una historia de dos horas, que una de seis y dividirla en seis episodios. Necesitas arcos argumentales que se abran y se cierran, giros de guión que no hagan que el espectador se despiste y tramas secundarias bien construidas bajo la principal. Aunque se ven algunos destellos de luz en cuanto a forma, el ritmo es desigual: los primeros episodios se nos hacen lentos; los últimos, se encadenan y parecen ráfagas de imágenes sin dejar de sucederse.

Ahora llega el momento de hablar de sonido, elemento de polémica desde su estreno en diferentes redes sociales: hablan andaluz, sí, y sus diálogos son muy realistas con el lenguaje de la época, está claro. Pero hay ciertas deficiencias técnicas (que no de dicción) que provocan que el diálogo se recoja con problemas. Estos errores hacen que el espectador no entienda lo que se dice en determinadas escenas, sobre todo, en las que los planos son excesivamente cortos. Y lo dice un andaluz como yo, que está residiendo en Sevilla, y que convive día a día con personas de la zona.

Por último, como elemento negativo del apartado de escenografía, hay zonas determinadas que destilan un aroma a cartón piedra que se desluce con unos interiores muy naturales. Hablamos sobre todo de la zona del mercado, en las que las columnas y los arcos son muy diferentes en realismo al resto de lugares.

Una serie que logra ser cine, y del bueno

Lo bueno de la serie es que al final, tras seis horas, tenemos la sensación de haber visto una película, y de las buenas. Se nota mucho la mano de Alberto Rodríguez en la dirección y de Rafael Cobos (junto a Rodríguez) en el guion: algunos momentos recuerdan mucho al estilo de “La Isla Mínima” (el crimen y su investigación) y a “Grupo 7” (el retrato de Sevilla y de una sociedad consumida por la enfermedad en este caso, por la corrupción y la delincuencia en aquel).

La fuerte experiencia de ambos logra crear un producto casi redondo, con algunos fallos de ritmo y de técnica que podrán ser subsanados en la ya confirmada segunda temporada. Y para terminar, no recuerdo tanta pasión por una serie española como se está viviendo por “La Peste“, sobre todo si hablamos de Sevilla, una ciudad invadida por publicidad en sus calles, con mensajes que nos recuerdan que la peste existió y con ratas que pululan por las calles (metafóricamente, ya que son parte de marketing publicitario) para asustar a sus transehúntes. Pronto os revelaremos cómo es esa estrategia transmedia.