Crítica de Green Book: Tócala otra vez, Sam

No es la mejor, pero sí lo suficientemente buena

Crítica de Green Book: Tócala otra vez, Sam
 

Cualquier otro año hubiera pasado completamente desapercibida, pero “Green Book” ha aparecido en el momento preciso y en el lugar indicado. Facturada con una endeble tela de clichés y tropos endulzados, la película de Peter Farelli inició su camino a los Oscar sin despertar demasiado entusiasmo, pero también sin molestar. Personajes sencillos pero empáticos, una trama naíf de grandes moralejas, y unas actuaciones correctas, retrataban a una candidata que sin hacer nada mal, tampoco deslumbraba. Entonces sucedió el cambio. Las opiniones sobre ella se polarizaron a medida que la derivada se fue alejando de la media.

La Academia, dispuesta a absorber todas las críticas y convertirlas en una ola de modernización, plagaba las nominaciones de películas transgresoras, de géneros nunca antes vistos en los premios, y de un discurso que abogaba por la negativa; el rechazo al drama académico, a las fórmulas de predominancia WASP, y en general, todo lo que había construido el funcionamiento de la institución a lo largo de 90 años. “Green Book” era el invitado que llegaba tarde a la fiesta, un caballo de Troya translúcido.

Aunque la película se presenta con un precioso y delicado vestido de gala, la fiesta a la que acude está lejos de ser de etiqueta. “Green Book” sale beneficiada de la comparación, pero al mismo tiempo sufre las miradas de todos aquellos que abanderan el cambio. En un contexto como este, la cinta de Farelli es del todo desacertada. Intenta corregir su tono agrio valiéndose de clichés que rompen constantemente la magia tejida por la historia. Es solo cuando uno se abstrae de todo lo que no es puramente cinematográfico, cuando comienza a vislumbrar el potencial y la calidad de una cinta efectista y satisfactoria.

Si el elefante quiere cacahuetes le das cacahuetes. Farelli apuesta por una crítica fácil y maniquea sobre el racismo en el Estados Unidos de los 60, y de paso vuelve a reincidir por enésima vez en las diferencias entre ese país moderno y vanguardista, e igualitario, y el sur tradicional. La excusa en esta ocasión para trazar esa paralela es un road trip literal. No hay vergüenza. Mahershala Ali da vida a Don Shirley, un virtuoso pianista de origen africano que ha logrado escapar del ostracismo propio de la época gracias al talento. Sin embargo no termina de ser feliz. Quiere vivir en sus carnes la vida que hubiera tenido si su color de piel fuera su único distintivo. Y para ello organiza un circuito de actuaciones por las zonas más tradicionales del país. Pero necesita ayuda.

Para nadar entre peces, antes deber aprender a respirar y moverte como uno. Shirley recurre a la ayuda de un matón. Tony Vallelonga (Viggo Mortensen) es el estereotipo de italo-americano de clase baja y lengua suelta. Un hombre sin escrúpulos que no se preocupa por las apariencias, y que vive feliz con lo que tiene. El tipo de persona ideal para soportar el baño de injusticia que le espera a Shirley por esas carreteras rodeadas de grandes haciendas y esclavos. “Green Book” funciona apoyándose en contradicciones gastadas y previsibles, pero funciona.

Green Book
El coche sirve de punto de encuentro para dos mundos antagónicos que aprenden y se adaptan

Los pobres y los ricos, los negros y los blancos, el norte y el sur. Todo choca en esta película de fuerzas centrípetas. Es en esa confrontación donde Farelli saca brillo a su guion. Sin grandes pretensiones la película va evolucionando de forma constante pero firme. Lo que uno espera que suceda, sucede. Los diálogos son sencillos y convencionales. Pero todo está encajado de forma perfecta. Las sensaciones que deja cada escena son cálidas y satisfactorias a pesar de que no logran tapar las visibles costuras que dejan los clichés. “Green Book” se hace de querer porque es honesta –independientemente de sus propósitos-, y porque tiene a dos estrellas en estado de gracia.

Mortensen hacia afuera, y Ali hacia dentro, los dos logran una química en pantalla como no se veía en mucho tiempo. La indiferencia inicial de ambos personajes evoluciona con el paso de los minutos en una relación cordial que llena la pantalla de entusiasmo y chispa. El uno gana profundidad con el otro mientras sus respectivas carencias se van fundiendo en un todo sin fisuras. Farelli nos mete en la piel de Shirley cuando desnuda a Tony, traspasando la pantalla con la empatía y amistad que emana de la interacción. En sentido contrario, el director nos devuelve comprensión y crítica. Cuando somos ese italo-americano rijoso intentando ejercer de justiciero, lo que florece es el análisis y la crítica.

Green Book
Farelli peca de sobreexposición y termina enseñando demasiado sus cartas en casi todas las escenas

Pero la intención de esta propuesta no pasa solo por la exposición de temas. Como buena película candidata a los Oscar, esta cinta encuentra su mensaje en una conclusión previsible y frágil que no sorprende pero sí cala; todavía hay solución, la reconciliación es posible. Farelli insiste una y otra vez en la igualdad dejando de lado el origen y la raza. Se puede criticar que el camino empleado para lograrlo no es el más original, y que no en pocas ocasiones hace trampas –mención a una escena prefabricada de lágrima fácil con esclavos de por medio- pero sabe en todo momento lo que quiere.

Al final nos encontramos con un pastiche de digestión fácil y ligera. “Green Book” ataca en corto y de frente consiguiendo todo lo que propone. Tejiendo una experiencia muy satisfactoria que sabe manejar con habilidad ritmo, temas, y demás valores de producción. Puede que no sea la mejor película favorita a unos Oscar, y que se tome en ciertos momentos demasiadas licencias exponiéndose a la crítica fácil, pero al final del día termina completando el viaje sin pinchar rueda.