Crítica de Rilakkuma y Kaoru: Una vacuna contra la soledad

Absolutamente preciosa

Crítica de Rilakkuma y Kaoru: Una vacuna contra la soledad
 

La cultura de lo kawaii (可愛い) va mucho más allá de lo estético. Nacido como una herramienta de mercadotecnia, este adjetivo ha ido absorbiendo acepciones con el paso de los años hasta convertirse en una cultura. Un término que englobaba, por supuesto, la concepción de lo “adorable” desde la perspectiva infantil japonesa, pero que lograba construir una idiosincrasia fácilmente identificable. Bajo ese paraguas a Occidente llegaba la famosa Hello Kitty, pero en las islas muchas otras compañías se sumaban a la moda de lo “bonito” dando vida a una colección casi infinita de peluches.

En 2003 una trabajadora de la firma de merchandising San-X  llegaría a la idea que revolucionaría el mercado de la fauna “cute”. Los empleados tenían la obligación de crear un personaje nuevo cada mes, y eso es precisamente lo que hizo Aki Kondo. Tras ver decenas de programas sobre perros, esta empleada deseaba tener su propia mascota. Pero la falta de tiempo y el estrés del día a día se lo impedían. Así nació Rilakkuma y Tarepanda, dos animales de aspecto kawaii que marcarían un antes y un después en el país. El oso llegaría con el paso de los años a convertirse en el quinto personaje más popular de todo Japón.

¿A qué viene todo esto? Desde los ojos de un espectador Occidental la llegada de “Rilakkuma y Kaoru” puede sentirse ajena, incluso caprichosa. Pero la nueva serie producida por Netflix no es más que la punta del iceberg de un imperio gigantesco que ahora parece querer extender sus alas por todo el mundo. Sin embargo, esta adaptación animada poco o nada tiene que ver con los libros, especiales, y productos de marketing nacidos de la franquicia. La animación stop-motion de aspecto inocente y cursi esconde una de las historias más dramáticas y tristes que ha dado este género en los últimos años.

Su formato episódico de 10 minutos de duración con historias autoconclusivas podía invitar a pensar que el objetivo de la producción no pasaría del mero entretenimiento visual. Pero lo cierto es que a lo largo de su primera temporada, la adaptación consigue hilar un relato con tensión propia y con un desarrollo de personajes más que interesante. No desde el punto de vista de los acompañantes animales –que permanecen como simples recursos cómicos- sino desde el mundo interior de Kaoru.

Nos topamos con el paradigma de la juventud en Japón. Kaoru es una joven formada y competente atrapada en un trabajo mal remunerado y monótono. Los ritmos laborales y el ganbaru (頑張る) -la cultura del esfuerzo nipona- la ha ido recluyendo en su propio mundo. Se ha quedado sin amigas, su familia no deja de presionarla, y sus objetivos en la vida se resumen en llegar a final de mes sin morirse de hambre.

Rilakkuma y Kaoru

La soledad es un tema recurrente que recubre toda su historia, y que dota a la serie de las herramientas necesarias para alcanzar la moraleja. Y es que sí, “Rilakkuma y Kaoru” no es una disertación filosófica sobre las relaciones humanas, sino una simple inyección de espíritu a la que es fácil adherirse.

El esquema que sigue para alcanzar ese positivismo naíf es sencillo. Los episodios se organizan en aventuras de corto recorrido que siempre tienen como eje central algún complejo de Kaoru; La indecisión, la inseguridad, la falta de habilidades interpersonales. En cada uno de los capítulos se toma como base una de estas fallas para desarrollar un relato –casi siempre anecdótico- que desemboca en el aprendizaje.

En el primer episodio Kaoru se dirige a celebrar el Hanami (花見) con sus amigas como lleva haciendo año tras año, pero nadie acude al encuentro. Ellas han cambiado, han evolucionado y tienen sus propias vidas. Pero Kaoru no. Ella ha sido incapaz de seguir hacia adelante.

En cualquier otra serie esta premisa abriría las puertas a una conclusión amarga sobre las amistades y la soledad, pero en “Rilakkuma y Kaoru” sirve para buscar un resquicio de luz. Y es ahí donde entran en juego las mascotas. Unos animales que no hablan -se limitan a hacer sonidos guturales- pero que siempre están ahí. Kaoru en realidad no está sola pero no lo sabe.

Rilakkuma y Kaoru

El episodio cierra con la frase “cada flor crece en una época diferente”, liberando toda la tensión de la protagonista, y colocando a los tres animales como respuesta ante las injusticias de la vida. Esta fórmula, que no es baladí -se repite durante toda la temporada-, responde al fuerte colectivismo que caracteriza a la sociedad japonesa.

Para sobrellevar el sacrificio que supone vivir en una cultura así, la serie mete de por medio a Rilakkuma, Korilakkuma y Kiiroitori. Tres personajes cuya única misión pasa por “estar”. Por recibir siempre a Kaoru cuando llega a casa de trabajar, y hacerla sentir que está en familia. Su aspecto kawaii y su incapacidad para gesticular palabra los sitúa como referentes cómicos ideales. La adaptación, de hecho, se apoya en sus interpretaciones corporales para buscar siempre un humor blando que no busca la carcajada, pero que sí suscita sonrisas entre tanta capa de dramatismo.

Rilakkuma y Kaoru

A ello le acompaña un apartado artístico deslumbrante. Un stop-motion con un encanto particular que dota a la producción de una personalidad única, y que sirve de contraste para la temática algo oscura de la narrativa. Su importancia además sobrepasa el simple aspecto estético, y llega a fundirse con la evolución de la propia Kaoru. De ahí que el paso de las estaciones sea tan importante; Cómo todo va cambiando con el tiempo, pero ella y su familia permanecen inmutables, intentando adaptarse a cada dificultad del camino.

“Rilakkuma y Kaoru” es en definitiva una sorpresa agradable, una prueba más de la capacidad que posee la animación para tratar temas de relevancia desde un enfoque único. Quizás su escasa promoción sumado a su aspecto infantil limiten el alcance de su estreno, pero para todo aquél dispuesto a despojarse de sus prejuicios tendrá ante sí la oportunidad de recibir un abrazo caluroso de realidad.