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Crítica de Toy Story 4: Hasta el infinito y más allá

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Crítica de Toy Story 4: Hasta el infinito y más allá

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El falsete podría haber desecho la tensión climática construida desde finales de los 90, pero el experimento ha terminado potenciando de forma espectacular la carga emotiva que Pixar había cocinado en sus orígenes. Con “Toy Story 4” se pone punto y final a una de las sagas de animación más importantes de la historia. Un universo que parecía haber dicho adiós tras su tercera entrega, pero que vuelve casi una década después para cerrar flecos en una suerte de epílogo homenaje al vaquero y al carpe díem del estudio.

El ejercicio de equilibrismo no era nada sencillo. Al estudio no le bastaba con sintetizar todo su aprendizaje técnico y narrativo en una aventura épica más. El contexto requería de un esfuerzo multidisciplinar capaz de sustentar una pesada carga nostálgica, y de esquivar al mismo tiempo los imposibles de un desenlace satisfactorio. No importaba ni la elegancia psicológica demostrada en “Del revés”, ni los pinitos realizados en la propia saga, Josh Cooley tenía ante sí una empresa a la que ningún otro director de la firma se había enfrentado con anterioridad. Varias generaciones, con propósitos y filosofías distintas, necesitaban reconectar con el punto de anclaje que Pixar había insertado en sus infancias.

Pero “Toy Story 4” era una quimera tan compleja y desafiante, que de su nacimiento no podía florecer una actitud complaciente. La última producción de la franquicia responde con firmeza a todos esos propósitos escritos y no escritos, pero además continúa volando hasta alcanzar un infinito de sensaciones invencibles. La gran cantidad de años que el estudio ha pasado con los personajes permite tejer un relato seguro de sí mismo, capaz de obrar a placer entreteniendo, emocionando, o entristeciendo a placer. Y lo más importante de todo, gestionando de forma honesta y trasparente los temas que la franquicia había portado como leit motiv desde sus orígenes.

¿Cómo lo consigue? Cooley sortea con habilidad la cronología de la saga apostando por un flashback que le confiere espacio suficiente para narrar su propia aventura sin distorsionar ni crear paradojas extrañas. El punto de partida es un accidente que desembocará en la pérdida de uno de los juguetes más importantes de Bonnie. El suceso posee tanto impacto en la vida de Woody, que la habitación cambia para siempre durante los años posteriores. Sin embargo, “Toy Story 4” no tarda en recurrir al poder inherente de la amistad, desdibujando sus propias normas para buscar la confrontación temática.

Toy Story 4

Forky, el tan llamativo tenedor de plástico presente en todas las promociones, sirve de puente narrativo para una cinta que busca simbolizar el paso del tiempo y todo lo que supone madurar. El vaquero va poco a poco dejando atrás la nostalgia atada a las vivencias compartidas con Andy, para abrazar un futuro protagonizado por el espíritu de una niña tímida pero de gran corazón. En un alarde de creatividad, Bonnie rompe las leyes naturales impuestas por la saga, y transforma unos restos de basura en un juguete. El resultante de dicho experimento es un ser nihilista que no termina de comprender su propia existencia, y que termina sirviendo de puente para la deconstrucción simbólica de la franquicia.

¿Qué es un juguete? Esta pregunta sirve de andamiaje para el guion más profundo de la saga. Ahora bien, las incisiones que Cooley va ejecutando a lo largo de los 100 minutos de metraje no son lo explícitas que cabría esperar. “Toy Story 4” destila un olor a despedida permanente, pero no renuncia a las señas de identidad de la franquicia; vuelve la aventura de corte trepidante, las largas secuencias de persecuciones, y la camaradería del grupo. La construcción climática que recorre la producción durante sus primeros tres actos sirven por un lado para que Pixar ponga de manifiesto el perfeccionamiento técnico alcanzado, y por otro para que los espectadores se recreen en un sentir más que familiar.

Toy Story 4

Cierto es que la obsesión por tender paralelismos entre el espectador y el vaquero dejan en un doloroso segundo plano a algunos personajes muy carismáticos, pero la apuesta por romper moldes permite la llegada de otros juguetes increíblemente memorables. Empezando por Bunny y Ducky -una suerte de Abbott y Costello pasado de revoluciones-, siguiendo por Gabby Gabby -villana psicótica de turno-, y terminando en Duke Caboom, la aportación de genialidad del Keanu Reeves más brillante de toda su carrera. Este canadiense carcomido por los complejos y la presión, es la síntesis de todos los fantasmas que quiere desterrar Woody. De esa tendencia a atarse a la comodidad de los recuerdos por miedo a perder la identidad propia.

La búsqueda de un lugar en el mundo, y las distintas formas que adquiere la individualidad de cada uno respecto a su grupo de iguales está presente en todo el reparto. Esto incluye al propio protagonista, anclado en su concepción simplista de la amistad, a Forky, aplastado por la falta de identificación y consecuente autoestima, e incluso a Bonnie, quien lucha por encontrar su sitio en el nuevo entorno social que se le presenta. La desidia lo tiñe todo de una melancolía leve pero efectiva que da peso y contundencia a cada una de las escenas. Que respira olor a desenlace, y que poco a poco va sembrando las semillas para uno de los finales más impactantes a nivel emocional de la historia del cine.

Toy Story 4

“Toy Story 4” funciona porque decide establecer sus propias normas de juego desligándose de expectativas imposibles de cumplir. Porque entiende de dónde viene, y sabe cómo moldear las respuestas a las preguntas que ha estado arrastrando durante tantos años. Pixar confecciona un broche de oro absolutamente delicioso y mágico que reverbera con una saga henchida de espíritu. La nostalgia sublima el nacimiento de una película capaz de ensanchar corazones y hacer historia. De ir hasta el infinito y más allá.

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Escribo mucho y a veces bien. Lidero un equipo de patatas. Seguidor incondicional de Inio Asano. Otaku pero no mucho.
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