Crítica de Mortal Engines: Fantasía de mercadillo

La saga literaria de Philip Reeve nace y muere con esta película

 

Entras en la sala de cine, te sientas, y durante dos horas no paras de preguntarte: “¿Por qué?” Universal se ha pasado más tiempo nombrando a Peter Jackson que a la propia película durante la campaña de promoción, y eso solo podía ser una mala noticia. Aún con ello, los más optimistas, y aquellos que siguen dándole el beneficio de la duda al cineasta tras la trilogía de “El Hobbit”, miraban esta nueva propuesta con curiosidad. “Mortal Engines” tenía todo lo que le gusta a Jackson; una gran saga de libros detrás, un universo ficcional de gran envergadura, y el tono épico propio de un blockbuster palomitero. Sin embargo ni el material viene firmado por Tolkien, ni el director, ahora en servicio de productor, conjuga con la misma soltura los verbos.

Hay quienes consideran que la tetralogía literaria firmada por Philip Reeve no tiene el nivel suficiente como para parir una franquicia cinematográfica a la altura. Pero no en pocas ocasiones la industria ha visto cómo el director de turno superaba con su interpretación el material original. Hablo de supuestos, claro, porque en este caso no podíamos estar más alejados de la realidad. Christian Rivers, un antiguo colaborador de Jackson, se estrena con su primer gran proyecto, y aunque cuenta con la historia de su maestro, y un envoltorio de superproducción a primera vista imponente, trastabilla como el que se ata mal los cordones de sus primeras zapatillas.

Viajamos mil años al futuro. La humanidad se ha terminado fagotizando en una guerra de destrucción masiva, y lo que ha quedado es un mundo desolado y gobernado por la ley del más fuerte. Aquellos que sobrevivieron, convirtieron sus ciudades en máquinas andantes capaces de desplazarse, rapiñar recursos, y jugar a la geopolítica con la casa a cuestas. Londres, una de estas urbes viajeras, está regida por un sistema darwinista deformado que funciona bajo los intereses déspotas y autoritarios de Thaddeus Valentine (Hugo Weaving). Bajo su liderazgo, la población obedece como un rebaño, y sus enemigos se someten sin resistencia. Sin embargo no todo está tan controlado como él cree.

Una misteriosa joven, Hester Shaw (Hera Hilmar), emerge como la única que puede detener a la gigantesca ciudad depredadora sobre ruedas. Impulsada por el recuerdo de su madre, y un espíritu de venganza sobrecogedor, Hester pone la primera piedra de una revolución que terminará cambiando la ciudad al completo. Junto a ella se une en su viaje Tom Natsworthy (Robert Sheehan), un parias de Londres que parece encontrar en ella un motivo para seguir hacia adelante. Fuera de su mundo, una guerra entre los que defienden la libertad, y los que buscan el poder, terminará sirviendo de herramienta para desentrañar los misterios del pasado, y la incertidumbre del futuro.

“Mortal Engines” es como un buffet de comida; ofrece muchos platos, pero ninguno de calidad. Si bien es cierto que Peter Jackson es conocido por la ambición que vuelca en todas sus historias, aquí el cineasta se olvida de dibujar una identidad propia, limitándose a coger de aquí y allá lo que le va interesando. No hablo de paralelismos o referencias puntuales, sino de estructuras narrativas, personajes, y estéticas trasladadas directamente a este pastiche sin sentido. “El Señor de los Anillos”, “Avatar”, “Mad Max”, o “Star Wars”, son solo algunas de las franquicias fácilmente reconocibles. Universos que, de estar adaptados al contexto, aportarían entidad al resultado final, pero que sin embargo aparecen remezclados en cinta de gasolinera.

La película solo funciona cuando el guion no entra en juego.

El apartado visual de “Mortal Engines” es imponente, y logra distraer durante el primer tercio de la trama, pero pronto se le agotan las pilas, dejando paso al bochornoso espectáculo. Ni el guion, ni la actuación del elenco, ni las escenas de acción. No hay nada que funcione en esta adaptación. La historia que se nos propone viene revestida de ese tono casposo que portaban los blockbuster familiares de hace dos décadas; diálogos absurdos y previsibles frases edgy, y giros narrativos de mercadillo. Si lo que se pretendía era provocar las risas en el público, Jackson hace un buen trabajo. No hay otra respuesta posible al zoom en primer plano y la música dramática que aparece al final de cada secuencia para recordarnos, claro, que la situación es grave.

Se podría argumentar que esta no es una película que busque hacer una muesca en el zeitgeist, y que está creada para ser consumida como entretenimiento ligero. Pero ni la premisa, ni su universo hablan el mismo idioma. De hecho, ni siquiera como conjunto es un producto de entretenimiento digno. Y es que, se pueden pasar por alto las constantes incoherencias de la historia en pos de encontrar ese disfrute palomitero, pero es imposible escapar de unas actuaciones más propias de una serie mediocre de la CBS, que de una superproducción valorada en 100 millones de dólares.

No sabemos si es peor la versión asiática de Blade, o la trama del padre robótico asesino.

La película está trufada de clichés mal llevados, y de unas interpretaciones que en múltiples ocasiones provocan estupor. Si cogiéramos una lista de todas las cosas a evitar si se quiere ser original, no nos quedaría ni una sola casilla sin marcar; relación romántica noventera [checked]. Villano malísimo por gracia divina [checked]. Banda sonora estridente [checked]. Historia predecible y conservadora [checked]. Peter Jackson se dejó el genio en la Tierra Media creyendo que el universo de Reeve le haría la mitad del trabajo, pero se equivoca tanto que lo acaba pagando con la peor cinta de toda su carrera.

Considerar a “Mortal Engines” como una mala película es ser benevolente. En un mes plagado de grandes estrenos, y saturado de compromisos familiares, perder más de dos horas en la sala de cine intentando comprender el “porqué” de esto, es casi tan molesto como ver una nueva saga con potencial ser arruinada de nuevo por Hollywood. Lo más intrigante no es saber cómo continuará la historia -espero que no lo haga-, sino comprender cómo los directivos de Universal han puesto dinero para esta película. Si algo deja claro Jackson, es que “El castillo ambulante” sigue siendo la mejor propuesta de este género.


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