Crítica de Hisone y Masotan: Amor como reinvención del mecha

Bones cose una de las experiencias más entrañables de la última década

Crítica de Hisone y Masotan: Amor como reinvención del mecha
 

La saturación de un género en el anime se ha convertido en el pan de cada día para la industria. Decenas y decenas de series nuevas llegan cada temporada, y de todas ellas pocas, o ninguna, aportan absolutamente nada nuevo al lenguaje del medio. “Hisone y Masotan” es un soplo de aire fresco que respira personalidad propia por cada uno de sus poros, y que se ayuda de un apartado artístico atípico para romper la monotonía de CGI aberrante, lolis que rozan la pederastia, y romances cliché entre escolares. Cuando este anime apareció por primera vez la pasada primavera, el público japonés se acercó a él con la misma precaución de alguien que se aproxima a algo desconocido y extraño. Lo que descubrieron por entonces es una obra atractiva por fuera, pero increíblemente bella por dentro.

Dragones que se transforman en aviones de combate, y unas pilotos que se introducen en en ellos para pilotarlos como si fueran EVAS. La premisa de esta serie es el sueño de cualquier niño, la idea bizarra que se le ocurre a alguien de fiesta. Sin embargo, el sello Bones pronto desenmascara esa fina máscara vulgar de explosiones y fanservice. El estudio presenta un gran trabajo de animación al servicio de una premisa que espera el tiempo prudente para dar un giro temático de 360 grados. Y es que Hisone y Masotan” está en las antípodas de lo que pretende parecer, es un corderito vestido de lobo.

Hisone Amakasu es una novata en la base situada en Gifu de la Fuerza de Autodefensa Aérea de Japón. Decidió unirse al cuerpo para distanciarse de las personas ya que durante toda su vida le había resultado difícil interactuar con los demás debido a su estilo directo de comunicarse y a sus involuntarias y constantes palabras hirientes. La decisión de Hisone provoca que su vida cambie cuando el “OTF” – Organic Transformed Flyer (Volador Biotransformado) o dragón – oculto dentro de la base la elige para que sea su compañera. Ese suceso oportuno la lleva a descubrir su destino como piloto de dragón durante su ascensión a los cielos. Según la leyenda, se cree que los dragones poseen una llave para desbloquear el futuro del mundo.

“Hisone to Masotan” no es una serie de mechas, escenas de acción espectaculares, y música estridente. La historia que nos presenta la brillante Mari Okada es un breve dibujo del amor y todas las formas que este puede tomar. Pronto queda claro que los dragones no son armas, ni objetos con los que comerciar, sino series vivos, y como tales, se les trata con respeto y sensibilidad. La conexión que estas criaturas milenarias establecen con sus pilotos es el eje principal sobre el que Bones va desarrollando a sus personajes. Un vínculo que emprende siempre la criatura, y que se basa en la comprensión y ayuda mutua, un nexo tan puro que se ve contaminado con mucha facilidad.

La conexión entre el piloto y su compañero es el eje central de esta tormenta amorosa

Shinji Higuchi, director y animador que ha trabajado en las dos primeras películas de Evangelion arrastra aquí ese concepto de sincronía entre el piloto y la máquina. Su obsesión por los encajes de piezas y ensamblajes de criaturas artificiales se deja notar en casi cada aspecto del anime. En el caso de la locura “gainaxiana” de Ano la base de la relación era aprovechada para explorar el concepto de alma aplicándolo a distintas lecturas religiosas y filosóficas. La serie de Netflix no crece tanto en profundidad, como sí en extensión. El amor es diseccionado desde distintos ángulos, y puesto a prueba en todo tipo de contextos. Todos los personajes de la serie presentan algún tipo de inseguridad o carencia emocional que los lleva a no quererse a sí mismos. Hisone es el mayor exponente de esta falta de autoestima.

Los dragones sirven como apoyo moral y sentimental de las pilotos. Completan la parte de sus vidas que falla, y los ayuda a salir adelante con una nuevo propósito en la vida. Esta propuesta permite al estudio ir generando distintas dinámicas que favorecen el desarrollo de las protagonistas sin entorpecer la trama más general y genérica de la serie. Y este es quizás uno de los principales problemas de “Hisone to Masotan”. Existen dos series distintas, que a pesar  de ser dependientes la una de la otra, no consiguen solaparse con naturalidad. Mientras la primera mitad de los episodios sirve como introducción a los personajes y las mecánicas de los dragones, la segunda cambia por completo de tono y se lanza a proceder con esta disección del amor, mientras conduce la trama por un cauce no demasiado sorprendente.

Los comandos interiores del dragón están recreados con una interfaz ligera que no rompe la inmersión

Este cambio sucede sin apenas transición, y genera cierta interferencia con la conexión que se construye hasta el momento. Se siente como si el equipo de producción estuviera testando el concepto general de la serie para presentarlo posteriormente con su verdadera forma. Si bien el ritmo y la profundidad de los episodios mejora en el segundo tramo, la dirección se vuelve cuasi monotemática y olvida por completo el desarrollo de personajes. Algo especialmente problemático si tenemos en cuenta que es en este momento cuando se presentan más caras nuevas. Los clichés empleados como borrador para incluir a gran parte del elenco no son aprovechados posteriormente para crear personalidades con entidad. Salvo Hisone y Nao, los demás son dibujos estáticos cuya única función es la de encajar en la historia como piezas fijas.

Aún con todos estos peros, la consistencia nunca desaparece. La producción de Bones es increíblemente sólida, y los valores artísticos muestran una gran flexibilidad a la hora de encajar con las variaciones del guion. Sobre el suelo la animación transmite tranquilidad, los colores vivos ayudan a la canalización posterior del dramatismo que viven los personajes, y lo que debería ser intimidación por parte de los dragones se convierte en empatía hacia ellos. Esa red de conexiones personales desaparece por completo sobre el aire. Es ahí donde el trabajo de Shoji Kawamori brilla con especial soltura. Los planos aéreos y el movimiento de los dragones son absolutamente espectaculares. La conexión especial entre criatura y piloto fluye gracias a un CGI casi artesanal.

La luz y el volumen de las nubes roza lo absurdo en las escenas aéreas

 

Ahora bien, cuando hay que ponerse serios, el anime sabe girar hacia un verso más oscuro sin perder un ápice de solidez. A diferencia de otros trabajos, aquí Bones no busca tanto impactar con grandes escenas de acción, como sí transmitir el dolor de sus personajes a través del vuelo de los dragones. La serie hace un gran trabajo comunicando cosas con el lenguaje no verbal. Dicen más las miradas y los gemidos de las criaturas que las órdenes de los superiores o los monólogos pseudocómicos de Hisone. Las secuencias largas sin diálogos son habituales, mientras que selección de las piezas musicales envuelven los momentos más incómodos o climáticos. Haru Yamada recupera la sensibilidad sonora de “Made in Abyss” con una selección de melodías armónicas que se siente casi como una banda sonora cinematográfica.

“Hisone to Masotan” es un balance perfecto entre comedia, drama, y romance, que vibra de manera intensa. Es el claro ejemplo de que todavía es posible contar una historia con alma y personalidad en un género inventado, reinventado, y saturado. El anime es un medio donde cabe todo tipo de mensaje, y Bones ha conseguido con este demostrar que el amor se manifiesta de muchas formas, pero siempre busca calentar el corazón .Que las apariencias engañan, y que es posible acercarse a los mechas desde una perspectiva más amable de lo que acostumbramos. La historia de Hisone y Masotan tiene claroscuros, pero cautiva como pocas series lo han conseguido hacer en la última década. Ser una galleta de nata no está tan mal.


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