Crítica de Beautiful Boy: Padre e hijo contra la adicción

Un relato inspirador sobre la autosuperación y la importancia de la familia

 

David, de 63 años, asiste a una reunión de drogadictos para conocer más de cerca el infierno por el que está pasando su hijo. Lleva varios años intentando que Nic sea el hijo al que recuerda antes de que la metanfetamina se cruzara en sus vidas. “Tú no lo causaste, tú no lo puedes controlar y tú no puedes curarlo“. La frase que cuelga en uno de los letreros de la sala es el mantra por el que se guían todos los dispuestos a abandonar el infierno de la adicción. Tres ‘C’ que para algunos supone un halo de esperanza, y para otros no es más que un clavo más en la espiral de autodestrucción. “Beautiful Boy” se apega al proceso de desintoxicación desde un enfoque documental. Lo quiere todo.

Cuando en los años 60 la MPAA de Estados Unidos levantó las restricciones del Código Hays, Hollywood se inundó con películas irreverentes que trataban el alcohol y las drogas como simples reclamos comerciales. Roger Corman se metía en la mente de un adicto en “The Trip”, pero lo hacía dejando de lado todo juicio moral. Una tendencia que cintas como “Psych-Out” instauraron en pleno apogeo hippie. Felix van Groeningen no quiere resaltar el aspecto ocioso o lúdico del consumo, sino el impacto personal que tiene en los individuos y sus familias. Con un espíritu pedagógico toma el drama de Transpotting, y lo subvierte mostrando el lado más traumático de las drogas en un relato pretendidamente incómodo.

“Beautiful Boy” no solo es el enésimo drama fabricado para conquistar a los académicos, tiene un espíritu transgresor que va más allá de moralejas maniqueas. Si bien en este subgénero no es sencillo lograr siempre lo que uno se propone, el cineasta de “Alabama Monroe” contaba con medio trabajo hecho. La historia de Nic podría ser la de cualquier joven enganchado, pero en este caso es además un relato real basado en el propio hijo de la familia Sheff, alguien que logró salir de ese mundo y terminar trabajando como guionista en algunas de las series más populares de los últimos años; ‘The Killing” y “Por trece razones”.

Cuando en 2015 Luke Davis se sumó al proyecto, se encontró con casi una década de desarrollo en la que se había producido un cambio de estudio –Amazon por Paramount-, y se había jugado con varios protagonistas y directores. El guionista de “Candy” sin embargo siempre tuvo una base muy clara; las dos novelas escritas por Nic durante su recuperación, y el artículo publicado por Dave en 2005. Padre e hijo llevaban más de una década regresando al proceso, explicándolo, y justificándolo. Un poso de reflexión que transpira en “Beautiful Boy”.

Beautiful Boy

Con un ritmo lento, y una exposición pesada, van Groeningen va narrando la vida de la familia Sheff tal y como fue. David, un periodista freelance vive con su segunda mujer, los dos hijos de ese matrimonio, y su hijo de su primera mujer; un joven de 18 años modélico. A pesar del divorcio, y de la sobreprotección paternal, Nic sacaba buenas notas en el instituto, forma parte del equipo de Waterpolo, y triunfa con las chicas. Pero entonces algo se cruza en su camino. La permisividad de David, quien veía las drogas desde su propia experiencia naíf, le abrió las puertas para subirse a un tren del que no pudo bajarse a tiempo.

De los porros, las pastillas, y las rayas, terminó cayendo en los pinchazos. Nic había dejado de ser el niño que David conocía, y se había convertido en un extraño que no pasaba nunca por casa, y robaba dinero para satisfacer su adicción. Pero su padre, atravesado por lo que estaba viendo, no podía quedarse de brazos cruzados. Es entonces cuando comienza un largo proceso de desintoxicación, recaídas varias, y mucho dolor. “Beautiful Boy” se va tiñendo de tristeza a medida que destripa una realidad perturbadora.

Beautiful Boy

A van Groeningen no le hace falta edulcorar las escenas para llamar la atención, porque el material ya ofrece una veracidad dolorosa por sí misma. El relato de Nic sin embargo llega a ser tan crudo, que el director no puede evitar suavizar ciertos momentos, dotando a la historia de una belleza algo engañosa. Una decisión que descompensa el metraje haciéndolo irregular en no pocos momentos, pero que se entiende como una medida para introducir algunos matices en un relato monotemático. Y el experimento funciona. La película se mueve con lentitud, pero resalta en todo momento las notas adecuadas dibujando una melodía hipnótica.

“Beautiful Boy” no es ni condescendiente con el espectador -algo habitual en este tipo de relatos- ni excesiva. La crudeza de ciertas escenas responde más a la necesidad de conectar con la historia de Nic, que a un deseo de impactar gratuitamente. Claro que hay escenas explícitas que buscan la incomodidad -con efectividad-, pero el director siempre se apega a la transcripción documental para no desviarse. Sus puntos de anclaje no son las alucinaciones, ni los pinchazos, sino los silencios, las miradas eternas. Una espiral de sufrimiento que nace del hijo pero se retroalimenta con la familia, y no deja de escalar hasta que van Groeningen decide cerrar la herida con un acorde suave.

Beautiful Boy

Por encima de la dirección, de la fotografía, o de la banda sonora -sencilla pero directa-, el mayor acierto de Amazon recala en el casting. La película se cimienta casi en su totalidad en las interpretaciones, y tanto Timotheé Chalamet, como Steve Carell están soberbios. Uno alcanzando registros completamente antagónicos a los mostrados en su meteórica carrera, y el otro plasmando con habilidad a uno de los personajes más complejos de los últimos años. Ambos realizan un trabajo expresivo sobresaliente que regala momentos realmente mágicos a través de las miradas y los gestos. Y logran lo imposible; que el protagonismo se reparta entre dos personajes con virtudes distintas pero igual de interesantes.

“Beautiful Boy” fue una de las víctimas más destacadas del cambio de rumbo de la Academia, pero su ausencia de nominaciones no restan valor al mensaje que porta. Puede que cierta reiteración en su último tercio, y que la sensación de impotencia al ver ciertas escenas desaprovechadas, dejen un sabor de boca agridulce, pero el mensaje del metraje prevalece. No el del peligro del consumo, sino el de cómo el amor también puede hacer daño. Cómo a veces una despedida no es una pérdida, sino el inicio de una nueva etapa.


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