La pasada semana "Juego de Tronos" nos dejaba con un episodio casi a modo de cierre de la serie que, posiblemente, en el futuro pueda llegar a ser recordado más por la polémica que generó que no por los acontecimientos que narró. De este modo nos situábamos ante el esperado capítulo 8x06, el que definitivamente se encargaría de cerrar una historia que comenzó hace más de 8 años con la intención de encontrar al rey o reina de los siete reinos. En última instancia, la serie ha acabado volcando de tal forma que ha respondido de maneras alternativas a todo cuanto se postulara inicialmente.
Así pues, con la locura de Daenerys Targaryen alcanzando su punto álgido, era de esperar que el hecho de derruir todo Desembarco del Rey incluso con la rendición de los Lannister dada acabara teniendo consecuencias inmediatas para la mujer de los mil títulos. Su caída, de este modo, se gesta entre dos de sus aliados más cercanos: Tyrion y Jon. Estos, tras el aprisionamiento de Tyrion, discuten activamente sobre lo que Varys supo desde el comienzo: Daenerys no es la reina que se necesita. Posiblemente la pasión, muerte y ambición son los tres términos que mejor puedan describir los mayores sucesos transcurridos en la serie durante los últimos años, y una vez más uno de estos se apodera de los momentos finales más determinantes. Jon, lógicamente, se muestra en fase de negación ante la realidad, y solo unas últimas palabras de Tyrion consiguen que acepte 'el hecho': Daenerys debe caer, o caerá todo cuanto se postre ante ella -incluido, posiblemente, tanto el propio Jon como sus hermanas, e Invernalia en su totalidad-.

Establecida dicha idea, acabamos encontrando uno de los finales más irónicos, rozando el sarcasmo, que pudiera haberse esperado para con Daenerys. Jon, tras besarla apasionadamente, atraviesa su corazón con una daga que apenas tarda unos segundos en llevar a cabo su letal efecto. De esta forma, 'Dany' pierde su vida de una manera casi idéntica a la de Cersei Lannister -viéndose rodeada por el hombre al que ama-, pero con un contrapunto que hace incluso más daño que la pérdida de su vida: Cersei cae viéndose protegida por el amor de su vida, mientras que Dany cae debido al amor de su vida. Después de años viéndose presentada como la liberadora de la humanidad y una conquistadora justa, Daenerys Targaryen sostiene un reinado de escasos segundos que, en ojos de más de uno, puede acabar haciendo poca justicia a todas las visicitudes que poco a poco ha ido dejando atrás -lo que no quita, a su vez, que en cada una de estas aparecieran ciertos rastros de su futura demencia, como bien lista Tyrion en su conversación con Jon-.
La consecuencia de esta resolución es la desaparición del Trono de Hierro. Pese a su bestialidad, en última instancia parece que Drogon es el primero que reconoce cuál es el mayor peligro de la humanidad, y este no se trata de tiranos como Cersei o potencialmente Daenerys, sino del hecho de contar con una posición que permita tomar poder sobre el resto de seres de Poniente. Así pues, el Trono de Hierro desaparece de la partida para dejarnos con la gran duda de cómo se pretenderá reconstruir el reino. En este sentido, volvemos a encontrarnos con que la octava y última temporada nos deja con inesperadas sorpresas -valga la rotundidad-, aunque puede que no de forma tan satisfactoria como en anteriores ocasiones. Así pues, Bran, el 'Cuervo de tres ojos', acaba siendo elegido democráticamente como el nuevo rey de los seis reinos -pues Invernalia autogestiona su independencia-. A pesar de lo extraño del suceso, lo cierto es que en realidad acaba siendo prácticamente el único candidato viable, pero el contexto y la resolución provocan que todo se cierre de una forma cuanto menos descafeinada.

Así pues, en una rápida secuencia se decide el destino de los grandes nombres que han acabado quedando en pie tras años de guerra: Jon, ante el deseo de su muerte por parte de Gusano Gris y su ejército, acaba siendo enviado de nuevo a la Guardia de la Noche. Sansa, como bien ha heredado en los talentos de su madre, se proclama como la señora de Invernalia. Arya, por otro lado, comunica que pretende partir hacia el oeste de Poniente en lo que perfectamente podría acabar convirtiéndose en un spin-off de "Juego de Tronos". Finalmente, Tyrion pasa del camino de la muerte a volver a la mano del rey, un papel que a pesar de todo parece estar destinado a ocupar lo desee o no. Con todas las cartas ya sobre la mesa, lo cierto es que parece innegable que 'los vivos' han acabado hallando una resolución que encaja perfectamente con su carácter, progresión y ambiciones, pero todo ello sigue chocando con la forma en la que esta última temporada nos ha dirigido hasta sus respectivos desenlaces.
Nuevamente, al igual que con el anterior episodio, encontramos algunas incongruencias un tanto extrañas, y prácticamente todas ellas centradas en la figura de Arya. Por ejemplo, después de que al final del quinto episodio esta apareciera con vida y ante ella un corcel blanco que mágicamente había sobrevivido a la devastación de Desembarco del Rey, Arya hace su primera entrada sin montura alguna, y de hecho esta no se muestra en ni una sola ocasión durante la totalidad del capítulo. Asimismo, resulta un tanto impactante el hecho de que cuando Jon le pregunte que qué es lo que está haciendo justo donde Daenerys estaba dando su discurso, esta le conteste que había venido para acabar con la vida de Cersei, pero que sin embargo la Targaryen se le había adelantado. Dadas estas palabras, hemos de remontarnos otra vez al capítulo 8x05, en el cual 'El perro' logra convencerla para que se aparte de su ambición de matar a Cersei y escape con vida -todo para que unos escasos momentos después Cersei aparezca justo en el lugar en el que Arya ya se encontraba-.

La realidad ante una serie de las dimensiones de "Juego de Tronos" es que, se haga lo que se haga, siempre se van a alzar voces que se postularán en contra de un suceso u otro. No obstante, lo cierto es que la serie no ha conseguido acabar su relato con la magia de engaños, triquiñuelas y traiciones elaboradas que en el pasado consiguieran enamorar a millones de espectadores. En su lugar, esta vez hemos visto unos desenlaces no siempre consecuentes con el ingenio que había caracterizado a la serie -la forma en la que Varys cae, por ejemplo, o la manera en la que Arya escoge la vida por encima de su gran ambición- que dejan de manifiesto la dificultad por poner un broche de oro a una producción que, en su cómputo global, ha sido muy satisfactoria.
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